Jorge Freire ha respondido esta semana en Más de uno a la consulta de una oyente preocupada por la continuidad del romance que acaba de iniciar. Según ha contado, se ha apoyado demasiado en la inteligencia artificial para cortejar a la otra persona y teme decepcionarla ahora que el encuentro físico está cada vez más cerca.
Querido Jorge:
El verano pasado conocí a un chico en Zahara de los Atunes. Fue breve, pero intenso: cuarenta y ocho horas de salitre, mojitos, reguetón y una química explosiva. Él volvió a Vigo y yo a Albacete, y desde entonces no nos hemos vuelto a ver en persona. Toda la relación -si es que a este aquelarre tan bonito se le puede llamar relación- ha transcurrido desde entonces por Whatsapp y videollamada. Y aquí entra el elemento perturbador: ChatGPT.
Al principio lo usaba solo para sonar un poco más culta, nada más. Pero poco a poco me fui viniendo arriba, y ahora ChatGPT lo hace prácticamente todo: mis bromas, mis reflexiones sentimentales, mis comentarios sobre cine húngaro de posguerra que por supuesto no he visto… Hasta mis observaciones pseudomísticas sobre la erosión del alma contemporánea me las escribe la IA.
Él está fascinado. Dice que nunca había conocido a una mujer “tan sensible y tan inteligente a la vez”. Hace poco me escribió: “Me obsesiona cómo piensas”. ¡Cómo pienso yo, si mi familia me sigue felicitando cuando consigo poner una lavadora sin inundar la cocina! Ya ni siquiera nuestras videollamadas son naturales, porque las hago siempre con el portátil abierto, como si estuviera coordinando un ataque de drones. Él me cuenta un problema familiar y yo mientras voy tecleando: “respuesta empática pero femenina, sin parecer una coach de Instagram”.
La situación se ha vuelto insostenible porque acaba de decirme que este verano quiere pasar una semana conmigo. Siete días. Cara a cara, sin teclado, ¡sin algoritmo! Sin tiempo para escribir al chat: “respóndele con vulnerabilidad magnética y un punto de picardía”. Tengo auténtico pánico a que descubra que la mujer de la que se ha enamorado no existe, y que solo soy tengo algún valor si me ayuda una inteligencia artificial californiana.
¿Qué hago, Jorge? ¿Confieso antes de vernos, arriesgándome a que me repudie? ¿O disimulo y lo juego todo a que la pasión del encuentro eclipse mis carencias intelectuales?
Enamoradísima,
Rocío
El filósofo ha tratado de tranquilizarla recordándole que esa persona se enamoró precisamente de su espontaneidad y no de una versión perfecta y calculada de sí misma. "No hace falta caer en ese error maximalista”", le ha aconsejado, en un tono que a Carlos Alsina le ha parecido algo severo.
Durante su reflexión, Freire ha recurrido a la serie Doraemon para ejemplificar la dependencia tecnológica actual. Ha recordado cómo Nobita, un niño perezoso e inseguro, recurría constantemente a los inventos de Doraemon para resolver cualquier problema cotidiano. Lo que parecía una simple broma infantil, ha señalado, terminó convirtiéndose casi en una profecía.
"Estamos creando una generación de Nobitas", ha afirmado. En su opinión, la sociedad se está convirtiendo en "una humanidad subsidiada por el cachivache", dependiente de herramientas que deberían servir para facilitar tareas, pero no para sustituir capacidades personales. Freire también se ha preguntado quién se beneficia de esa dependencia creciente y ha apuntado directamente a los grandes magnates tecnológicos propietarios de las principales empresas de inteligencia artificial.
El filósofo ha advertido además de que "si dejas de confiar en tu propia fuerza, parece que merma", y ha defendido la importancia de asumir la incertidumbre y la imperfección en las relaciones humanas. Entre bromas con Alsina, ha reconocido también que últimamente evita "mojarse" demasiado y que quizá se esté "contagiando de la equidistancia" del presentador. "La vida real no es pródiga en certezas, se trata de ir tanteando entre sombras", ha concluido con ironía: "Soy un moderadito y tibio"
