Muere más gente de la que se casa. Y, sin embargo, seguimos viviendo la muerte como algo lejano, de lo que apenas se habla. Apenas existen lugares donde hablemos de la muerte. Dice la rabina francesa Delphine Horvilleur, autora de 'Vivir con nuestros muertos', que nos hemos habituado a actuar como si la muerte no existiera.
Tal vez por eso una muerte como la de Noelia Castillo es difícil de asimilar. Porque si ya es difícil hablar de la muerte, hablar de la muerte elegida de una mujer de 25 años lo es más. Es curioso que nos resulte más difícil hablar de una muerte elegida que de una imprevista. No estamos acostumbrados. Y cuesta, vaya si cuesta, mirar la muerte a la cara.
La de Noelia Castillo, que en paz descansa, llegó ayer como ella había elegido. Bueno, ella había elegido morir el 2 de agosto de 2024, fecha para la que estuvo programada por primera vez su eutanasia. Pero un calvario de recursos judiciales que había interpuesto su padre retrasó dos años su petición. Dos años más de dolores "graves, crónicos e imposibilitantes". Un sufrimiento físico y psíquico con el que ella no quería seguir viviendo. Todos los jueces, de todas las instancias, ampararon su decisión.
En los últimos años ha habido más casos de menores de 30 años que se han acogido a su derecho a la eutanasia y no han sido noticia. No es ejercer su derecho a una muerte digna lo que dio notoriedad a Noelia, sino el intento de sabotaje de quien quiso impedírselo. Por eso conocimos su caso. Por el empeño del padre que, según explicó ella misma, "nunca se ocupó de ella" en vida pero intentó impedir su muerte.
Noelia no quiso ser noticia. No lo fue porque decidiera morir, algo que en su circunstancia la ley ampara. Noelia ha sido noticia porque durante dos años quisieron impedírselo en nombre de un Dios que no era el suyo. Suyo, solo suyo, era el sufrimiento con el que no quiso seguir viviendo. Y suyo el derecho a dejar de hacerlo.
¿Moraleja?
Noelia quiso morir
para dejar de sufrir
