un podcast de Daniel Ramírez García Mina

Centenarios Capítulo 3: Un abismo entre dos mundos

Nos adentramos en un convento de clausura, para hablar con Agustina Cuesta García, ahora conocida como sor Paula de Cristo Rey, una monja de 93 años que lleva 70 años sin contacto con el exterior.

ondacero.es

Madrid | 04.02.2021 13:09

"Ay Dios mío, ay Dios mío, ay Dios mío", dijo Sor Paula cuando se enteró de que iba a participar en esta entrevista. ¡¡¡Hablar en la radio!!! ¡Ella, que lleva setenta años sin contacto con el exterior! ¡Ella, que puso los pies en la clausura de un monasterio de las jerónimas allá por 1950! Desde entonces, sólo ha salido para ir al médico.

Previa autorización de la madre superiora, el micrófono verde de Onda Cero se acurruca junto a la verja del locutorio. Sillas de madera, paredes blancas, un cuadro de San Jerónimo, el anfitrión; y también un pequeño calefactor.

"Ay Señor, ay Señor, pero qué voy a decir yo". Tras colocar el andador en una esquina, toma asiento Sor Paula de Cristo Rey, que antes de ponerse el hábito se llamó Agustina Cuesta García. A nueva monja, nuevo nombre.

¿Cómo viven las monjas?

Antes de empezar, porque imagino que ustedes se lo estarán preguntando, contemos: ¿hasta qué punto vive aislada una monja de clausura? ¿Votan en las elecciones? ¿Leen los periódicos? ¿Escuchan la radio? ¿Ven la televisión?

Vayamos por partes: las monjas salen muy, muy poco. A veces para ir al banco, otras para visitar al doctor, algún papeleo administrativo imprescindible… Suelen enlazar esas tareas para realizarlas en una sola mañana y evitan, por todos los medios, coger el Metro.

Sí leen los periódicos, pero solo dos de las hermanas, que luego se encargan de informar a todas las demás. Sí escuchan la radio, pero solo una de las hermanas, que luego informa a todas las demás. Y sí ven la tele, media hora al día para ver las noticias… mientras dure la pandemia. Después, se apagará sine die.

Por tanto, las monjas de clausura saben lo que pasa aquí fuera, incluso podrían estar escuchándonos. He aquí la prueba del algodón: sor Paula reza por Pablo Iglesias. "Me fastidia mucho el de la melena, pido por él, digo 'Señor, cámbiale la mente' , dice. Y también reza por Pedro Sánchez, "le diría al presidente que fuera un poco más cristiano y que meditara un poco lo que es Dios para él".

¿Cómo era su vida antes de meterse a monja?

Agustina Cuesta García nació en Macotera, Salamanca, hace 93 años. Nueve hermanos. Hija de un tratante de lanas y un ama de casa. En el pueblo no había colegio. Educaban a los niños las Hermanas de la Caridad. Ellas les enseñaban a comportarse en misa y a obedecer a los padres. Al terminar, Agustina les besaba las manos… y se iba a merendar.

Macotera, Salamanca, era un pueblo "muy cristiano". Con aceras de piedra, sin apenas luz ni agua corriente. Rondaban por sus calles los burros, las mulas y los caballos. Un pueblo, insiste Sor Paula, "muy cristiano". Con un sacerdote o una monja en cada familia.

Agustina se hace mayor y ya parece una madre. Se ocupa de las niñas del pueblo. La nombran catequista. Agustina reza, Agustina va a misa todos los días, pero tampoco se pierde un baile. La primera llamada de Dios, a través de Acción Católica, no le convenció demasiado.

No era fácil lo de Acción Católica para la joven Agustina. Amaba a Dios, pero no le gustaba llevar al baile aquella insignia prendida de la chaqueta. ¡Cómo iba a ligar con eso puesto! Porque no crean que Agustina, hoy sor Paula, desconoce los entresijos del amor. Antes de su clausura, tuvo un pretendiente.

En aquellos años cuarenta, no existía el magreo. En las plazas de los pueblos, no sonaba la música de manubrio. Se cortejaba con una buena jota. Hasta que apareció la rumba, y con ella se abrieron las puertas al deseo. Pero estamos en Macotera. Agustina, en el centro de la plaza. Con quién baila. Quién le gusta.

Cuando llegó la vocación

Al atardecer, con el tañido de la campana, Agustina regresaba a casa. Había algo en su interior. La vida terrena no le llenaba. Se lo pasaba bien en el baile, salía con sus amigas… Se interesaba por lo "moderno", por el descubrimiento de "la permanente", pero las piezas no encajaban. Estaba empezando a fraguarse… la vocación.

No fue fácil discernir si aquello era o no una verdadera vocación. Su madre le preguntaba: "Agustina, ¿entre rejas?".

Después de mucho silencio y oración, Agustina decidió que quería ser monja de clausura. Igual que dos de sus hermanas. Tenía 23 años. Su ilusión era ingresar en las Carmelitas, ¡pero no había plaza! Entonces, un sacerdote amigo de la familia les recomendó este lugar, el convento de las Carboneras, en el centro de Madrid, detrás del Mercado de San Miguel.

Han pasado setenta años, pero Agustina recuerda con precisión el instante en el que puso los pies dentro de la clausura. Ese instante que, de pronto, abre un abismo entre dos mundos: el interior y el exterior. Ese instante que, ¡zas!, cubre con el manto del silencio las risas de una chica que bailaba en la plaza de Macotera.

Este convento era un lugar muy pobre, destrozado por un obús de la guerra. Las monjas acababan de regresar a su interior. Mientras duró la contienda, se refugiaron en distintas casas de la ciudad. Eran 33 hermanas; hoy, sólo quedan ocho. Escasean las monjas de clausura. "Señor, mándanos vocaciones", exclama nuestra protagonista en varias momentos de la charla.

Las hermanas se dedicaban a adecentar manteles con planchas de hierro. No había baños ni duchas. Se aseaban mediante unas latitas que llenaban con agua caliente. A Agustina, ya sor Paula, le costaba mucho.

La renuncia de una monja de clausura llega hasta el punto de no despedir a los padres y las madres que mueren. Al poco de entrar al convento, Agustina tuvo que probar la que quizá sea la miel más amarga de intramuros: falleció su hermano. Quiso salir, pero se quedó dentro.

Cualquiera podría pensar que el tiempo pasa lento aquí dentro, pero se equivocaría. Esa sensación de que la existencia se escurre como el agua entre los dedos también impera entre las monjas de clausura. Sor Paula tiene mucho que rezar. Tanto que aprovecha su insomnio para adelantar lo del día siguiente.

La comunidad disfruta de un ratito para el recreo. Lectura de revistas religiosas, algún santo cotilleo, intercambio de recetas, paseos por la terraza… Pero a sor Paula lo que más le gusta es cantar. Ahora que está un poco sorda sufre mucho. Porque si se lanza, desafina a todo el coro. Así que guarda silencio y, por la noche, en su cuarto, le canta a la Virgen.

Antiguamente, la clausura era mucho más rígida que hoy. Por ejemplo, cuenta Sor Paula que, para ausentarse de un rezo en caso de apretón, había que pedir permiso a la madre superiora. Había que pedir permiso, en realidad, para cualquier cosa. Hasta para el nombre que una adquiere al entrar.

En aquellos años cincuenta, las monjas hablaban muy poco entre sí. Hoy lo hacen más, salvo en Adviento y en Cuaresma, cuando el tiempo de silencio lo cubre casi todo. El silencio, se imaginarán, aquí es muy importante. Díganselo a Sor Paula, que hasta tuvo que cambiar de zapatillas.

Sor Paula cuenta que su tiempo se acaba. Lo narra con una tranquilidad pasmosa. Algo brilla en sus ojos cuando se le pregunta por la vida eterna. Piensa mucho en ello. Cada noche trata de imaginar a Dios… y sus brazos abiertos. Pero, ¿qué es lo que ve exactamente? Un silencio… profundo.

A Sor Paula le puede la intriga. ¿Qué habrá detrás del último latido? ¿Qué pasará cuando cierre los ojos para siempre? Puesta en los zapatos de un periodista, le suplica a su padre confesor: "Quiero hablar con alguien que haya estado allí".

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