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JULIA EN LA ONDA

Territorio Negro: El descuartizador de las Fiestas Blancas. El caso de Marta Calvo

La Guardia Civil sigue buscando en vertederos de la provincia de Valencia y en otros lugares los restos de Marta Calvo, una mujer de 25 años a la que, según su propia confesión, descuartizó un hombre colombiano llamado Jorge Ignacio Palma. Manu Marlasca y Luis Rendueles, nos explican quién es este hombre y como conoció a Marta, la víctima por la que está en prisión.

ondacero.es
  Madrid | 10/12/2019

Empezamos por el final, por lo último que sabemos de esta terrible historia. Se sigue buscando el cuerpo de Marta Calvo o, según la persona que está en la cárcel por su desaparición, se buscan también las diez bolsas de basura donde este hombre arrojó sus restos.

Jorge Ignacio Palma ha confesado que troceó el cuerpo de Marta Calvo en diez partes diferentes, que las metió en otras tantas bolsas de basura y que las dejó en diferentes contenedores. La Guardia Civil, y a ello se afana también Dylan, el agente canino tan especial que estuvo aquí en este territorio la semana pasada, busca cualquier rastro de Marta en los vertederos y también en las dos casas que tenía su supuesto asesino en la provincia de Valencia.

Jorge Ignacio Palma es un traficante de drogas, de cocaína, con antecedentes al menos desde el año 2004. Desde el verano pasado, cuando regresó a la zona, tenía dos casas diferentes, una en L'Ollería y otra en Manuel. Los dos contratos de alquiler están a nombre de su madre, Pilar. Los dos son pueblos que están a unos 40 kilómetros de Gandía, que fue el lugar adonde llegó con su madre, Pilar, y con su abuelo materno, Valerio, hace más de quince años. Todos son colombianos, de la zona de Ibagué, al oeste de Colombia.

En ese 2004, Nacho, así le llaman sus amigos y su familia, fue detenido por posible delito contra la salud pública en la provincia de Badajoz. Cuatro años después, cuando tenía 27 años, ya había dado un paso más en su carrera criminal. En abril de 2008, los Carbinieri italiano lo detienen en Brescia, al sur del país. Nacho va en un Audi A4 con su abuelo materno, Valerio, entonces un hombre de 75 años. No hacen turismo, sino que son el coche lanzadera, el que va delante de otro coche que lleva la droga para avisar si hay controles policiales o problemas. Todos son detenidos, el abuelo, Nacho y un ciudadano rumano. Les pillan nueve kilos de cocaína. Nacho pasa por la cárcel italiana y al salir regresa a España con su familia.

Pero no parece que deje el negocio del tráfico de cocaína. En el año 2017 acaba detenido, esta vez por la Policía Foral de Navarra, en un piso de Pamplona.

Nacho forma parte de una organización que lleva cocaína de gran pureza a otro colombiano afincado en Navarra. Ese narco adultera luego la droga y la vende, casi siempre para locales de prostitución de Pamplona y cercanías. La policía navarra desmantela el laboratorio y detiene a Nacho, que confiesa que había llevado 300 gramos de cocaína muy pura hasta allí, lo que le iba a reportar unos 15 mil euros. Lo juzgan y lo condenan a tres años y tres meses de cárcel. Nacho recurre al Tribunal Superior de Justicia de Navarra, que ratifica su condena. Y el traficante vuelve a recurrir, esta vez al Tribunal Supremo. Como pasa en muchas ocasiones, incluso y esto es más difícil de entender, a pesar de que había confesado que la droga era suya, queda en libertad provisional hasta que el Supremo decida. En aquella sentencia también se dictaba una multa para Nacho, unos 45 mil euros y la obligación de que fuera expulsado de España, lo que también queda en suspenso.

Y en el verano de 2018, Nacho vuelve cerca de su familia, a la provincia de Valencia. Alquila, a nombre de su madre Pilar, dos pisos en zonas rurales, en dos pueblos. Viste ropa de marca, usa buenos coches y nadie sabe a qué se dedica. A sus vecinos de L'Olleria les cuenta que está estudiando en una universidad privada, presume de ser amante de la música clásica y de la filosofía. A los del piso del otro pueblo, llamado Manuel, simplemente no les dice nada, hola y adiós, siempre con educación. Tenía perfiles en redes sociales donde se presentaba incluso con frases en latín, especialmente una cita de San Agustín: "la fe busca el entendimiento". Iba siempre con barba de pocos dias, muy arreglado y presumía de alimentación sana y de correr maratones, como el de Valencia, que sí que completó al menos en el año 2017.

Los investigadores creen que Nacho Palma tenía un piso para su vida digamos diaria. El de L'Ollería, y el otro, el de Manuel, lo usaba para sus citas sexuales con mujeres y también como posible lugar de almacén o caleta para la cocaína.

Y a ese piso de Manuel, es donde este hombre lleva a Marta Calvo, una joven valenciana de 25 años, que hoy sigue desaparecida. Marta no sabía que Nacho tenía todo ese historial. Se conocieron en una página web de contactos y quedaron en verse la noche del 6 de noviembre. Marta Calvo creció en el pueblo de Estivella, un pueblo chiquito, de unos 800 habitantes. Sus padres trabajaban como obrero industrial él y empleada de un supermercado ella. Los dos se separaron digamos de forma poco amistosa. Marta lo llevó mal, creció con su padre, tuvo algún episodio de anorexia, pero se había recuperado. Soñaba con ser modelo y trabajó por temporadas como camarera en dos bares de El Puig. También fue cajera de supermercado y recepcionista en una piscina municipal. Tenía 25 años y era guapa, rubia, llamativa. No tuvo suerte y, digamos, fue perdiendo pie y entrando en el mundo de la noche y de los contactos ocasionales por Internet. Así conoció a Nacho Palma en noviembre.

Y esta joven de 25 años sin demasiada suerte hasta entonces, llega con ese hombre a su casa en un pequeño pueblo de Valencia. Antes de entrar, escribe un whatsapp a su madre donde le manda su localización exacta. Es la madrugada del 6 de noviembre.

Los investigadores y el supuesto asesino, Nacho Palma, coinciden en que Marta murió en ese piso. El hombre, ahora encarcelado, asegura que los dos participaron libremente en un acto sexual en el que también había cocaína. En el argot de Nacho Palma se conoce como Fiesta blanca. Y puede ser peligroso.

Es sexo con cocaína. Es una práctica de riesgo en la que la cocaína se coloca en los órganos sexuales de quienes tienen relaciones. Es de riesgo porque al colocarse la droga físicamente ahí, en zonas del cuerpo con muchos vasos sanguíneos, se quintuplica, según nos han explicado los expertos, el riesgo de sufrir sobredosis o episodios graves de salud.

Y eso es lo que cuenta este hombre, que estaban haciendo una fiesta blanca y Marta se murió. Dice que le entró miedo y que decidió descuartizarla. Que lo hizo, eso sí, de forma muy metódica. Troceó el cuerpo de Marta, lo metió en diez bolsas de basura y las fue dejando en diferentes contenedores. Lo cierto es que la joven valenciana no salió viva de esa casa. El día 8 de noviembre es el cumpleaños de Nacho Palma, cumple 38. Su madre, Pilar, le llama por teléfono desde Mallorca, donde vive, y le nota triste. La mujer toma un avión y se presenta en Valencia para animar a su hijo.

Su hijo que estaba triste y solo y que, imagino por las horas, que cuando habla con su madre está descuartizando el cuerpo de Marta. Su madre llega a Valencia y le ayuda a limpiar el piso, sin saber nada de lo que había pasado. Y llega el 9 de noviembre, dos días después de la desaparición de Marta. Su supuesto asesino ha limpiado la casa, se ha deshecho del cuerpo y alguien llama a su puerta. Es la madre de la chica que ha descuartizado

Recuerda que antes de entrar en la casa, Marta Calvo había mandado a su madre un mensaje con la localización exacta de dónde estaba. Como dos días después su madre no lograba localizarla y ella no contestaba a sus llamadas, la mujer se plantó en esa casa del pueblo de Manuel. Allí le abrió la puerta el propio Nacho Palma. Ella le preguntó por su hija, por Marta, y él le dijo allí mismo que no conocía a ninguna Marta y que no sabía de lo que le estaba hablando. La madre no se fio y fue a poner la denuncia a la comisaría.

Y empieza la búsqueda de Marta Calvo. Y este hombre, un traficante de drogas colombiano, decide esconderse. Aún no se sabe dónde ha estado todas estas semanas. La Guardia Civil va estrechando el cerco contra él. Descubren que ha entregado un coche a un amigo y que le ha dado órdenes de que lo desguazara. Localizan a su madre, que el lunes 2 de diciembre pasa varias horas declarando en el cuartel de la Guardia Civil de Carcaixent. Y el miércoles, poco antes de las cuatro de la mañana, Ignacio Palma se entrega en ese mismo cuartel. A los agentes que acuden a hablar con él les dice: "yo soy el hombre que están buscando".

Y entonces cuenta que ha matado a Marta y la ha descuartizado. Horas después, llega su abogado y Palma cambia un poco su versión. Dice que ella murió durante ese digamos juego sexual y que él se asustó. Todo parece bien calculado. Descuartizar un cadáver, hacerlo trozos, tirarlo a donde sea, no es delito en España, solo se castiga con una multa, no aumenta la pena si uno solo ha intervenido cuando la persona ya estaba muerta. El Código Penal español solo habla de profanación de cadáveres, en alusión a otro tipo de prácticas vejatorias, pero no contempla ninguna sanción penal para quien trocee el cuerpo sin vida de una persona. De forma que, si digamos triunfa la versión de Nacho Palma, saldría bastante bien parado.

Por eso los expertos de la Guardia Civil buscan restos de Marta, para poder hacer la autopsia y encontrar pruebas. Pero el acusado también ha sido inteligente en esto. Si se encontrara por ejemplo sangre en su piso de Manuel, gracias a nuestro amigo Dylan o a otros agentes de la Guardia Civil, el acusado puede decir que sí, que la descuartizó allí, por eso hay sangre... Además, todo indica que está tratando de repetir el episodio que protagonizó en abril del año 2017 y del que salió bastante bien parado: Una mujer brasileña que ejercía la prostitución en un piso de Valencia, cerca del estadio de Mestalla y la zona de ocio conocida como Cánovas, murió en el hospital. Llevaba dos días allí. Había sufrido convulsiones muy graves después de una sesión de sexo con un cliente regada también con cocaína. El cliente, su último cliente, fue Jorge Ignacio Palma, que dejó la mujer tirada en el suelo y convulsionando para salir digamos por pies de aquel piso. El piso tenía cámaras de seguridad y las policías que acuden ven el rostro de ese hombre, entonces un desconocido, como ha contado estupendamente un cronista negro valenciano, Javier Martínez, en el diario Las Provincias.

Le buscaron, especialmente una mujer policía municipal de Valencia que se lo tomó casi como algo personal y que ahora debe estar pensando mucho en esto. Esa mujer estuvo en el piso, vio la grabación y vio el rostro del hombre, lo comparte con sus compañeros por si alguien lo ve. Tres días después, la avisan. Han parado a un colombiano en un control de alcoholemia y es él. Aquella policía municipal cumplió con su deber, incluso se arriesgó. Comprobó que el hombre tenía tres teléfonos, llevaba 7 mil euros en el bolsillo y hasta le inmovilizó el coche con el pretexto de que su carnet de conducir era colombiano. No pudo hacer más.

La autopsia no vio signos de violencia en el cuerpo de la mujer brasileña, sí detectó que había cocaína en su mucosa vaginal y el caso quedó archivado como una muerte por sobredosis. Nuestro hombre solo podía ser acusado de omisión de deber de socorro, un cargo menor que casi nunca lleva prisión, menos en este caso porque las compañeras sí socorrieron a la mujer, que fue al hospital.

Esa muerte, de una prostituta brasileña, queda ahí, archivada. Y este hombre sigue con su vida de drogas y sexo de pago más o menos agresivo

Y en 2019, en junio, protagoniza otro episodio en Paterna. La Guardia Civil le da el alto y el continúa conduciendo a toda velocidad. Finalmente lo detienen y lo acusan de resistencia a la autoridad, desobediencia y conducción temeraria. Una vez más, Palma vuelve a demostrar su inteligencia, su capacidad de camuflarse, cuando le piden la dirección responde rápido diciendo el viejo domicilio de su madre en Gandía, allí no queda nadie, pero así consigue que nadie sepa donde vive ahora ni la existencia de sus dos pisos.

Y este hombre está ahora en la cárcel esperando justicia digamos. El Tribunal Supremo aún no ha contestado a su condena por drogas. Quizá ya sea tarde. Y hay una tercera mujer desaparecida en la provincia de Valencia, una chica muy joven.

Se llama Wafa Sabah y tiene 19 años. Desapareció en Carcaixent, el pueblo donde pudo estar escondido y donde se entregó la semana pasada el descuartizador de Marta Calvo. Esta chica, Wafa, desapareció diez días después que Marta. Lo que nos dicen es que no hay ningún dato objetivo que vincule esta desaparición con Ignacio Palma.