Hay una nueva emergencia de salud pública de importancia internacional. Así la llama la ONU. Y si no le estamos haciendo caso no es porque esta semana hayamos estado tan liados entre zapateros y fontaneras. Un solo caso de hantavirus sirvió, acuérdate, para volcar toda la atención mediática en un crucero de lujo en el que viajaba aquel otro virus del que no hemos vuelto a hablar.
Y del ébola, con muchos más casos, más mortal, casi no hablamos. Y eso que hay más de un centenar de casos ya. Los posibles contagios superan el millar. A lo mejor hablamos poco porque en vez de en un crucero de lujo el virus hace estragos en un país pobre. Muy pobre.
El último brote de Ébola está en Ituri, en la República Democrática del Congo. A lo mejor no hacemos caso porque la mayoría no tenemos ni idea de dónde está Ituri. Si no, estaríamos hablando de que la cepa del virus se llama Bundibugyo. Y de que ya no está solo en el Congo. Los virus, ya se sabe, nunca se están quietos.
Uganda ha confirmado siete casos en Kampala y un fallecido. Y en Sudán del Sur hay un caso cerca de la frontera congoleña. Aunque como tienen pocos medios sanitarios es difícil saber seguro cuántos casos hay. Sabemos que los virus no entienden de fronteras, vaya si lo sabemos. Pero unas fronteras importan más que otras.
En Ituri, además, donde más activo está el brote, hay ahora un conflicto armado. También unos conflictos impotan más que otros. No ayuda a rastrear contactos que haya cientos de miles de personas desplazadas por ese conflicto. Ya hay otros diez países africanos en riesgo. Y miedo, mucho miedo. Cómo no va a haberlo si hace solo diez años de aquella epidemia de ébola en la que murieron más de 10.000 personas.
Tampoco ayuda que el Estados Unidos de Trump haya salido de la OMS. Dificulta la coordinación de la ayuda internacional. Aunque fuera de África el riesgo es bajo, ya se están reforzando las medidas de seguridad. No sea que vaya a afectar al Mundial de fútbol.
¿Moraleja?
Cuidado con el ébola,
la indiferencia es malévola
