CON JAVIER CANCHO

#HistoriaD: Un montón de niños que fueron salvados por un puñado de perros

En un nuevo episodio de la historia de la Medicina, Javier Cancho nos cuenta una aventura que sucedió hace casi cien años durante una epidemia de difteria.

Javier Cancho

Madrid | 18.01.2022 12:52

Era invierno. Y una epidemia de difteria había contagiado a los niños de una comarca de Alaska, una comarca aislada entre un mar helado y un territorio sepultado bajo la nieve. La situación era tan límite que la única esperanza acabó siendo un plan desesperado e impreciso.

Consistía en llevar viales de tratamiento desde un lugar que estaba a cientos de kilómetros al otro lado de las montañas. Había que cruzar ensenadas congeladas y atravesar varias tormentas, y había que hacerlo en trineos.

Para cuando descubrieron que no se trataba de una sucesión de amigdalitis, era demasiado tarde: era difteria. La difteria es una infección bacteriana peligrosa que suele afectar a las membranas mucosas de la nariz y la garganta. La difteria es muy poco frecuente en los países desarrollados por una vacunación generalizada.

A finales de diciembre, de hace casi 100 años, dos niños habían fallecido de difteria en Alaska. Ya en ese momento se descubrió que los únicos suministros de antitoxina habían caducado en el pequeño hospital local. Para la segunda quincena de enero habían perdido la vida otros cuatro niños. Y se tenía la sospecha de que podía haber más casos en las comunidades nativas de los alrededores.

En un telegrama a Anchorage, el médico de Nome, el doctor Welch, pedía desesperadamente que le enviaran tratamientos. Pero, el transporte de un suministro de antitoxina en Alaska por los medios más rápidos resultaba imposible. El puerto estaba congelado e ir en avioneta era un suicidio. La brecha que había que salvar en medio del invierno eran 1085 kilómetros.

La situación se puso tan crítica que el único, ya entonces, eran los conductores de trineo.

Puede llegar a pensarse que conducir un trineo tirado por perros no requiere una gran complicación. Sin embargo, no es tan sencillo como estar sentado y sostener unas cuerdas. Hay que conocer a los perros, afinar la tensión del correaje, afrontar la incomodidad, el frío, mantener el equilibrio, alejar el sueño, analizar el terreno por el que se transita. Hace falta un carácter recio y, sobre todo, mucha experiencia.

Leonard Seppala había participado en carreras de perros de 700 kilómetros, desde Nome siguiendo la ruta de la línea del telégrafo.

Para llevar la medicina, Leonard tenía que sortear el litoral de Norton Sound, un estrecho conocido como la fábrica de hielo. La parte más peligrosa del viaje comportaba atajar por el estrecho congelado; pero, ir por esa vereda, optar por el atajo suponía llegar antes, representaba más opciones de vida para los niños. Esa ruta estaba plagada de vientos intensos y témpanos inestables. Menos tiempo también podía suponer no llegar nunca. Pero, Leonard eligió ese recorrido. El más rápido, y el más comprometido.

Las temperaturas eran de -35 grados, con sensaciones térmicas de 65 bajo cero. Cuando no podía ver el camino debido al viento de cara o la nieve profunda, Seppala dependía de los instintos de Togo, su perro de confianza. Debido al agotamiento de sus animales, Seppala se vio obligado a parar en Golovin, cuando faltaban 125 kilómetros para llegar a Nome. Ellos habían atravesado Norton Sound, sobre un hielo traicionero.

Después, un tipo llamado Charlie Olsen transportó la antitoxina a unos 50 kilómetros de Nome, y allí, un hombre llamado Gunner Kaasen esperaba con un equipo de 13 perros liderados por Balto.

El trayecto de 1085 kilómetros llevó cinco días y medio. Nunca se había hecho un trecho semejante, en esas circunstancias y en tan poco tiempo. Las crónicas hicieron un héroe a Balto, el perro que lideró la etapa final. Balto y su dueño habían cubierto algo más de 50 kilómetros. Balto tiene una escultura en Central Park, en Nueva York.

Togo y Seppala hicieron mucho más recorrido, hicieron el recorrido más peligroso. No lograron la fama. Pero sí contribuyeron decisivamente a salvar la vida de muchos niños que habrían muerto de difteria.