Sábado por la noche. Madrid vivía una de sus noches en las que el ocio y los planes nocturnos se vieron interrumpidos poco después de las once. Una columna de fuego empezó a iluminar el cielo sobre el complejo financiero de Azca. La Torre Windsor, uno de los rascacielos más emblemáticos de la capital, ardía. Más de dos décadas después, la imagen del edificio convertido en antorcha sigue grabada en la memoria colectiva. Y la pregunta esencial continúa sin respuesta definitiva: ¿qué provocó el incendio?
Las certezas
A las 23:00 horas del 12 de febrero de 2005 saltó la alarma contra incendios del edificio, inaugurado en 1979 y diseñado por los arquitectos Genaro Alas y Pedro Casariego. El vigilante de seguridad alertó a un compañero, que subió hasta la planta 21 tras comprobar en el cuarto de ordenadores que el aviso procedía de allí. El humo salía del despacho 2.109.
Los intentos iniciales por contener el fuego resultaron inútiles. Los bomberos llegaron alrededor de las once y media. Cuando se preparaban para acceder al interior, las llamas ya habían roto por la fachada que da al Paseo de la Castellana. El fuego avanzaba con rapidez y el riesgo de desplome obligó a los equipos a extremar precauciones.
En cuestión de horas, el incendio devoró 15 plantas y trepó los 106 metros de altura del edificio, que entonces era la cuarta torre más alta de Madrid. Las llamas no se dieron por controladas hasta las once de la mañana del domingo 13 de febrero, aunque siguieron activos algunos focos hasta primeras horas de la tarde.
El esqueleto ennegrecido que quedó en pie presentaba un estado "bastante inestable", según determinaron los bomberos, debido a la caída de cascotes y al fuerte viento. El núcleo central conservaba cierta estabilidad, pero el riesgo de derrumbe era elevado. El 2 de marzo de 2005 comenzaron los trabajos de demolición, que se prolongaron durante seis meses y costaron 17 millones de euros. Dos años después, la torre Titania ocupó el solar tras la compra de la parcela por parte de El Corte Inglés a la familia Reyzábal por 480 millones.
No hubo víctimas mortales ni heridos graves. Tampoco una explicación concluyente sobre el origen del fuego.
La investigación judicial
El caso recayó en el Juzgado de Instrucción número 28 de Madrid. Tras casi un año de diligencias, el procedimiento fue archivado al no apreciarse responsabilidad penal.
El auto judicial solo estableció con claridad un foco inicial: el despacho 2.109 de la planta 21. Esa oficina había estado ocupada hasta las once de la noche por una empleada de Deloitte, que reconoció haber fumado varios cigarrillos, el último media hora antes de marcharse, aunque aseguró haberlos apagado correctamente.
El juez concluyó que no existían "indicios para poder establecer un engarce causal entre el consumo de cigarrillos y el origen o propagación del incendio". Los peritos descartaron el uso de acelerantes y no hallaron pruebas que apuntaran a intencionalidad.
Sin pruebas concluyentes, la causa quedó sobreseída. Oficialmente, el incendio no tuvo responsables.
Sombras, teorías y sospechas
La ausencia de una causa clara alimentó todo tipo de hipótesis. En uno de los vídeos grabados por vecinos durante la madrugada se apreciaban luces y lo que parecían siluetas humanas en una planta que, según la versión oficial, ya debía estar evacuada. El juez admitió que podía contemplarse la posibilidad de presencia de personas en el interior, pero subrayó que no existía evidencia de que ello influyera en el origen o la propagación del fuego.
Otro elemento que añadió incertidumbre fue la aparición de un pequeño butrón en una pared de la zona del garaje que comunicaba con el interior del edificio. El informe pericial concluyó que se trataba de un hueco practicado en un panel de pladur, de dimensiones reducidas, por el que difícilmente podría pasar una persona.
En paralelo, surgieron teorías que vinculaban el incendio con la destrucción de documentación sensible. En aquellos días, una de las principales entidades financieras del país estaba bajo la lupa de la Fiscalía Anticorrupción por presuntas irregularidades. La auditora Deloitte, con oficinas en la torre, custodiaba documentos que debían ser entregados a la justicia. El incendio convirtió en ceniza cualquier prueba que pudiera encontrarse en las plantas afectadas.
Años después, el excomisario Villarejo dejó anotaciones que apuntaban a posibles operaciones encubiertas, aunque nada de ello se tradujo en pruebas judiciales. En aquellos días, una de las principales entidades financieras del país, el BBVA, atravesaba una situación delicada. La Fiscalía Anticorrupción investigaba a su entonces presidente por una presunta trama de cuentas ocultas en paraísos fiscales. La firma Deloitte, que tenía oficinas en la Torre Windsor, custodiaba documentación relacionada con esa auditoría. Apenas 24 horas antes del incendio, el Ministerio Público había solicitado los originales de esos informes, considerados clave en la investigación. Según esta línea de sospecha, esos documentos permanecían en el edificio a la espera de ser entregados el lunes.
Las sombras grabadas en vídeo nunca fueron identificadas y el caso relacionado con la entidad financiera perdió fuerza al carecer de documentación.
La confesión de "El Sapo"
El último giro llegó con la confesión de Jon Sapieha Candela, alias El Sapo, considerado uno de los mayores ladrones del país. En el documental SAPO S.A. Memorias de un ladrón, aseguró que recibió el encargo de "robar unos documentos y destruir el edificio" y que fue él quien provocó el fuego.
Sus palabras reabrieron el debate, pero no aportaron pruebas concluyentes que permitieran reactivar judicialmente el caso. La confesión, sin respaldo documental ni resoluciones firmes, no ha logrado despejar las incógnitas que rodean aquella noche.
El incendio del Windsor sigue siendo uno de los episodios más enigmáticos de la historia reciente de Madrid. Las certezas son pocas: un foco en la planta 21, un edificio consumido en horas y una demolición inevitable. Las dudas, en cambio, persisten.

