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EL BLOG DE ALSINA

Trescientos años después, llega Artur Mas para tomarse la revancha

Les voy a decir una cosa.

Que se entere Felipe V, el Borbón, y se estremezca en su tumba. Trescientos años después, llega Artur Maspara tomarse la revancha.

Carlos Alsina | Madrid | 23/11/2012

Artur Mas, presidente de la Generalitat

Artur Mas, presidente de la Generalitat / EFE

Que se entere Felipe V -no confundir con Felipe VI, que es Príncipe de Girona- y que lo celebre alborozado el archiduque Carlos, que aunque se quedó hace tres siglos sin la corona de España  puede aún ser proclamado, a título póstumo (muy póstumo, de hecho), rey del país de Convergencia. Es probable que al difunto archiduque, si estuviera en condiciones de opinar, esta proclamación no le satisficiera porque él lo que quiso ser es rey de España (en realidad fue así como le declararon sus partidarios en Zaragoza, Carlos III rey de España, nunca fue aquella una guerra de secesión, sino de dinastías y de modelos de organización; no fue contra el centralismo madrileño contra lo que batalló Barcelona, sino contra el rey francés y el centralismo borbónico (es muy Borbón y muy Felipe el actual Príncipe de Girona).

Como fue contra Francia contra quien retumbó el tambor del Bruch noventa años después, la Francia de Napoleón abanderada de la modernidad y las ideas revolucionarias. Como Pujol es catalán desde hace quinientos años (según contó el mismo en esta casa) y como Artur Mas no querrá quedarse a la zaga, cabe pensar que ambos estuvieron -o han soñado que estuvieron- en aquella Barcelona sitiada del 14 (mil setecientos) resistiendo a la ofensiva borbónica en atención a las promesas de autonomía recibidas del archiduque Carlos, que para más señas era emperador germánico y rey de Hungría (su vinculación con Cataluña nunca fue gran cosa).

Hace trescientos años se quedó Mas con la espinita de ganar la sucesión y ha encontrado en las elecciones del domingo la oportunidad de desquitarse. Que se entere Felipe V en su tumba y que jalee el archiduque al candidato desde la suya: fue en el mercat del Born, donde permanecen algunos restos de la Barcelona de entonces (y también de la época medieval, pero estos los ha dejado de lado), donde Artur Mas pronunció hoy su mensaje de final de campaña: “asumiendo el testimonio de la Historia”, dijo poniendo tono de Braveheart, “y agradeciendo la abnegada labor de los 128 presidentes que me han precedido en el cargo (esto a Pujol no le habrá gustado porque lo ha convertido en uno más ¡de 128!, con lo que él ha sido, rebajado al mismo nivel que Romeu Sescomes o Miquel Samsó) llamo a los catalanes a hacer llegar este domingo un mensaje histórico al mundo”. Cielos, creían que se trataba sólo de elegir 135 diputados autonómicos, pero no, se trata de hacer justicia a 128 presidentes anteriores y lanzar un mensaje histórico al mundo.

¿Cuál, que el archiduque aún puede conseguir la corona? No, que es hora de coronar emperador propio en la persona del guía del pueblo carismático. Hay que alabar la coherencia de la campaña de Convergencia i Unió: un guión épico como el que el candidato ha interpretado estas dos semanas merecía un colofón a la altura de los estudios Bronson, tan trompetero y tan de cartón piedra. Artur Mas ha hecho una excelente campaña. Desde que decidió que la única forma de salvar la cara después de tanto recorte, tanta deuda, tanto incumplimiento de promesas pasadas era sumarse con entusiasmo a la demanda independententista, le ha puesto ardor, le ha puesto fervor y le ha puesto vehemencia. Dado que era evidente, y así lo entendían incluso los suyos, que el president se incorporaba a la película por descarte y sin haberse creído nunca el argumento, contrarrestó esa percepción exagerando. Abandonó todo pudor, aparcó la timidez y le metió épica de consumo ligero a su discurso: que si el 14, que si el hombre del pueblo enfrentado al establishment, el conde Borrell II y los 128 presidentes.

Él no es un candidato como los demás, él es el ungido, el único que es descendiente directo (aunque su linaje sea de photoshop) de Berenguer, de Vilamala y, por supuesto, de Rafael Casanova. A Companys lo menciona menos porque era de Ezquerra Republicana. Y a Tarradellas también porque pactó con el Borbón la nueva autonomía catalana pudiendo haberle declarado una guerra de independencia como Dios (y el obispo Taltavull) manda. Mas ha hecho una buena campaña porque desde el comienzo planteó las elecciones como un conmigo o contra mí para añadirle después esto de “el pueblo soy yo” y concluir que es con él o contra el pueblo. Dices: hojalata argumental, el silogismo no se sostiene.

Ya, pero le ha funcionado lo bastante para reducir a eso toda la campaña. Conmigo o contra el pueblo catalán. Y si entre medias aparecen supuestos informes policiales sobre investigaciones en marcha que aún carecen de conclusión, aireados con toda intención por policías indignados con un juez que no investiga nada, y jaleados por aquellos que no quieren ni referéndum ni nada, pues aún mejor para él. Ya no es sólo que los mítines se reduzcan al el pueblo soy yo, ya no es sólo que el programa electoral conste de una única palabra (referéndum) con un subtitulo (para conseguir la independencia), es que en las entrevistas sólo se le pregunta por Suiza y por la consulta. Con un menú tan recortado, no han tenido que estrujarse mucho las neuronas los estrategas de la campaña.

¿No queréis caldo? Pues ahí van dos tazas: en las ruinas de 1714 y coronándose por adelantado. Ha fingido que su campaña era contra el PP -ay, dadme la absoluta para enfrentarse con las mismas armas a Rajoy, que ya la tiene-, pero su campaña todo el tiempo ha sido contra Ezquerra Republicana: ésta es la única meta, hoy, de Artur Mas; conseguir manos libres en el Parlamento, no depender del socio que comparte con él la demanda soberanista, pero no más nada, es decir, Ezquerra. Mas quiere los 68 escaños, y para eso necesita que Ezquerra no saque veinte. Ésa es su unidad de medida: ahora que se ha subido al carro independentista, quiere quedarse con todo el carro. Frente a él, la campaña de los demás ha ido al rebufo y sin aportar un solo elemento nuevo. Pretender que electorado en pleno del PSC brinque de euforia en los mítines al escuchar “¡federalismo!” es andar a por uvas; pretender que Alicia Sánchez Camacho absorba todo el voto no nacionalista desencantado con el PSC es haberse quedado a vivir en un guindo.

Como en España sigue estando en vigor esa norma absurda que prohíbe publicar encuestas una semana antes de las urnas los medios han de recurrir a trucos ya conocidos, como pedirle a un diario extranjero que encargue una encuesta y hacerse eco luego aquí de lo que otros han publicado fuera. The Guardian difunde una encuesta de Sigma2 que ha generado tembleque en algunos dirigentes de Convergencia. Porque dice que CiU no sólo no alcanza la mayoría absoluta, sino que pierde escaños en comparación con 2010. Es la única encuesta que dice tal cosa y tampoco tiene una muestra abrumadora, es decir, que seguramente se parecerá poco al resultado. Pero hasta las ocho del domingo puede pasar cualquier cosa. Mira que si Artur Mas no sólo no alcanza la absoluta sino que si baja. Felipe V no ha perdido la esperanza.