La sección El Ambigú arrancó con un tono desconcertante y casi humorístico, pero pronto se convirtió en un viaje apasionante por la historia del ferrocarril. David Mejía recordó que, antes de la aparición de las locomotoras, la forma más rápida de desplazarse seguía siendo a caballo, igual que durante siglos. Sin embargo, en apenas cien años, el mundo pasó de esa lentitud ancestral a volar en avión.
El tren, explica Mejía, no solo unió territorios: también vertebró economías, aceleró el capitalismo y modificó la vida cotidiana. Con él viajaban mercancías, periódicos e ideas que, de repente, conectaban a comunidades enteras bajo un mismo relato nacional. En el ámbito militar, el ferrocarril fue decisivo para mover tropas y artillería con una rapidez desconocida.
Pero más allá de lo práctico, los trenes dejaron una huella profunda en la cultura. Desde Ana Karenina de Tolstói hasta Asesinato en el Orient Express de Agatha Christie, pasando por películas como El maquinista de la general o El hombre que mató a Liberty Valance, el tren aparece como símbolo de progreso y tragedia, de encuentro y desencuentro. Incluso la literatura contemporánea ha explorado esta fascinación, como demuestra Sueños de trenes de Denis Johnson.
En definitiva, el ferrocarril fue mucho más que un invento técnico: transformó la forma de vivir, de pensar y de contar historias.
