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OPINIÓN

Monólogo de Alsina: "Sánchez estuvo diez días mudo hasta que convirtió el atril de la Moncloa en una sucursal de Ferraz"

Estuvo diez días mudo, pero desde el viernes ya no calla.

Carlos Alsina | @carlos__alsina |  Madrid |  18/02/2019

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Qué tendrán las campañas electorales que convierten en accesibles y locuaces a los presidentes que rehuyeron la prensa, evitaron al Parlamento y se refugiaron en el plasma.

Los ministros ahora dan entrevistas todos los días a tropecientos medios y el presidente Sánchez no para de predicar ni un minuto el Evangelio de la Pinza. Ya sabe usted lo que dice: bienaventurados sean los votantes socialistas porque ellos liberarán a Sánchez del cepo en el que le han metido las derechas montaraces y el independentismo intransigente. Rivera, Casado, Abascal, Puigdemont, Torra, Junqueras, Rufián. El tótum revolutum al que culpa el presidente de que su vuelo haya sido tan corto y del que sólo salva a su compadre Pablo Iglesias y a la derecha nacionalista vasca, el PNV siempre dispuesto a socorrer al vencedor previa negociación del precio.

Diez días guardó silencio Sánchez mientras España se enteraba de que había ofrecido a los independentistas una mesa de partidos nacionales con relator empotrado que el gobierno negaba hasta que dejó de negarlo. Guardó silencio mientras Carmen Calvo se abrasaba a sí misma en la hoguera del enredo y el gobierno catalán difundía los 21 puntos del documento Torra que el presidente cometió el error (algo peor que un error) de ocultárselo a la opinión pública. Guardó silencio mientras Pablo Iglesias, líder de baja, negociaba desde Galapagar con Puigdemont y Esquerra un nuevo enjuague que permitiera salvar los Presupuestos.

Pero la operación rescate naufragó y el presidente que aspiraba a gobernar parcheando y a tirones hasta 2020 descubrió de pronto que la sociedad ansiaba poder expresar su voz en las urnas. 'Qué ganas de votar tenemos', les decía Sánchez ayer a sus militantes en Mérida. Qué claras se ven las ganas ahora que, por cálculo político, se ha resignado a pasar examen sin esperar ni a 2020 ni siquiera al otoño.

Ahora ya no hay silencio que valga. Empezó Sánchez el viernes convirtiendo el atril de la Moncloa en una sucursal de Ferraz. La presidencia del gobierno empleada para fustigar a la oposición y pedir el voto. Ya dice el presidente en el libro que le ha escrito (o transcrito) Lozano que el hecho de que algo nunca haya sucedido antes no significa que no pueda suceder. En esto también ha sido pionero: media hora de jabón a sí mismo y de cera a sus adversarios políticos antes de anunciar la fecha de las elecciones y de instar a los españoles a que le voten a él. Quién necesita un comité electoral teniendo al jefe de gabinete, y al gabinete entero, ocupado ya en hacer campaña. Dos meses hasta las elecciones. Dos meses con los ministros predicando la buena nueva del progreso social y el nostradamus de que vienen las derechas. De la derecha trifálica de la ministra Delgado al gobierno franconstein que dice Iceta, contagiado de la lesión ocular de sus interlocutores independentistas que les lleva a ver franquistas y fascistas por todas partes: 'en ocasiones, veo franquistas'. Que ojo, Iceta.

El viernes, mítin de Sánchez en Moncloa. El sábado, mítin en Sevilla. El domingo, mítin en Mérida. Para decir, claro, siempre lo mismo.

Mítin de viernes. Mítin de sábado. Mítin de domingo. Esta noche, entrevista en Televisión Española. La televisión pública que sigue con administradora única propuesta por el gobierno en ausencia de concurso público y de todo aquello. Y el jueves, la presentación del libro que él firma y del que ya ha tenido a bien la editorial adelantar un par de fragmentos en dos diarios bien vistos por la Moncloa: El País y La Vanguardia.

Sánchez se autorretrata con gran generosidad como un líder que mira por el bien del país antes que por el suyo propio, al que le duele tener que tumbar a Rajoy porque ha desarrollado con él una relación personal formidable, que se atribuye el mérito, primero, de empujarle a aplicar el 155 y luego de frenarle para que no lo aplicara demasiado. Atribuye errores de diagnóstico tanto a Rajoy como a Pablo Iglesias. Sólo él parece no haber cometido error alguno. El pasaje publicado por La Vanguardia es el más interesante. Porque ahí vemos al Sánchez que defiende la comisión parlamentaria que impulsó en el Congreso para la reforma territorial. Ahí vemos al Sánchez que aboga por llevar la discusión sobre la cuestión catalana a las instituciones. En el Congreso, no fuera de él. En comisión, no en reuniones de partidos. El libro terminó de escribirse antes de septiembre. Aún no había virado la posición del presiente hacia la mesa extraparlamentaria de partidos. Aún no aceptado el relator. Aún no veía necesidad de atender esa exigencia independentista.

A dos meses de las elecciones, las encuestas confirman que Sánchez ha resucitado electoralmente su partido. En 2017 su tendencia era tan acusada y tan a la baja que Podemos acariciaba aún la posibilidad del sorpasso. Hoy Podemos perdería la mitad de sus diputados y el PSOE sumaría veinte o treinta nuevos. Sólo Sánchez y Rivera mejorarían sus resultados de hace tres años. El PSOE, a costa del hundimiento de Podemos. Ciudadanos, a costa de la debacle del PP. Un Partido Popular en estado de hemorragia demoscópica a su izquierda y a su derecha. Trasvasando votos a Ciudadanos y a Vox.

Los gurúes de la intención de voto advierten de que los españoles hemos cambiado. Antes nuestro voto era más fiel y más previsible. Ahora cambiamos de idea la última semana y hay quien se pasa de Podemos a Vox porque la indignación ha cambiado de profetas.

¿Sirve Andalucía de precedente? Allí las encuestas acertaron al ganador y se equivocaron en casi todo lo demás. Ganó el PSOE, por mucho menos de lo que se le pronosticó, le fue mucho peor de lo previsto a Podemos y mucho mejor a Vox. Con el PP y Ciudadanos las encuestas estuvieron más afinadas. El mensaje de que vienen las derechas y pactarán con Vox lo usó con insistencia Susana Díaz. Parecía una forma poco original de erosionar al PP y a Ciudadanos y consiguió poner en todos los discursos a Vox. A Abascal le daba un escaño la encuesta del CIS y en la noche electoral consiguió doce e hizo posible la suma que acabó con el imbatible gobierno socialista andaluz. Nada salió como los estrategas de la izquierda esperaban.

Desde Moncloa reprocharon a Susana Díaz haber equivocado la estrategia, los mensajes y su propio papel. Le achacaron el gran fracaso de haber movilizado a la derecha y haber desmovilizado a la izquierda. Ahora le toca a Pedro Sánchez demostrar que él esto sí lo sabe hacer. Movilizar a los suyos sin que se movilicen más los contrarios. El resto de los partidos está en lo mismo. Movilizar para frenar al otro. Sánchez dice si no vas a votar, ellos vuelven. Casado y Rivera dicen si no vas, el que vuelve es él.