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CON JAVIER CANCHO

Historia de la infancia

Para convencerse de que cualquier tiempo pasado fue peor, bastaría con revisar cómo fue la vida de las niñas y los niños durante un montón de milenios.

Javier Cancho
  Madrid | 15/05/2019

Durante la mayor parte de la historia occidental, no hubo tiempo para la risa infantil. Hasta las carcajadas podían llegar a tomarse como algo molesto. Porque la infancia fue considerado un periodo desagradable. Para la inmensa mayoría de los que existieron, la infancia fue una época mínima, brutal o incluso inexistente. Durante la Edad Media la concepción de la infancia ni siquiera existía.

Desde la antigüedad y hasta el siglo XVII, los niños fueron vistos como adultos imperfectos. Si se fijan en las obras de arte del medievo, verán que se representaba a los niños como si fueran adultos en miniatura. No existía la idea de la infancia. De hecho, durante gran parte de ese tiempo, los recién nacidos eran considerados intrínsecamente malvados, cargados todavía con el pecado original del que debían ser redimidos mediante la instrucción.

Esa concepción cambió hace menos de 400 años, cuando las niñas y los niños empezaron a ser vistos como seres inocentes, que debían ser protegidos del daño y la corrupción de los adultos. Fue el filósofo Rousseau quien primero reparó en que la infancia tiene su propia manera de ver, pensar, sentir o razonar. Estamos escuchando de fondo Canción de Cuna, de Johannes Brahms. Se trata de una de las composiciones más emocionantes y entonadas de la historia de la música. Brahms la compuso para a una amiga de la que estuvo enamorado en su juventud, después de que aquella mujer tuviera un bebé. Desde entonces ya nunca dejó de adormilarse niños con estos pocos acordes.

Durante la mayor parte de la Historia, fueron muchas las criaturas que se murieron, tal y como sucedió con las madres. Recuerden que antes de la medicina moderna, antes de los estándares de salud pública, muchos bebés no vivían más de un año. Hoy, en la lista de países con la tasa de mortalidad infantil más baja -en los mejores puestos de esa lista- aparecen Japón o Islandia. Pero con una diferencia porcentual insignificante respecto a España. De hecho, aquí, tenemos menor tasa de mortalidad infantil que en lugares tan prestigiosos como Estados Unidos, Reino Unido o Alemania.

En la radio los pollitos pían y los datos cantan. En el mejor periodo de la historia para nacer, en la mitad de los países del mundo las tasas de fecundidad no dejan de sucumbir. Pero no deberíamos olvidar que la caída de la tasa de fecundidad -en realidad- es una historia de éxito. Porque las mujeres están decidiendo qué hacen con sus vidas. Y al tiempo se debería tener presente -lo dicen los demógrafos- que ya hay más abuelos que infancias. Viene un cambio de demográfico tan masivo como impactante con importantes consecuencias económicas y sociales. El mundo está cambiando.