Hace más de seis años que se conoció el primer caso de coronavirus (China, diciembre de 2019) y se decretó el confinamiento en España (marzo de 2020). La OMS decretó la condición de pandemia y comenzó ahí una emergencia sanitaria sin precedentes que puso en cuestión la globalización, se demostró el poder que tenía el Estado, impulsó corrientes antisistema y evidenció las dificultades de la comunidad internacional para afrontar un desafío común. Más de un lustro después, muchas de aquellas consecuencias continúan definiendo el escenario global.
Los expertos de El Orden Mundial, Eduardo Saldaña y Fernando Arancón, analizan en JELO en verano con Arturo Téllez el legado que dejó la COVID-19 y las lecciones que aún deben extraerse ante la posibilidad de que se produzca una nueva amenaza sanitaria de esa envergadura.
El último gran momento de cooperación entre países
Fernando Arancón recuerda que la Covid-19 fue la primera amenaza sanitaria en un siglo que tuvo un impacto tan elevado y un alcance verdaderamente global. El precedente más comparable sería la llamada gripe española de 1918, que coincidió con el final de la Primera Guerra Mundial.
La expansión del virus generó una enorme demanda de cooperación y coordinación entre países, aunque lo hizo en un contexto internacional que ya avanzaba hacia el unilateralismo y la protección de los intereses nacionales. Por eso, la COVID-19 pudo representar "el último momento romántico" del orden mundial reciente.
Uno de los mayores temores en Europa fue que esta crisis sanitaria replicara la respuesta que se dio tras la crisis financiera de 2008 (recortes, austeridad, individualismo a nivel de país a la hora de afrontar los problemas propios). Pero no fue el caso porque la Unión Europea, explican, apostó por una salida de la crisis más coordinada y basada en la cooperación, apoyada además por fondos comunes y políticas públicas que contribuyeron a amortiguar el impacto económico.
El poder del Estado
Lo que dejó claro la pandemia de COVID-19 fue el poder del Estado. Tal y como cuenta Eduardo Saldaña, la principal consecuencia fue la recuperación del papel del Estado. Después de la crisis de 2008, la sociedad comenzó a reclamar una mayor intervención pública en aquellos sectores imprescindibles para garantizar el funcionamiento de la economía: "La pandemia trajo un neokeynesianismo", explica Saldaña, aludiendo a la recuperación de políticas que defienden una presencia más activa del Estado.
La crisis también obligó a Europa a reflexionar sobre su dependencia de productos fabricados a miles de kilómetros, como las mascarillas, los medicamentos y otros bienes esenciales, lo que demostró la fragilidad de las cadenas de suministro deslocalizadas. Esto hizo que la población tomara conciencia de que el modelo existente de globalización liberal e interconexión absoluta podía dejar de funcionar cuando cada país trabajaba para cubrir sus propias necesidades.
Sin embargo, esta demanda de un Estado más fuerte también tiene "riesgos" porque "puedes tener un Estado liberal más presente, pero también un Estado autoritario más presente".
Las teorías conspirativas y la pérdida de credibilidad
La pandemia también reforzó las corrientes antisistema que ya existían antes de la aparición del virus. Es cierto que el trumpismo y la derecha radical ya formaban parte del panorama político, pero los confinamientos y las restricciones fomentaron y favorecieron la difusión de teorías conspirativas y discursos contrarios a los oficiales dados por las instituciones.
Todo esto sumado al descontento de países de África, Asia o América Latina, que comprobaron cómo Occidente acaparaba las vacunas y los recursos para luchar contra la COVID-19 mientras defendía públicamente la necesidad de dar una respuesta solidaria a la crisis. Aquella actitud hizo que se perdiera parte de la credibilidad que tenían Europa y Estados Unidos en buena parte del mundo.
"Antes o después tendremos otro susto"
Pero, a pesar de que ya hayamos dejado atrás la crisis de la COVID-19, las amenazas sanitarias globales no han desaparecido. Arancón ha advertido de que el cambio climático, la transformación de los ecosistemas, el aumento de la población y la creciente movilidad internacional elevan el riesgo de que aparezcan nuevas enfermedades. Entre los principales riesgos, la zoonosis, es decir, la transmisión de patógenos desde animales salvajes o ganado a los humanos. Estos pueden ser favorecidos por el calentamiento global y la alteración de los hábitats naturales de dichos animales.
Pero esto no significa que una nueva pandemia vaya a producirse de forma inmediata ni que necesariamente tenga dimensiones apocalípticas. Sin embargo, considera que otro episodio sanitario grave acabará llegando: "Antes o después tendremos otro susto".
La gran incógnita es si, cuando llegue, los países serán capaces de recuperar las lecciones aprendidas durante la COVID-19 y responder con rapidez, eficacia y cooperación. Una tarea especialmente complicada en un mundo cada vez más proteccionista, dividido y acostumbrado a entender las relaciones internacionales como una competición.
