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OPINIÓN

Monólogo de Alsina: "Hizo bien Rivera en marcharse porque sabe que de un fracaso electoral como éste no se regresa"

Hizo bien Rivera en no prolongar su agonía y no aplazar más el obituario.

Carlos Alsina
  Madrid | 12/11/2019

Hizo bien Rivera en marcharse porque él sabe que de un fracaso electoral como éste no se regresa.

E hizo bien en resistir la tentación de quedarse a tutelar la transición porque eso habría convertido a quien haya de sucederle en un pelele. O pelela.

Pero no es verdad que Rivera haya sido la excepción en un país en el que nadie dimite. Es más bien al revés. Lo excepcional, lo anómalo, habría sido que Rivera se quedara. Ningún líder político que haya sufrido un descalabro electoral como el de Ciudadanos ha seguido al frente de su partido. Ninguno. De hecho, no hay muchos precedentes de un derrumbamiento tan aparatoso.

Almunia dimitió cuando el PSOE perdió un millón y medio de votos de los nueve y medio que tenía. Llamazares dimitió cuando dejó la Izquierda Unida de Anguita en las raspas. Rubalcaba renunció a la secretaría general cuando los socialistas perdieron la mitad de sus votos en unas elecciones europeas.

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El único que ha aguantado después de dejar sus votos en la sombra de lo que fueron es Pablo Iglesias, de los cinco millones de 2015 a los tres millones de hoy, pero en su caso la hemorragia ha sido en varias tomas y eso, hasta ahora, le ha salvado. Eso, y que en Podemos siempre encuentran la forma de que parezca que les ha ido bien porque sin ellos el PSOE no alcanzaría ni los 150 diputados.

Lo inusual no es dimitir cuando has hundido tu partido. Lo inusual es irse del todo. Abandonar la política y que no se te vuelva a ver el pelo por una institución pública, como ha anunciado Rivera. Y en eso también tenemos dos ejemplos recientes: Rubalcaba, que se volvió a la universidad, y Rajoy, que se volvió al registro de la propiedad cuando fue derribado en la moción de censura.

Rivera sigue los pasos de ambos pero con veinte años menos. Esta semana cumple cuarenta.

No es exactamente que Rivera se haya ido. Es más bien que los votantes, yéndose ellos, le han echado. La moción de censura que encajó en las urnas fue tan severa, tan demoledora, que no había más camino que el que le devuelve a su casa. Porque Rivera sabe que ha sido su planteamiento tacticista de la política, la sobreactuación de los últimos seis meses, el desconcierto que generó a su propio electorado, lo que explica el hundimiento. Mérito suyo fue el salto de Ciudadanos a la política nacional, los 32 escaños del año 15, la victoria en Cataluña en el año 17, los 57 diputados de abril, y demérito ha sido el desplome que lo ha dejado en sólo diez escaños arrollado por Vox y sin haber conseguido mover ni un milímetro de la Moncloa a quien acabó siendo su bestia negra: el antiguo socio de investidura, Pedro Sánchez.

Cómo de defraudados estarán en casa Sánchez con el fiasco del domingo que hasta José Luis Ábalos, que es un hombre cordial, pierde los nervios con la prensa. Y algo aún peor, pierde el sentido de la realidad. Ayer le preguntó Basteiro cómo interpreta que después de haber acusado a los demás partidos de ser responsables del bloqueo, el PSOE pierda setencientos mil votos y el PP y Vox los ganen.

La pregunta no es ésa. Extraña forma de responder a una pregunta pertinente: por qué han perdido ustedes 750.000 votos. Sólo en un estado de enajenación pasajera puede sostenerse que el Partido Socialista ha conseguido en estas elecciones frenar a la extrema derecha, como también dijo ayer el señor Ábalos.

Negar la realidad. Lo que pidió Sánchez a la sociedad española fue más apoyo para él porque así traería estabilidad al país y podría emanciparse del compadre Iglesias y de los independentistas que dan y quitan gobiernos. Eso era lo que esperaba de los votantes y eso es lo que los votantes no le han dado.

Lo de frenar a la extrema derecha vino después. Como argumento a la desesperada en una campaña que no funcionó como en Moncloa habían calculado. Votadme para que frene la ultraderecha, alerta antifascista. Setecientos mil votantes abandonaron a Sánchez y un millón de votantes nuevos han abrazado a Abascal. No serán los mismos, claro, pero esos son los números. Luego difícilmente puede presumir Sánchez, o Ábalos, de haber frenado a nadie porque ni tiene ellos más fuerza que antes ni tiene la extrema derecha menos fuerza de antes.

Y excusa de mal perdedor, o de mal ganador, es venir a reprocharle ahora a los medios de comunicación que hayan dado a Abascal el mismo trato que al resto de los líderes.

En algún momento habrá de asumir el equipo del presidente que la sociedad tiene memoria y que no puede uno andar retorciendo los argumentarios, y dándoles la vuelta, porque todo queda. Dos meses se ha pasado Sánchez presumiendo de haber dejado fuera a Pablo Iglesias y haber esquivado una alianza frankenstein que le habría servido para ser investido pero no para gobernar. ¿Cómo era aquello? No es la investidura, es la legislatura.

Ahora pretende encarar la legislatura con los 35 de Podemos (pagando el peaje de comerse a Iglesias con patatas), los siete del PNV, los diez de Ciudadanos (naranjas con morados en una misma operación, vuelta a las andadas) y los diputados sueltos que puedan aportan los regionalismos.

Tiene que ir haciendo ejercicios de garganta para todas las palabras que se va a tener que tragar. En Moncloa sólo esperan que el profeta Iglesias, menguado de nuevo, afloje en el precio y se de por satisfecho con poner de vicepresidenta a Irene Montero. Lo de julio, pero en noviembre y habiendo llevado a España otra vez a las urnas.

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