UN PODCAST DE DANIEL RAMÍREZ GARCÍA-MINA

Centenarios capítulo 9: La dama del órgano

Viajamos hasta Barcelona para conocer a Montserrat Torrens, Premio Nacional de la Música, una mujer que, pese a su sordera, toca el órgano y se percata de cualquier nota mal pulsada; un milagro de la música y de la biología.

ondacero.es

Madrid | 23.12.2021 14:39

Hay un milagro de la biología escondido en un piso de Barcelona, muy cerca de la montaña. Una mujer de 95 años, sorda como Beethoven cuando estrenó su gran sinfonía, ensaya corales de Bach. No ha sido fácil concertar la entrevista. Montserrat Torrens, la Dama del Órgano, acaba de ganar el Premio Nacional de la Música y está de gira por Madrid y Palma de Mallorca.

Cuando se percata de nuestra presencia, se sienta en una mesa camilla y ofrece pastas y licor. Es una mesa camilla en la que imaginamos el brasero que ella conoció pero que ya no está. Porque llueve en Barcelona y hace frío.

El mágico poder de la música

Resulta mágico contemplar, así, una tarde cualquiera, el poder de la música. Montserrat toca el órgano y se percata, pese a su sordera, de cualquier disonancia, de cualquier nota mal pulsada. Y Montserrat no oye nada porque esta entrevista se hace a través de un ordenador, donde ella va leyendo las preguntas.

Cuando se levanta a las cinco de la mañana y se acerca al instrumento, lo pone en sordina para no sublevar a sus vecinos. Ella toca y escucha. Escucha lo que sólo ella puede escuchar.

Hay un milagro de la biología escondido en un piso de Barcelona. Una mujer de 95 años, sorda como Beethoven, ensaya corales de Bach

Montserrat estudia tres horas todos los días. Antes eran cuatro, pero lo que llama un “fuerte bache de salud” le obligó a bajar la intensidad. Su órgano parece estar hecho a medida para el salón. Es de madera, una madera clara, casi albina; y tiene una banqueta a juego también de madera, por supuesto sin respaldo, donde ella se sienta, envuelta en una enorme camisa de cuadros, tres horas cada día.

Montserrat es como un personaje literario

Conviene explicar una cosa, por si alguien estuviera tentado de pensar lo contrario. A Montserrat Torrens no le han dado el Premio Nacional de la Música porque es capaz de tocar el órgano maravillosamente a sus 95 años. Es decir, no se ha galardonado su resistencia. Montserrat, reconocida internacionalmente desde sus veintitantos años, encarna una carrera de éxito, labrada en distintas capitales europeas y, por supuesto, en España, donde resultaba casi imposible que una mujer fuera concertista.

Montserrat ha recorrido el mundo y sus continentes gracias a su talento para el órgano. Basta con echar un vistazo a “La dama del órgano”, su biografía escrita por Albert Torrens, para darse cuenta.

La dama del órgano, pequeñita, pequeñita, necesita tiempo para estar sola, leer y estudiar

Pero antes de viajar a ese pasado que sigue siendo dorado en el presente, detengámonos en el carácter de Montserrat, que se aparece ante la grabadora como un personaje literario. La dama del órgano, pequeñita, pequeñita, necesita tiempo para estar sola, leer y estudiar. Que nadie piense que, por su ancianísima edad, está deseosa de cualquier visita.

Acaban de convencerla para que acepte a una chica interna en casa por si ocurriera algo de noche. Esa chica vive aquí, con Montserrat, hasta la una del mediodía, pero luego se va y no regresa hasta que anochece. No es negociable, dice. Porque, claro, a ellas les gusta charlar y Montserrat quiere leer. Esta casa acaba de alcanzar cierta estabilidad, pero hace no tanto, en tres días se fueron tres mujeres.

¿Es posible que Mozart compusiera así, él sólo, de manera crudamente humana?

Tanto le gusta leer a Montserrat que, hace unos años, una amiga suya venía aquí a casa a recitarle novelas mientras ella tocaba el órgano. Ponían la sordina al instrumento y, al tratarse de estudios mecánicos, una leía y la otra escuchaba. Hoy, Montserrat lee libros que indagan en la condición sobrenatural de la música. ¿Es posible que Mozart compusiera así, él solo, de manera crudamente humana?

Montserrat tiene un carácter disfrutón. Debemos romper otro tópico: se equivoca quien piensa que el órgano es un instrumento sacrosanto, únicamente destinado a la música parroquial. Se equivoca quien piensa que los intérpretes de órgano son curas y monjas alejados del hedonismo.

Esta equivocación no es sólo propia de gente no familiarizada con la música. Vean, un día, en Dinamarca, Montserrat dio un concierto. Al acabar, los organizadores le ofrecieron un té. Pues miren la que se montó. Era un momento para celebrar y Montserrat, claro, no quería un té, sino otra cosa.

Su madre, una notable pianista,no pudo cumplir su sueño de convertirse en artista. Así que, uno a uno, enseñó música a sus hijos

Ahora, sí. Es abril de 1926 y Montserrat acaba de nacer en un piso del centro de Barcelona. Familia numerosa, siete hermanos. Su padre es médico y su madre, discípula del mítico Granados, es una notable pianista que, debido a la sociedad de la época, no puede cumplir su sueño de convertirse en artista. Así que, uno a uno, enseña música a sus hijos. A Montserrat la sienta al piano cuando cumple los cinco años. Le pone una moneda de cobre sobre los nudillos. Si consigue realizar los ejercicios sin que la moneda caiga, le da un premio.

En aquellos años treinta, en casa de los Torrens, suena música continuamente. A su padre, el médico, le encanta la música. Y casi todos los días, al cerrar la consulta, invita a sus amigos para que toquen en casa. Montserrat y sus hermanos escuchan sentados en taburetes. La madre, la gran pianista, acompaña a los chelistas y violinistas que pasan por allí.

La guerra acabó con el continuo sonido de música en casa de los Torrens

Hasta que estalla la guerra. La música da paso a las noches de silencio. Al ruido de los disparos aislados. Es julio de 1936: la señora Torrens tiene miedo de que asesinen a su marido porque un sagrado corazón de Jesús preside el salón de la casa. Al ser una consulta, lo ha visto mucha gente. Un día se llevan al padre, pero alguien lo salva y puede regresar. No tendrán esa suerte algunos parientes.

Cuando empiezan los bombardeos, los Torrens deben huir de esa casa grande. Dejan atrás el piano en torno al que se hilvanaba su felicidad. Se instalan en zonas periféricas y esperan. Esperan tres años hasta que pueden rehacer su vida.

Uno de esos días, en una parroquia, Montserrat descubre el órgano. El cura la invita a tocar y ella decide matricularse un año en el conservatorio para descubrir los secretos de ese instrumento tan grande. Lo que pensaba que iba a ser un divertimento se va a convertir en una esclavitud.

Al percatarse del talento de su discípula, le hizo prometer que no se casaría hasta que hubiera alcanzado el éxito

Montserrat ha mencionado a Paul Franck, su primer gran profesor. Hoy, el buenismo escolar, ¡si hasta se puede pasar de curso en la ESO con una bolsa de suspensos!, habría metido a Franck en la cárcel. Le decía a Montserrat que se colgara de un clavo en la pared de su casa para ganar en estatura y llegar con las piernas a los pedales.

Pero Paul Franck iba mucho más allá. Sabía que las mujeres como la madre de Montserrat, casadas y con muchos hijos, no podían dedicarse a la música. Así que, al percatarse del talento de su discípula, le hizo prometer que no se casaría hasta que hubiera alcanzado el éxito. Montserrat cumplió con su palabra: se casó muy mayor y no tuvo hijos.

Los órganos, considerados instrumentos religiosos, ardieron junto a las iglesias

Era difícil dedicarse al órgano en la España de los años cuarenta. Sobre todo en las zonas que, durante gran parte de la guerra, estuvieron en manos de la república. Los órganos, considerados instrumentos religiosos, ardieron junto a las iglesias.

A ese obstáculo se unía el mismo que encontró su madre: el hecho de ser mujer. Cuando Montserrat empezó a adquirir notoriedad, comenzaron a llegar las cartas injuriosas. ¿Qué se había creído? ¿Cómo podía dar conciertos aquella joven? ¿Es que se creía superior a las demás?

Una beca para darse cuenta de que, a pocos cientos de kilómetros, la gente era libre

Montserrat, por fin, consiguió una beca para estudiar en París. Era una beca no demasiado cuantiosa. De hecho, tuvo que trabajar cuidando niños para costearse la vida allí. Pero fue una beca suficiente para darse cuenta de que, muy cerquita, a unos pocos cientos de kilómetros, la gente era libre. Montserrat, dice, lo notó hasta en la forma de caminar. Aprendió a que la vida también era para disfrutar, y no solo para ahorrar.

Montserrat estudiaba siete u ocho horas diarias. Cuando cerraban el conservatorio, no tenía dónde tocar el órgano. Su profesora, consciente de ello, le dejaba las llaves de su casa. Así conoció que otro tipo de enseñanza era posible. El terror de Paul Franck dio paso a la dulzura de aquella organista. Montserrat debía de estar muy, muy delgadita. Apenas comía. Por eso, la profesora le dejaba de sorpresa unos pasteles.

Lo más bonito de dominar un instrumento es tocar como sin darse cuenta; dejarse llevar por la música. Ella cierra los ojos y, pese a su sordera, escucha con nitidez

Después de París, Montserrat abrió su etapa italiana. Descubrió, como suele decir, la inmoralidad y el caos. Aquellas chicas que parecían estupendas… se liaban con el primero que pasaba. Pero lo peor no era eso, no; ¡lo peor era el desparpajo con el que lo contaban! Porque una cosa es ser libre y otra…

El compromiso de Montserrat Torrens con el órgano siguió, pese a todo, la estela de Paul Franck, aquel maestro que se parecía a Robespierre. Cuando murió su padre, Montserrat no fue capaz de tocar el concierto que tenía programado. Hoy, lo considera un error. Se arrepiente. Después, siempre cumplió. Años más tarde, tocó con su hermano y su hermana de cuerpo presente. Así se lo ha trasladado ella a sus alumnos: “Si uno se compromete, se compromete. No hay excusa familiar que valga. Hay que cumplir”.

Prohibido confundir música y devoción

Concluida su formación, Montserrat Torrens se instaló de nuevo en Barcelona. Siguió… mejor dicho, ¡sigue!, ofreciendo recitales en España y en el extranjero, pero también se convirtió en profesora. Catedrática del conservatorio superior de Barcelona hasta su jubilación.

Ahora, un aviso importantísimo a navegantes. Prohibido confundir música y devoción. ¡Prohibidísimo! Eso de aprender cuatro acordes para poder tocar el órgano en misa los domingos no es un servicio a dios, sino al diablo. Cuando tocan estos devotos, Montserrat reza para que Dios tenga sordera, igual que ella. Por eso, y por si acaso, ella ya ha decidido que no habrá música de órgano en su funeral. No vaya a ser que…

¿Cómo se puede ser cruel después de haber escuchado a Beethoven?

Hay una pregunta que Montserrat no ha logrado resolver después de noventa años dedicada a la música. Es la pregunta a la que puso palabras Fernández-Flórez en plena guerra civil: “¿Cómo se puede ser cruel después de haber escuchado a Beethoven?”. Se puede y la historia ha dejado grandes ejemplos. Hitler lo era, y mucho, después de haber escuchado a Wagner.

Dice Montserrat que lo más bonito de dominar un instrumento es tocar como sin darse cuenta; dejarse llevar por la música. Ella cierra los ojos y, pese a su sordera, escucha con nitidez. Escucha a Bach, que es lo más cerca que ha estado del cielo. Y entonces, en ese lugar, imagina que es joven, que tiene veinte años y que la vida no va a acabarse nunca.