Déjenme que les cuente una historia, que es muy corta, ya verán. Iban un francés, un italiano y un español por Bolonia vestidos los tres igual, vaqueros y camisa blanca, y decían los tres a la vez: venimos a reinventar la izquierda europea. Pero doce años después, sólo uno se había hecho más de izquierdas de lo que entonces era. Adivina quién.
En septiembre de 2014, tercer año de gobierno marianista en España, tres jóvenes dirigentes políticos (bueno, uno no tan joven) mitinearon juntos en Bolonia uniformados con lo que entonces era el look de la moderna informalidad, los vaqueros y la camisa blanca.
Además de ellos tres estaban un holandés y un alemán, todo hombres -era un tiempo en que ni siquiera Nadia Calviño exigía la presencia de mujeres para hacerse fotos, una mujer, al menos una, un poco como ocurre ahora en los debates de Castilla y León, todo señores-.
Aquella imagen del trío de Bolonia cantando las bondades de las políticas socialdemócratas fue un símbolo para la izquierda que había salido tocada de la crisis financiera y se veía amenazada por el populismo izquierdista de los Cinco Estrellas o los Podemos. El trío lo formaban Matteo, 39 años; Manuel, 51; y Pedro, 42 añitos.
El francés, o sea, Manuel, Manuel Valls, llevaba cinco meses de primer ministro de Francia, gobierno de izquierdas con Hollande de presidente. Duraría dos años más en el cargo. El italiano, Matteo, Matteo Renzi, llevaba seis meses de primer ministro; duraría dos años más en el cargo. El español, Pedro, Pedro Sánchez, llevaba dos meses como líder del PSOE. Dos años después será descabalgado por los suyos, rescatado por la militancia, repuesto en el trono… y hasta hoy.
Se llamó a aquella foto de los vaqueros y la camisa blanca el pacto de los tortellini porque eso fue lo que Renzi les dio de comer a todos. Pacto de los tortellini, no confundir con el pacto de los botellines, que ése fue el de Iglesias con Garzón cuando ambos iban a comerse el mundo en 2016 (a comerse el mundo y a merendarse al PSOE).
Doce años después de los tortellini, Manuel Valls vuelve a ser ex ministro del gobierno francés -cesó en octubre- después de haber probado suerte política en España concurriendo, sin éxito, a la alcaldía de Barcelona. Doce años después, Matteo Renzi lidera un pequeño partido de centro izquierda en Italia que tiene entre sus objetivos combatir el populismo.
Y doce años después, Pedro Sánchez lleva casi ocho años gobernando España a lomos de un amontonamiento de partidos de izquierdas tradicionales, izquierdas populistas, y derechas nacionalistas, independentistas y populistas. Adivina quién de los tres era el más listo. O el menos escrupuloso a la hora de apoyarse, para mantener el poder, en quien fuera.
Me llegó el aroma de los tortellini al leer a Matteo Renzi en entrevista con Iñigo Domínguez en El País el sábado. Esta paradoja que señalaba el entrevistador: Sánchez condena el ataque a Irán y coincide en ello con Giorgia Meloni, feroz representante, a ojos de la izquierda española, de la ultraderecha italiana; mientras que Renzi, que fue primer ministro de un gobierno de izquierdas, apoya el ataque a Irán, discrepa de la postura de Sánchez y considera populista el no a la guerra.
"No me gusta Trump", dice, "todos estamos a favor de la paz, pero Jamenei era un peligro para el mundo y para las mujeres iraníes, quién ha invocado el derecho internacional para acudir en rescate de ellas". Naturalmente le hace ver Íñigo en la entrevista la simpatía que Renzi muestra por Arabia Saudí, enemigo de Irán, incluso por Bin Salmán, a quien ensalza como reformista.
Y cuando le pregunta cómo puede explicarse la coincidencia, sobre Irán, de dos figuras políticas tan dispares como Sánchez y Meloni encuentra esta explicación: ambos quieren seguir en el poder, ambos tienen elecciones, ambos tienes rasgos populistas.
Recordando los tortellini es posible que haya, ¿verdad?, otra explicación. Estar a favor o en contra del ataque estadounidense en Irán no guarda relación con ser de izquierdas o de derechas, tal como significarse como fan de Trump no te convierte en conservador, sino en populista partidario de un abusón que no reconoce ningún límite y, si acaso en España, como votante de Vox.
Estar a favor o en contra del ataque estadounidense en Irán no guarda relación con ser de izquierdas o de derechas
Y también, que abrazar lemas simplificadores como el no a la guerra se ha convertido, en 2026, en patrimonio de quien está en el poder, no de quién le hace oposición. De manera que tanto en Italia como aquí es la oposición quien reclama al gobierno matices e información más precisa a los gobernados y son los gobernantes los que evitan los matices no vaya a ser que se cuestione su condición de anti belicistas.
O, resumiendo todo, que tanto en Italia como en España, el gobierno es crítico con Trump y con Israel por ponerse a lanzar bombas en Irán, regatea el uso de las bases militares al tiempo que éstas siguen usándose y coopera militarmente con los demás gobiernos europeos para disuadir a los iraníes, y su filial libanesa, de volver a alcanzar con sus drones suelo europeo.
El 'no a la guerra' es un 'no a esta guerra' y un 'no estamos en guerra'. Ni queremos estarlo. El hecho diferencial español, si acaso, es el renovado esfuerzo del presidente Sánchez por retratar a su adversario conservador como un amante de la violencia, los conflictos y el dolor ajeno, sólo por criticarle lo que éste entiende que es doble discurso, o doble juego, del gobierno.
El presidente sabe de sobra que ni Feijóo defiende que se viole la legalidad internacional ni disfruta viendo escombros en Teherán ni celebra que se disparen los precios de la energía. Pero sabiéndolo, actúa como si le diera igual; está en lo mismo que Podemos cuando le llama señor de la guerra a él por enviar una fragata a defender Chipre del fuego iraní.
Son históricas las movilizaciones multitudinarias que en los últimos años convocó Podemos contra la represión en Irán y por los derechos de los iraníes a liberarse del yugo de un régimen que se considera elegido por dios. Son históricas y multitudinarias aunque nadie es capaz de recordar alguna.
Un doble miedo en Irán
En Teherán estos días, como están contando los reporteros que aún pueden hacer su trabajo allí, el temor a salir a la calle y que te caiga encima un edificio alcanzado por un misil israelí se une al temor a salir a la calle y se le te venga encima un policía del régimen, o paramilitar que de siga miliciano, a detenerte sólo por resultar sospechoso de haber celebrado la muerte de Jamenei.
Miedo a las consecuencias de una guerra que entra en su décimo día y miedo a las consecuencias de la opresión que no ha cesado y que se cobró, entre diciembre y enero, la vida de treinta mil iraníes. Súbditos de la bota de los mulás a los que sacaron a tiros de las calles tras haber osado quejarse por la inflación que los estaba asfixiando. La inflación que ahora vuelve a preocuparnos en Europa.
La inflación que irrita a los estadounidenses tras haber escuchado a su comandante en jefe admitir que la subida de la gasolina ha sido un error de cálculo que está seguro de que pasará pronto. Trump, el profeta. Trump, el infalible. Trump, el rey del mundo.
Ojalá invente alguien pronto un lema que complemente el no a la guerra y que sea igual de eficaz, igual de movilizador, igual de pegadizo. El no a los represores con túnica y turbante que aparezca en las pancartas y suene en las manifestaciones para hacerle ver a los Jameneis que aún maltratan al pueblo iraní que estar en contra de la guerra no significa darles oxígeno a ellos.

