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OPINIÓN

Monólogo de Alsina: "Aunque no lo parezca, ha sido la campaña con menos ataques personales"

En contra de la impresión que pretenden trasladar algunos comentaristas, deseosos de que aquí cada vez hubiera más bronca, ésta que hoy se termina ha sido la campaña electoral con menos incidentes y menos ataques personales entre los candidatos de los últimos tiempos. Es verdad que Sánchez llamó indecente a Rajoy y éste le respondió que era un mezquino, pero el enorme eco que tuvo el enganchón es consecuencia, entre otras cosas, de que no hubo muchos más, ni entre Sánchez y Rajoy ni tampoco entre los otros.

Carlos Alsina |  Madrid |  Actualizado el 14/07/2016 a las 00:07 horas

Se han zurrado verbalmente en los mítines, se han llamado ineptos, o antiguos, o inexpertos, o insolventes, o populistas, o demagogos, pero en comparación con otras campañas, el medidor de ruido y el mordiscómetro se ha quedado muy por debajo de ocasiones anteriores. Vimos un debate bronco el lunes, pero habíamos visto antes tres debates vehementes pero de buen tono: el de Demos en la Carlos III, el del El País y el de Atresmedia, el debate a cuatro. Y hemos visto vídeos. En los que esta vez no ha habido dobermans ni imágenes tenebrosas como denominador común de todas las piezas. Ha sido el PP el que le ha echado más guasa a su campaña confiando en una agencia que ha encontrado una mina: bromear, autobromear, sobre el perfil insospechado de algunos de los votantes del PP. Fíjense que los populares habían empezado la campaña muy abajo, con el vídeo aquel del paciente operado de urgencia triste heredero de aquel otro del “nos ha faltado piel”, pero ha ido ganando en originalidad y en ingenio: con los hipsters primero y los moteros “hijos de la anarquía” después. Esto de hacer broma de uno mismo y de la mala prensa que tiene votarle a uno es una aportación notable a la desdramatización de la competición por el voto.

Rajoy también empezó la campaña abajo, a la defensiva y ausentándose de los debates; no tuvo el lunes con Sánchez una actuación muy brillante pero ha conseguido estos dos últimos días, con su forma de reaccionar al vomitivo puñetazo que le soltó ese joven en Pontevedra, ganarse el reconocimiento de propios y extraños. Cuanto más se fue sabiendo de las circunstancias del agresor, de su nula actividad política conocida (más allá de unos pocos tuits con eslóganes de todo a cien) más claro fue quedando esto que el agredido, o sea, Rajoy, expresó con nitidez ayer: que no ve conclusiones políticas que extraer de este episodio que fue violento y condenable, pero que no es síntoma ni prueba de ningún fenómeno social ni político digno de tal nombre. Que haya gente que odie a otra gente tampoco parece que sea un acontecimiento novedoso.

En estos días de campaña electoral, con periódicos y comentaristas más militantes y activistas que nunca, acaba siendo fácil caer en el ridículo. Y el ridículo lo han hecho quienes, lanzándose a editorializar antes de tiempo, quisieron elevar la agresión cometida por un tipo desequilibrado a la categoría de prueba de que la izquierda radical ha inoculado el virus de la violencia política en la sociedad española.

Fueron otros tiempos los convulsos, aquellos de los escraches, los rodea el congreso y el no nos representan. Estos de ahora, ésta campaña que hoy se acaba, ha sido, con apenas excepciones, el anverso de todo aquello.

Las juventudes socialistas han montado un vídeo con las rectificaciones que en el último año ha hecho Pablo Iglesias. Que, en efecto, ha rectificado unas cuantas cosas. Por convicción o por estrategia, ésa es la duda que queda. El problema, para los socialistas, es que precisamente por haber cambiado Iglesias de criterios es por lo que Sánchez pasó de decir que era un populista peligroso para el sistema a decir que ya había dejado de serlo y no había razón para no pactar con él los ayuntamientos. Fue el PSOE el que bendijo la evolución podémica desde el rupturismo bolivariano a la socialdemocracia conciliadora. Certificó su moderación —-real o táctica— y se lo puso difícil para negarle ahora su condición de competidor directo.

El domingo, si las encuestas están en lo cierto, los españoles vamos a dar a luz un Parlamento que, por primera vez, tendrá cuatro grupos parlamentarios fuertes, el del ganador, que previsiblemente será el PP, el de los dos partidos que se reparten casi todo el voto de la izquierda —-PSOE y Podemos, la duda es en qué orden— y el de la formación que se presenta como el centro político, Ciudadanos. Antes del verano la doctrina más extendida decía que a Albert Rivera le iba a pasar factura aupar a la presidencia andaluza a Susana Díaz -el socialismo que siempre ha gobernado Andalucia—- y apoyar en Madrid a Cristina Cifuentes —-el PP que casi siempre ha gobernado la comunidad madrileña—. Vaya un partido de cambio, se decía, no sólo no se define sino que apuntala lo que ya había. No parece, viendo ahora las encuestas, que aquella impresión tan extendida fuera correcta. Ciudadanos ha ido de más a menos en la campaña pero mantiene sus opciones de superar los cincuenta escaños el domingo.

El tópico dice que los españoles estaremos apostando por el pacto: por la ausencia de mayorías absolutas y el acuerdo entre opciones distintas. En realidad quien vota al PP, o al PSOE, o a Podemos o a Ciudadanos no lo hace queriendo que éste tenga que pactar con nadie, lo hace en la confianza de que obtenga respaldo suficiente para gobernar él solo. Lo que pasa es no son suficientes los que votan a unos para poder prescindir de todos los otros. Son los líderes los que habrán de interpretar, llegado el momento, qué prefieren sus votantes que hagan. Y si en lugar de interpretar quieren preguntarles directamente, hay también fórmulas, de ésas de participación ciudadana, no sólo cada cuatro años, por las que abogan los partidos nuevos. Bien es verdad que allí donde gobiernan no han convocado aún una sola consulta ciudadana.