Monólogo de Alsina

Alsina, sobre la posible candidatura de Rufián: "Descubrió que se le aplaude más un insulto a Mazón que el raca raca del derecho a decidir"

El director de Más de uno ha hecho un repaso de la situación de los diferentes partidos a la izquierda del PSOE que inician un proceso de reagrupamiento, pero no resuelven sus diferencias.

Carlos Alsina

Madrid |

Monólogo de Alsina, en Más de uno

Déjenme que les cuente una historia, que es muy corta, ya verán. Y además, muy reciente. Ocurrió el pasado verano, mes de agosto. No se sabe dónde porque lo mantuvieron en secreto. Él, veintiséis años, vestía un elegante traje negro sin corbata, según contó el Hola. Ella, de treinta, llevaba un vestido color crema con manga abullonada y falda de caída larga. Guapísimos los dos.

La ceremonia se celebró al aire libre y ambos publicaron fotos en las redes sociales (de los tecnoligarcas) donde tienen tropecientos mil millones de seguidores. Él es famoso desde que nació, porque lo son sus padres, David y Victoria. Ella es hija de Nelson y de Claudia, uno de los matrimonios más ricos del mundo. Él se llama Brooklyn; ella, Nicola.

Se casaron en 2022 y, tres años después, el verano pasado, quisieron cumplir con la tradición (un poco tempranamente) de renovar sus votos. Él escribió ese día: 'Forever my girl', para siempre mi chica. A diferencia del día que se casaron, en la renovación no estuvieron presentes los padres de él, los Beckham, con quienes la pareja siempre tuvo tensiones pero con los que acabó partiendo peras. Tan mal terminaron que una de las decisiones recientes de Brooklyn Beckham, contundente, corajudo, ha sido taparse el tatuaje que llevaba en el brazo con la palabra 'papi'. Qué más puede pasar.

Ceremonia de renovación de votos de la izquierda

El próximo día 21, festividad de San Pedro Damián, que fue obispo de qué hostiá (perdón, de Ostia, Italia), los partidos que, a duras penas, mantienen en pie una cosa llamada Sumar se han organizado a sí mismos, tres años después de casarse, una ceremonia de renovación de los votos matrimoniales. Bueno, más que matrimonio son poliamor porque ahí están Izquierda Unida, En Común, Más Madrid y el Movimiento Sumar.

La noticia política, que todos ellos publicitaron ayer con encomiable entusiasmo, es que lo que queda de Sumar ha decidido seguir siendo Sumar aunque sin llamarse Sumar e intentando que parezca que no son exactamente Sumar aunque sigan siendo Sumar porque con alguien habrá que sumar.

Para tranquilidad de todos, y acallando habladurías sobre desavenencias afectivas y escarceos con otras posibles parejas, estas cuatro marcas políticas hacen saber a afiliados, familiares y amigos que su amor sigue vivo, que seguirán juntos y que juntos se presentarán a las elecciones. O en palabras de Rita Maestre ayer en Espejo Público, que lograrán poder hacer lo que ya tenían hecho.

Huérfanos de padres

Otra vez concurrirán, otra vez intentarán ser la pareja de baile del PSOE. Lo que pasa es que a esta renovación de los votos, como pasó con Brooklyn Beckham, no asistirán los padres. Los padres que sí estuvieron en la boda de hace tres años son Pablo Iglesias e Irene Montero.

O sea, Podemos. Iglesias fue el padre político de Yolanda Díaz, tiempo ha tenido de arrepentirse, e Irene Montero fue la madre del sólo sí es sí, aquella ley que fue bandera de Podemos y que tuvo que rehacer Pilar Llop en vista de que las agresiones sexuales se castigaban menos que antes.

Los padres, que siguen vistiendo de morado riguroso, no estarán en la renovación de los votos porque ya no están en Sumar. De tal manera que, aunque lo diga Rita, este Sumar al que le van a cambiar la marca no es el Sumar que se presentó a las elecciones de 2023. Esto de ahora es el fruto de la guerra a muerte entre antiguos camaradas y de la decadencia sufrida en las encuestas y en las elecciones autonómicas.

A un lado está lo que queda de Sumar y al otro, lo que queda de Podemos. Con Yolanda Díaz como encarnación doliente de lo que pareció que iba a ser y nunca fue, de aparecer coronada como líder con opciones a presidir el gobierno de España —que Dios le conserve la vista a algunos sociólogos— a ser ya referida por los suyos como parte del pasado, la líder amortizada a la que ni siquiera reservarán el papel de reina madre.

Yolanda Díaz como encarnación doliente de lo que pareció que iba a ser

Rufián ejerce de vigía

Nunca olvidará Yolanda el nombre de aquel diputado que, diciéndose de izquierdas, votó en contra de su reforma laboral y a punto estuvo de llevársela por delante (la salvó la torpeza de Casero, el del PP). Aquel diputado de izquierdas se llamaba, y se llama, Gabriel Rufián, y en 2022 aún hablaba alguna vez de autodeterminación y referéndum, los clásicos del partido independentista al que debe su altavoz.

Rufián ejerce ahora de vigía que, subido a la cofa del palo mayor, ve venir los peligros que el resto no quiere ver. Se recrea en este papel de avisador del iceberg ultraderechista hacia el que la izquierda navega condenada a hundirse si no acelera su propio plan de salvamento.

Y en esto tiene razón Rufián: nada hay más sorprendente en este último año que ver a la izquierda achacando a los bulos, los pseudomedios, los jueces y la prensa su declive demoscópico en favor de las derechas sin ponerse a darle una vuelta a su propia crisis. Al porqué sus votantes la abandonan. Al porqué teniendo un músculo tan potente como el del Gobierno de España en cada sondeo, y cada elección autonómica, se afianza la idea de que, para cuando lleguen las generales, la izquierda carecerá de opciones para mantenerse en el gobierno.

Siempre queda pintón, y es popular, presentarse como víctima de los aparatos. Algo hay que hacer, lo que pasa es que parece que está más en hacer las cuentas electorales de cuántos escaños salvas presentando una misma marca que lleve dentro lo mismo a una izquierda andaluza que a un abertzale de Bildu que en dar con el tipo de propuestas que puedan seducir al votante defraudado con la izquierda.

Oye, al menos dice en voz alta lo que hay: un desfondamiento izquierdista frente a un auge derechista que el PSOE, desde luego, no está siendo capaz de revertir. Rufián parece Gramsci al lado de Patxi López, que aparte de repudiar a Felipe por meterse con San Pedro Sánchez…todo lo que es capaz de aportar para explicar el naufragio de su partido en Extremadura y Aragón es el tópico más antiguo y manoseado de cualquier partido que gobierna: esto de que gobiernan como dios pero no están sabiendo comunicar.

Va a ser eso, que la gente no se entera de lo que hace el Gobierno. Tiene delito que lo diga cuando la última candidata naufragada de su partido ha sido la portavoz del gobierno dos años, pero Patxi es así de fino en sus análisis. A la altura de los gremlins de Montse Mínguez.

Total, que Rufián dice lo que todo el mundo ve, pero sus compadres de la izquierda plural (más que plural, atomizada) a quien no le ven es a él como líder carismático. Quiere creerlo porque le llueven los followers y los aplausos a sus intervenciones (e interrogatorios) en las Cortes en las redes sociales de los tecnoligarcas.

Hace tiempo que Rufián descubrió que se le aplaude más un insulto a Mazón, un desprecio a Feijóo, un lamento por el precio de los pisos o una manita por el lomo a Pedro Sánchez que el raca raca del derecho a decidir de los catalanes y el referéndum que en esta legislatura debe de ser que ya no le urge a nadie. Pudiendo hablar en catalán en el Congreso, que para eso ahora hay intérpretes, el portavoz de Esquerra prefiere hacerlo en español opresivo. Ayer tuvo a bien recordar que él sigue siendo independentista.

El referéndum que en esta legislatura debe de ser que ya no le urge a nadie

Tiene razón en que hay mucha gente que se siente representada por él no siendo independentista. Pero tendrá que ser él quien alguna vez explique a los ciudadanos de Algeciras en qué les beneficiaría a ellos que Cataluña dejara de formar parte de España. Hasta ahora, Rufián nos ha explicado lo bien que les iría a los trabajadores catalanes que Cataluña se independizara, con su PIB, su economía pujante, su todo lo que se genera aquí, aquí se queda, Cataluña first.

Ahora falta que explique a los trabajadores de Algeciras lo beneficioso que sería para ellos que Cataluña, con su PIB, sus empresas, su nivel de renta, dejara de contribuir al progreso del resto de los españoles constituyéndose en estado independiente. Porque ése sigue siendo el deseo de Rufián, ¿no?, separarse. ¿O ya no?

El juego de la gallina en Extremadura

En Extremadura llega la prueba del algodón. ¿Quién somete a quién? El juego de la gallina, apártate tú. Proclama Vox que votará un no como una casa a la investidura de María Guardiola. Por no plegarse. Y proclama Guardiola que ella se presentará a la investidura y Vox sabrá lo que hace, porque el PP no se traviste. La candidata se resiste a tragar del todo, de momento. Y Vox dice que no contará con ellos, pero también es de momento.

Hasta mayo tienen tiempo para recular la una, el otro o ambos. Aquí cada uno interpreta como le da la gana el mensaje de las urnas. La portavoz de Vox en el Congreso, por ejemplo, sostiene que, siendo ellos terceros en Aragón y Extremadura, y estando bastante por detrás del PSOE, lo que han dicho los votantes es que hay que, atención, desterrar a la izquierda de la vida política.

Dónde va, oiga, dónde va. No se destierra de la vida política a quien representa, en el peor de los casos, al 45% de los votantes. Vox está crecidito, es natural. No solo porque haya crecido mucho en las dos elecciones autonómicas; sobre todo porque tiene al PP reformulando por enésima vez su discurso, escudándose ahora en el mandato de las urnas para enterrar la promesa de no compartir el gobierno de España con Abascal.

O sea, que Feijóo ya no descarta tener a Vox dentro de su hipotético gobierno. A Vox, el que sabotea los actos institucionales en las Cortes a los que acude el rey, por ejemplo. Pero bueno, ya dice Feijóo que es que hay mucho ruido y mucha espuma. Y que a él lo que le importa es la cerveza.

Si el líder del PP se anima a preguntar a los cerveceros, le explicarán hasta qué punto la espuma es apreciada como medida de la calidad de una cerveza, o cómo para la industria cervecera la espuma, lejos de ser accesoria y desechable (como sugiere Feijóo), es parte sustancial, estudiada y muy cuidada, de su bebida.