un podcast de Daniel Ramírez García Mina

Centenarios Capítulo 2: Soldados de nuestra guerra

Vamos a colgarnos de la espalda de Josep Sala, combatiente republicano, nacido un 12 de septiembre de 1919. Tiene 101 años. Y de la de Félix Urrizburu, soldado requeté, cuya partida de bautismo fue expedida en octubre de 1920. Nos relatan las dos formas distintas en las que hicieron la guerra.

ondacero.es

Madrid | 04.12.2020 15:30

Cada vez es más difícil emprender este viaje. Dentro de muy poco, ya sólo nos quedarán las novelas, los documentales, las películas...Quién sabe, quizá este sea ¡el último viaje! Vamos a colgarnos de la espalda de Josep Sala, combatiente republicano, nacido un 12 de septiembre de 1919. Tiene 101 años. Y de la de Félix Urrizburu, soldado requeté, cuya partida de bautismo fue expedida en octubre de 1920. Acaba de cumplir un siglo.

Se habla mucho de la guerra, cada vez más, en todas partes; pero, ¿qué es la guerra cuando la narran sus supervivientes? ¿A qué huele la pólvora? Sala y Urrizburu fueron carne de cañón, durmieron a la intemperie, recogieron los cadáveres de sus amigos, corrieron a por el enemigo, llegaron al frente sin haber manejado jamás un fusil. Vieron matar y morir durante días, semanas, meses. Se plantaron en la trinchera sin haber cumplido los 18. Forman parte de esa generación que nunca fue joven, que pasó de la escuela al fuego cruzado en un suspiro.

Félix y Josep encarnan dos formas distintas de hacer la guerra. Ahora, aceptan brindarle al contrario sus recuerdos, prestárselos por un rato. El primero, requeté navarro, acudió voluntario, convencido de que aquello era una cruzada. El segundo, republicano que vivía en Barcelona, cogió el tren obligado.

Félix, de un pueblecito llamado Lumbier, se despidió de una madre que estaba orgullosa de su hijo. Su padre y su hermano mayor habían marchado antes al frente. Los tres con la boina roja.

Félix Urrizburu, en una imagen de joven
Félix Urrizburu, en una imagen de joven | Onda Cero

Josep era de ideas republicanas, pero no quería saber nada de la guerra. Marchó porque le llamaron a filas. Era 1938 y la República se desinflaba.

Josep Sala, en una imagen de joven a la edad a la que fue combatiente republicano
Josep Sala, en una imagen de joven a la edad a la que fue combatiente republicano | Onda Cero

Félix dice que su madre no lloró, por lo menos delante de él. Los carlistas vivieron aquel julio de 1936 como la “proclamación de la primavera” de la que habló García Serrano. Lucía el sol, cantaban en los camiones, lanzaban vivas a dios y a la patria.

En la estación de Francia, Barcelona, aquel día fue triste y oscuro. La familia Sala lloraba. Josep, de repente, divisó a su padre entre la multitud que inundaba el andén. Había ido a darle un último abrazo.

Han pasado más de ochenta años, pero Félix no olvida aquel primer día. Las trincheras en forma de "ese", la despedida, quizá definitiva, con quienes se daban el relevo. Este boina roja formó parte de Radio Requeté. Cargaban con mochilas de hasta diez kilos y trataban de conectar la primera línea con el mando superior, que daba las órdenes desde más atrás.

Estamos, ahora, en el lado republicano. Es de noche y Josep va a participar en su primer ataque. Le toca colocarse junto a una ametralladora. Comienzan los cañonazos del enemigo. Sus compañeros, que van en primera fila, mueren. Mueren muchos a la vez. Es tan fuerte el fuego del adversario que, durante unos segundos, en plena explosión, parece de día. De pronto, silencio. No hay comida. Beben café con coñac.

Lado carlista. Donde está Félix también hay una ametralladora que dispara. El enemigo se agacha y mete la cabeza en lo más hondo del agujero.

Hay que saber colocarse en la trinchera

Porque algo tan aparentemente sencillo como una trinchera salvó miles de vidas. Félix, en 2020, en el sofá de su casa de San Fernando del Henares, nos explica cómo hay que tumbarse en ella, cómo hay que colocar la cabeza. El armamento de los sublevados era mejor que el de los republicanos, pero Félix insiste en que sus trincheras eran más vulgares que las del enemigo.

Poco tardó Josep en darse cuenta de que la guerra no iba bien para los republicanos. Aquella potente primera compañía quedó reducida a tres o cuatro miembros. Recogieron a los supervivientes en un camión. Estuvieron cinco días sin comer.

En los tercios requetés, el menú no era muy variado: café, también coñac, un chusco de pan, muchas lentejas. Pero no pasaron hambre. Eso dice Félix. Los franquistas conseguían llevar comida a sus soldados. A la República le resultaba cada vez más difícil. Era otro termómetro importante para medir el desarrollo de la contienda.

Josep describe el hambre como una de las pocas cosas capaces de levantar una tregua entre los unos y los otros. En Cataluña, solía ir a un pueblo abandonado a coger higos, a rebuscar entre las casas. Allí se encontraban con combatientes del enemigo. Se miraban, no intercambiaban apenas palabra, pero ninguno abría fuego. Querían comer.

Normalizar la muerte

El hombre tiene la capacidad de normalizar la muerte, de acostumbrarse a la masacre. Josep cuenta que hubo un día en que dejó de impactarle caminar entre cadáveres. Félix lo describe como una cuestión de suerte.

Entre los requetés, era muy importante la creencia religiosa. Todos los días, antes de la batalla, escuchaban misa. Seguro que han visto las fotos: el cura, con sotana, en mitad de la montaña, y los soldados arrodillados alrededor. Félix dice que luchaba por Dios, aunque asegura que en ningún momento eso le hizo creer que estaba bendecido y que sería librado de la muerte.

Incluso en la peor de las tragedias, el humor suele colarse por una pequeña rendija. Félix y Josep coinciden en que, sin esos instantes, la guerra se les habría hecho todavía más larga. Fíjense en lo que le pasó a Josep, el republicano. Muertos de hambre y de sed, llegaron a un pueblo. Un comerciante les ofreció, gratis, un vino que no podía vender. Los soldados se atiborraron, pero cuando vieron lo que había dentro de la tinaja...

Aquellos jóvenes se carteaban con chicas de su edad. Presumían en la trinchera los que recibían más y mejores textos. Era su única forma de ligar. Lo cuenta Félix, ¡para sorpresa de su hija!, que no sabía nada de las chavalicas del pueblo.

La guerra sigue. El final está cada vez más cerca. Josep dice que apenas vio prisioneros. Uno o dos a lo sumo. Félix, el requeté, se topaba con grandes hileras. ¿Cómo les trataban? ¿Qué ocurría con ellos? De su respuesta puede deducirse que, en ambos bandos, la crueldad fue mayor en retaguardia que en el frente.

Félix tiene grabada en la memoria la conversación que mantuvo con un prisionero republicano. Hacía mucho frío. El requeté pidió a su enemigo el abrigo. Le advirtió de que, antes de llegar a retaguardia, se lo iban a quitar. Ya que iba a perderlo de cualquier manera, Félix le ofreció a cambio tabaco y una fina chaqueta para que no quedara desnudo.

Josep Sala descansa junto a diez hombres. Están hirviendo unas lentejas. Hace pocos días, un compañero desertó al lado franquista y reveló información privilegiada. Localización y número de efectivos. De pronto, aparecen dos bombarderos. Varias explosiones. Cuando Josep abre los ojos, ve extremidades desperdigadas y muchos cadáveres. Hay sangre en el suelo, también en las paredes. Sólo han sobrevivido el sargento y él.

A los pocos días, Josep es capturado. En medio de la batalla, dentro de un refugio, escucha: “¡Sálvese quien pueda!”. El enemigo encañona a un capitán y a él. Levantan las manos. Van a pegarles un tiro. Entonces, aparece un brigada rechoncho, bajito, que ordena: “¡Alto, alto, que bastantes muertos hemos tenido hoy!”. Alto, alto, que bastantes muertos hemos tenido hoy. Josep repite la frase. Sería incluso capaz de distinguir el rostro del brigada.

Suerte dispar

La suerte de nuestros dos protagonistas fue dispar. Josep Sala, republicano, fue a parar a un campo de concentración en León. Después, trabajos forzados en África. Hasta que, a mediados de los cuarenta, fue liberado por intercesión de amistades familiares. Después se convirtió en el farmacéutico más mítico del barrio del Raval, en Barcelona.

Félix Urrizburu, requeté, hizo carrera en Madrid. Fue administrativo en distintas empresas. Acaba de publicar un libro de recuerdos titulado “La guerra que yo viví”.

Ninguno de los dos está contento con el devenir de la política. Aunque por motivos muy distintos. A Josep le molesta muchísimo que, derechas e izquierdas, manipulen la guerra. Los debates en el Congreso le revuelven el estómago. Pide un poco de decoro.

A Félix tampoco le gusta lo que sucede en el Congreso, aunque deja claro que su queja es distinta. Cuando se le pregunta por la democracia.

Ambos habrían aceptado la entrevista conjunta. De hecho, insisten en que les habría encantado, pero la pandemia ha cavado en medio una trinchera imposible de cruzar. No están de acuerdo, no coinciden en el relato de lo que ocurrió, no se van a convencer el uno al otro, no tienen el mismo concepto de buenos y malos, pero quieren compartir un café. Ese idealista y a veces inocuo “no a la violencia” tiene en sus bocas una potencia arrolladora. Josep y Félix se mandan saludos.

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