Madrugo para contarte que Valencia se ilusiona con su nuevo director deportivo. Con qué poco se conforman, pensarás, en un club que ganaba ligas en la etapa de los galácticos del Real Madrid, que ganaba la Copa del Rey justo antes de la pandemia, y que se clasificaba regularmente para jugar la Champions y, en algunas temporadas, no parecía suficiente.
Tanto ha cambiado el Valencia desde que Peter Lim adquirió la mayoría de las acciones, tanto ha jugueteado con la posibilidad del descenso a Segunda, tan mal han hecho las cosas en los despachos de Mestalla... Que en lugar de celebrar un título celebran el fichaje de un director deportivo.
Hay que explicar que el director deportivo es Braulio Vázquez, uno de los más reconocidos y con mejor reputación de LaLiga, un profesional serio, responsable, coherente y exitoso. Y uno de los suyos, un hombre de la casa, porque su carrera despegó precisamente allí, construyendo un equipo que peleaba por Europa, con Unai Emery y Ernesto Valverde.
El club ha hecho cosas muy extrañas últimamente y así le ha ido. Directores deportivos sin capacitación, extravagancias infinitas como la elección de Gary Neville como técnico, plantillas de escaso nivel y la desconexión absoluta con su masa social. Lo único que no han perdido nunca es a los aficionados, a los abonados, a los seguidores que siguen llenando el estadio como si estuvieran jugando las semifinales europeas de Héctor Cúper.
Braulio de por sí ya ilusiona. Y, además, ha nombrado a un tipo positivo, trabajador y carismático como Javier Aguirre para dirigir al equipo hasta junio. Ha optado por un buen entrenador, que inyectará optimismo en el vestuario y en la sala de prensa. Es, además, una decisión valiente, porque no es sencillo volver y correr el riesgo de fracasar, en la dinámica en la que está el club. A peor es imposible, debió pensar antes de dar el sí quiero.
