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JULIA EN LA ONDA

Territorio Negro: El crimen de Dos Hermanas

Luis Rendueles y Manu Marlasca trasladan al horror vivido en una casa de Dos Hermanas el 16 de septiembre de 2017. Allí, enterrados en una fosa séptica y cubiertos de sosa caustica, fueron hallados los cuerpos de un hombre, una mujer y una niña. Los siete responsables de esas muertes se sientan desde la semana pasada en el banquillo de la Audiencia de Sevilla. Para cinco de ellos, la Fiscalía solicita la prisión permanente revisable, la mayor pena que contempla nuestra legislación.

ondacero.es
   | 30/06/2020

Empecemos por conocer a las víctimas de este crimen. Un hombre, una mujer y su hija, de tan solo seis años. Para comprender este crimen, si se puede comprender, hay que saber bien quién es Mehmet Demir, el hombre víctima de este triple asesinato. Demir, que tenía 55 años, aparece desde finales del siglo pasado en las bases de datos de los agentes anti-droga con ese nombre o con el de Yilmaz Gilmaz. Es uno de los pioneros de la introducción de la heroína en España y de las alianzas de los clanes turcos con familias gitanas o quinquis, el segundo escalón del narcotráfico. Demir, además, estaba avalado por sus lazos con Urfi Cetinkaya, El Paralítico, un turco de origen kurdo, que dominó el tráfico de heroína durante muchos años. Mehmet estaba casado con una hermana del todopoderoso Cetinkaya, es decir, tenía hilo directo con el gran capo del caballo, un hombre que, aún postrado en una silla de ruedas tras un tiroteo con la Policía, siempre gobernó su imperio con mano de hierro.

Ese es el hombre cuyo cadáver apareció en esa fosa séptica de Dos Hermanas. La mujer era Sandra Capitán, de 26 años, y la niña, su hija, Lucía, de seis años. La cría era fruto de una relación anterior de Sandra con otro hombre, un sevillano llamado Joaquín, del que se había separado unos años antes, pero con el que mantenía una buena relación. Tanta, que el domingo, 17 de septiembre de 2017, llamó a su suegra, la madre de Sandra, porque llevaba desde el día anterior llamando a la madre de su ex mujer para interesarse por una lesión que su hija se había hecho en la muñeca. La madre de Sandra también llevaba desde el día anterior sin saber nada de su hija. La mujer acudió a la Policía y después al piso del barrio sevillano de Buenavista en el que vivían la pequeña Lucía, su madre, que estaba embarazada de tres meses, y Mehmet Demir, la pareja de Sandra, con la que llevaba unos meses.

En la calle estaban los dos coches que utilizaba la familia y al entrar, encontraron el pijama de la niña sobre la cama, que estaba sin hacer, y unas patatas en la freidora. Todo hacía pensar que Sandra y la niña habían salido de la casa de forma muy precipitada… o que alguien se las había llevado. Además, tampoco había ni rastro de Mehmet, cuya ropa estaba en la casa. La Policía, que en un principio pensó que el turco se podía haber llevado a la familia, comenzó a tratar la desaparición como inquietante, de alto riesgo.

Las cosas fueron mucho más rápidas de lo previsto. Josefa, la madre de Sandra y abuela de Lucía, se movió con mucha fluidez por las redes sociales y convirtió en viral, con la ayuda de las asociaciones, la desaparición de su hija y su nieta, aunque lo cierto es que ni ella ni el resto de la familia colaboraron mucho con los investigadores. Mientras tanto, la Policía de Sevilla activó a todos sus confidentes en el ámbito del narcotráfico. Al fin y al cabo, Mehmet Demir era quién era y se dedicaba a lo que se dedicaba, pese a que su familia política le había contado que tenía unas tiendas de venta de material textil en Turquía y que quería abrir negocio en Sevilla.

En los primeros días de la desaparición, se unieron a la búsqueda, junto a la familia de Sandra y la Policía, un grupo de turcos relacionado con Demir, que peinó las Tres Mil Viviendas y avisó de que encontraría al desaparecido por las buenas o por las malas. Pero la Policía fue avanzando rápida: una persona, que tiene el estatus de testigo protegido en la causa, reveló que había visto a Sandra entrar en una casa de Cerro Blanco, una barriada de Dos Hermanas que es uno de los epicentros del tráfico de drogas de la zona. Paralelamente, el Grupo de Homicidios de Sevilla, uno de los mejores de España, comenzó a recibir y a analizar informaciones que apuntaban al clan de los Cabo como responsables de la desaparición. Todo cuadraba. Ese clan tenía su residencia y su punto de venta en la barriada de Cerro Blanco.

La Policía tomó de forma casi militar la barriada quince días después de las desapariciones. Provistos de los correspondientes mandamientos, registraron siete casas, todas ellas relacionadas con el clan de los Cabo. Una de ellas estaba completamente vacía, sin muebles y sin habitar. En otra, en la que residían temporalmente el hijo del patriarca, su mujer y sus dos hijos, hallaron una factura reciente de compra de hormigón, de días antes de las desapariciones. Los agentes sabían que en aquella casa vacía había un pozo ciego, porque se habían hecho con planos antiguos. Todo hacía presagiar que aquel pozo escondía algo terrible.

Debajo del cuarto de baño de la casa, que estaba absolutamente impoluta, hallaron el horror: en un pozo ciego dieron con los tres cadáveres golpeados, torturados, lacerados y rematados a tiros. Encima de ellos habían echado sosa caustica –un componente químico similar a la cal viva, que sirve para acelerar la destrucción de un cuerpo– y cientos de kilos de hormigón. Costó cuarenta horas extraer los cuerpos y en las labores participó la Unidad Militar de Emergencias, que aportó su maquinaria especializada.

Bien, y después del hallazgo, la Policía hizo varios detenidos, todos los implicados en los asesinatos. Los arrestados que estos días se sientan en el banquillo de la Audiencia de Sevilla, cuatro integrantes del clan de los Cabo: el patriarca, Ricardo García Gutiérrez, alias El Cabo; su esposa, Joaquina Hernández Giménez; el hijo de ambos, Ricardo García Hernández, alias El Pollino; y su mujer, Elisa Fernández Heredia. Además, hay otras tres personas acusadas de los crímenes: Manuela Muñoz, una delincuente que hizo las veces de intermediaria entre los Cabo y los dos sicarios, David Hurtado Pino, un monitor de boxeo apodado El Tapita, y su amigo José Antonio Mora, Quino.

Solo se salvan de ella Manuela, la intermediaria, a la que se acusa de complicidad en los asesinatos y en las detenciones ilegales, y Joaquina, la madre de El Pollino, a quien solo se acusa de encubrimiento. Para el fiscal, todos los demás tienen el mismo grado de responsabilidad en las muertes de Mehmet, Sandra y Lucía y si se cumple la petición del Ministerio Público, igualarán el triste récord de Patrick Nogeuira, el asesino de Pioz, condenado a tres prisiones permanentes revisables.

El relato de hechos del fiscal, elaborado gracias a las investigaciones de la Policía, reconstruye perfectamente lo ocurrido, las últimas horas de vida de Mehmet, Sandra y su hija. Es espeluznante. En primer lugar, habla de la premeditación del crimen. Según el fiscal, El Pollino y su mujer, Elisa, planearon secuestrar y matar a Mehmet Demir, con el que mantenían negocios relacionados con el tráfico de heroína.

La intención era saldar una deuda que el turco había contraído con el clan sevillano. Para ello, el 12 de septiembre, cuatro días antes de los crímenes, El Pollino contactó con Manuela y le pidió que localizara a alguien dispuesto a secuestrar a Mehmet y darle una paliza. Manuela, que había regentado una sala de fiestas, pensó en El Tapita, un monitor de artes marciales, que había sido portero del local. Manuela se reunió con El Pollino y con El Tapita. El Pollino le pidió que buscase a un socio para el trabajo, por el que pagaría 3.000 euros. Se trataba de torturar a un tipo que les debía dinero y matarle si era necesario. El Tapita pensó en otro matón amigo suyo, José Antonio Mora, Quino.

Así se formó esa banda criminal. Con el plan, según el fiscal, de torturar y, en su caso, dar muerte al turco, por la deuda que tenía con la familia de El Pollino. Tendió una trampa a Mehmet. Le dijo que el sábado, 16 de septiembre, estaba invitado al cumpleaños de su padre, El Cabo, con el que el turco tenía negocios. El Pollino y El Cabo, hijo y padre, recogieron a los dos matones, Quino y el Tapita por la mañana del día 16. Se fueron a desayunar a Alcalá de Guadaira y a las 10.30 llegaron al domicilio en el que vivían Sandra, Lucía y Mehmet. Allí esperaron dos horas, hasta que vieron salir al turco, que pensaba que le iban a recoger para celebrar el cumpleaños de El Cabo.

El Tapita y el Quino se abalanzaron sobre Mehmet y le ataron las muñecas con cinta americana, mientras El Pollino y su padre le apuntaban con un revólver. Le llevaron hasta la casa de Dos Hermanas, donde estaba Elisa, la mujer de El Pollino, y allí El Tapita y El Quino comenzaron a torturarle, golpeándole. Las investigaciones policiales determinaron que el fin del tormento era que pagase una deuda o que les devolviese la heroína que le habían fiado. La autopsia reveló que Mehmet recibió docenas de golpes en la cara, en el pecho, en el abdomen y en las piernas.

Se ve que el suplicio de Mehmet no estaba sirviendo de mucho y por eso decidieron ablandarle secuestrando y llevando ante su presencia a su mujer y a la hija de ésta. El Pollino y su esposa se fueron hasta su casa, en el barrio de Bellavista, y allí, a punta de pistola, secuestraron a Sandra y a su hija y las trasladaron hasta Dos Hermanas. Una vez que estaban en la misma estancia donde estaba siendo torturado Mehmet, El Quino y El Tapita las ataron las muñecas y los tobillos con bridas y comenzaron a golpearlas. A la niña, además, le taparon la boca con una cinta.

El Tapita y El Quino debieron ver las intenciones últimas de la familia de El Pollino, que era matar a los tres secuestrados, y decidieron marcharse. El Cabo los llevó en su coche hasta Sevilla y los pagó los 3.000 euros acordados. El fiscal destaca en su escrito que los dos matones sabían perfectamente lo que iba a pasar y no hicieron nada por impedirlo. Se guardaron el dinero y no dijeron absolutamente nada. El Cabo volvió a la casa y en ese momento se desencadenaron las muertes. A Lucía le pegaron un tiro en la cabeza, que penetró en el cráneo de manera tangencial y no le provocó la muerte. Así que aún con vida, la arrojaron a la fosa séptica, de dos metros de profundidad y uno de diámetro. La autopsia reveló que la pequeña llegó al agujero con vida y que murió asfixiada por la sosa y el hormigón que le echaron encima.

Qué horror. La niña pudo haber salido con vida de allí, aún con un tiro en la cabeza. Pero no hubo piedad con ella. Ni con ella ni con nadie. A su madre le metieron cinco balas en la cabeza y a Mehmet un certero disparo en la frente.

Arrojaron los cuerpos al pozo, en forma de círculo y llamaron a una empresa cementera, a la que habían contratado el día anterior. A las cinco de la tarde, los operarios llegaron con una hormigonera, pero El Pollino les dijo que no podían entrar en la casa, que él mismo introduciría la manguera desde el camión hasta la fosa donde iban a arrojar el hormigón. Mientras echaban siete metros cúbicos de hormigón, Joaquina, la madre de El Pollino, que no participó en los crímenes, pero sabía lo que había sucedido, invitó a café a los operarios.

Con tres muertos bajo el baño, la familia actuó con total normalidad. Con mucha más de la que te puedas imaginar. De hecho, tras matar a Sandra, Mehmet y Lucía, la familia celebró una barbacoa con música alta para celebrar el cumpleaños del patriarca. Dos días después de los crímenes, contrataron a unos albañiles para acabar de rellenar con mortero y ferralla el agujero del baño y después, otros operarios colocaron las losetas, de tal manera que la tumba quedó completamente invisible.

El Pollino dice que confesó porque la Policía le dijo que a cambio de si liberarían a sus padres. Echa la culpa a los sicarios y estos dicen que solo los contrataron para secuestrar y dar un escarmiento al turco. Nadie dice la verdad.