LA BRÚJULA

El monólogo de las ocho: "No es una sibilina estrategia urdida con inteligencia, sino un dislate sin precedentes"

Rafa Latorre reflexiona en La Brújula sobre las reacciones de los mercados a la guerra arancelaria desatada por Donald Trump.

Rafa Latorre

Madrid |

El monólogo de las ocho: "No es una sibilina estrategia urdida con inteligencia, sino un dislate sin precedentes"

The New York Times especula sobre si es la peor o la segunda peor decisión en economía que ha tomado un presidente estadounidense en toda su historia. Compite con la Tariff Act con la que Herbert Hoover agravó en 1930 las consecuencias de la Gran Recesión. Pero hay un agravante en Trump, y es que Hoover no tenía el antecedente de Hoover y Trump ha decidido con un siglo de experiencia de ventaja.

Da igual. Ni es un farol, ni es una táctica de negociación. Trump cree de verdad que puede revertir la globalización y alumbrar con el fórceps del arancel una nueva edad dorada industrial de los Estados Unidos.

El descubrimiento de que Trump va en serio ha provocado otro desplome salvaje en los mercados. Las empresas están perdiendo miles de millones de valor y los que antes apoyaban a Trump empiezan a alzar la voz contra su insensatez.

No hablamos sólo de Warren Buffet o George Soros, sino de algunos financieros que apoyaron inequívocamente a Trump como Bill Ackman, que dice que nos está conduciendo a un verano nuclear autoinducido. Pero la caída más sonora del guindo trumpista está siendo la de Elon Musk, que ya expresa sus reparos y reticencias en público y que como persista en su aventura su amigo Trump va a tener que venirse a España y solicitar el ingreso mínimo vital.

JP Morgan y Goldman Sachs han dado la voz la alarma. En su carta anual a los inversores, Jaime Dimon, que es CEO de JP Morgan Chase, ha expresado su preocupación por las consecuencias de la guerra arancelaria desatada por Trump.

Cómo tendrán los mercados de asumido el error que bastó el rumor de que Trump iba a rectificar para que se produjera un rebote y los índices de Estados Unidos fluctuaran salvajemente hasta el verde. Nada, disipado el error, todo es naufragio. Como anticiparon los mercados asiáticos a primera hora, ha sido otra jornada mortal en las bolsas. De tal suerte que esto ya no se compara con la pandemia, sino con Lehmann Brothers.

Trump acaba de amenazar a China con un arancel de casi el 100% en represalia a la represalia de China. Le añadiría un 50% más de arancel, y ha sido mencionarlo y los mercados se han hundido aún más. Porque cada minuto que pasa es mayor la certeza de que todo esto es lo que parece: no una sibilina estrategia urdida con inteligencia, sino un dislate sin precedentes.

El Ibex 35 ha caído un 5,12%. Es la segunda mayor caída desde la pandemia, la primera fue el viernes. Así que ya ven lo que hay, un verano nuclear autoinducido.

La decisión de Trump de declarar una guerra mundial comercial no se vendió únicamente con el tablón aquel que parecía la subasta de una lonja. Además se le quiso dar un cierto sustento académico. La Oficina del Representante Comercial de Estados Unidos publicó su metodología y citó un artículo académico elaborado por cuatro economistas entre los que se encuentra el funcionario del Tesoro Brent Neiman.

El bueno de Brent dice hoy que se ha manipulado de tal manera sus tesis que las han dejado irreconocibles. Dice hoy: "Empecemos con el mayor error. La oficina afirmó haber calculado sus aranceles recíprocos a un nivel que, en teoría, eliminaría los déficits comerciales con cada uno de nuestros socios comerciales, uno por uno. ¿Es ese un objetivo razonable?".

Y continúa: "El premio Nobel Robert Solow explicó por qué cuando bromeó: tengo un déficit crónico con mi barbero, que no me compra absolutamente nada. El Sr. Solow seguramente también mantenía un superávit crónico con sus estudiantes, y estos desequilibrios no revelan nada sobre las barreras comerciales en el cuidado del cabello o la educación superior, ni tampoco afectarían a su salud financiera".

O sea, que hay muchas razones para considerar que no se puede corregir la balanza comercial. "Los estadounidenses gastan más en ropa fabricada en Sri Lanka que los esrilanqueses en productos farmacéuticos y turbinas de gas estadounidenses. ¿Y qué?". Lo contrario sería un drama para Estados Unidos.

Pero es que además vender un déficit comercial como si fuera un arancel es un dislate que conduce al disparate, que es en lo que estamos instalados. De ahí lo interesante del movimiento de la Unión Europea. Von der Leyen ofrece a Trump "aranceles cero" en los productos industriales, incluyendo los coches. Pero ¿saben qué? Es algo que ya le propusieron a la administración Trump y él rechazó.

Hay un editorial muy interesante hoy en 'The Wall Street Journal' que dice que desmiente que el arancel sea una herramienta de negociación: "Lo cierto es que al Sr. Trump le encantan los aranceles por sí mismos y parece creer firmemente que Estados Unidos prosperará si produce o cultiva todo lo que consume solo en los 50 estados".

Y antes señala: "El presidente Trump no es consecuente con lo que espera de sus nuevos y descomunales aranceles, y eso podría ser una oportunidad para que sus socios comerciales pongan a prueba su retórica ocasional sobre el deseo de un comercio "recíproco". Desmienta su farol y ofrezca aranceles cero para todos los bienes y servicios bilaterales".

Eso desmentiría a sus esforzadísimos apolojetas (jeta con jota), que pretenden convencernos de que todo esto es en realidad una forma algo enrevesada de ir hacia el libre comercio. Porque todo el mundo tiene la culpa de la guerra comercial excepto quien la ha declarado. En eso está Vox ahora, en tratar de convencernos de que todos tienen la culpa menos su Trump.

Vox hoy ha alcanzado la autoparodia. Se entiende que es muy difícil explicarle a la gente del campo y la industria que aquel al que han atado su suerte, Donald Trump, va a infligirles un castigo absolutamente discrecional. Pero esto de decir que van a mediar con él para luego matizar que sólo si dimite el Gobierno en pleno… Hombre, suena un poco a chiste. No vaya a ser que se lo pidan.