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EL MONÓLOGO DE ALSINA

Regalos inesperados para Rajoy

Les voy a decir una cosa.

Temían que hoy fuera el día del juicio final, y al final ha sido Navidad. Regalos inesperados para Rajoy. No sólo le han echado los reyes (Barroso, Olli Rehn Baltasar) dos años más para bajar el déficit público al 3%, como les había pedido -la nueva meta es 2016, si es que para entonces ha repetido Rajoy en el gobierno, claro-, sino que además le ha tocado un aguinaldo: dos décimas más de déficit autorizado para este 2013.

Carlos Alsina | @carlos__alsina  | Madrid  | Actualizado el 19/07/2018 a las 06:51 horas

Mariano Rajoy habla en Bruselas

Mariano Rajoy habla en Bruselas / EFE

El gobierno pedía un 6,3 (tan claro lo tenía que lo metió en el cuadro macroeconómico, así, para meter presión a sus colegas políticos de la comisión europea) y le han dado un 6,5. Mira tú qué bien, hay tiene dos décimas de propina para bajar impuestos a las pymes. Dado que el 2012 se cerró con un 6,9 de déficit y que para este año nos dejan llegar al 6,5, los deberes para este año quedan reducidos a limarle cuatro décimas a lo que ya tenemos. El déficit público, este dragón contra el que todos los jefes de gobierno europeos afilaron sus lanzas convencidos (o convenciéndonos) que era el gran enemigo de nuestra economía y que cuando antes acabáramos con él antes estaríamos de nuevo en pie para seguir creciendo, el déficit público deja de ser visto como un dragón para pasar a convertirse en un gato antipático con el que hemos de convivir.

Se pasó la urgencia de desinflar el déficit y equilibrar los ingresos y los gastos. Rajoy llegó al gobierno con el objetivo de bajar el déficit a 31 de diciembre de este año al 3% y ahora podrá tener hasta un 6,5 y presentarlo aquí (y que se lo reconozcan allí) como un éxito. Misión cumplida, que diría Bush desde la cubierta del portaviones. Aquella frase a la que tanto cariño le cogió el presidente español hace unos meses -no se puede gastar lo que uno no tiene- queda metida en el congelador porque hoy lo que toca es alegrarse de que podamos seguir gastando más de lo que tenemos sin que Bruselas nos saque la tarjeta roja.

Para cubrir las apariencias, Barroso y Rehn -esta pareja tan animosa- incluye en su hoja de ruta para España un par de pellizcos de monja por lo lentos que somos en la reforma de las pensiones, por la tardanza en subirle el IVA a algunos productos o por la falta de ganas que percibe en la reforma de las administraciones públicas, pero, tal como venía diciendo el gobierno -cuando se cumple su previsión habrá que reconocérselo- no nos impone grandes cosas nuevas.

No es verdad que hayamos cumplido con el objetivo de déficit de 2012 -que se nos fue casi al 7% y dejando fuera el dinero del rescate, esta suerte de déficit que no computa, pero que es-, pero como viene a coincidir el incumplimiento con la rectificación de políticas (no reconocida aún como tal) que se está fraguando en Bruselas desde hace meses, lo que la comisión entiende que le corresponde ahora no es ponerse puntillosa con las décimas sino hacerle ver a Alemania que ha llegado el momento de bajar del altar la famosa regla de oro. En diciembre de 2011 el Consejo Europeo alumbró como gran pacto la inclusión del déficit cero (o inferior al 3%) en las normas europeas de obligado cumplimiento y, a ser posible, en las constituciones nacionales. Un año y medio después, se retrasan y retrasan y retrasan las obligaciones de cuadrar las cuentas y se va abriendo la puerta a retomar aquellas otras políticas de inversión pública que se impulsaron al comienzo de la primera recesión, la de 2009.

Tiene razón Rajoy cuando dice, como hizo esta mañana, que hay un cambio de discurso en Europa, pero reescribe la historia interesadamente cuando da a entender que él siempre reclamó ese cambio de discurso (y de política) como si fuera el resto de Europa el que hubiera acabado rindiéndose a la fina persuasión de nuestro presidente. En realidad es él quien ha ido cambiando el discurso a la vez que lo iban haciendo otros gobiernos europeos (Italia, Francia) y la propia comisión del amigo Durao Barroso. El discurso, el diagnóstico, ha ido cambiando porque no han ido cumpliéndose los pronósticos de recuperación que se habían hecho antes. La realidad, en Europa, ha ido siendo peor de lo que calcularon estos mismos jefes de gobierno. La zona euro ha ido cayendo en recesión pese a haber aplicado (o “por haber aplicado”, que éste es el debate de fondo interesante) las recetas que en 2010 se acordaron entre todos. Ha ido virando el discurso de Olli Rehn, cierto, pero no menos de lo que ha virado el discurso del gobierno de España.

El mantra que tenía, cuando llegó al poder, era aquel de “la confianza”: todo dependía de la generación de confianza. En cuanto los inversores, y nuestros socios europeos, nos vieran como un país fiable y cumplidor, esto ya espabilaría. Luego llegó el estribillo del “no se puede gastar lo que uno no tiene”, que siempre fue una frase tramposa, porque en realidad casi todo el mundo, en algún momento, se gasta lo que no tiene, en eso consiste el crédito, que es uno de los motores de desarrollo más acreditados. El problema no es vivir a crédito, sino no ingresar después lo que esperabas para poder devolverlo.

Luego vino la fase de “la austeridad está bien, pero el crecimiento también”. Y ahora ya estamos en esta nueva que dice: “Si Europa es la única región del mundo que no remonta, algo estaremos haciendo mal”. Esto lo ha dicho Rajoy ayer y hoy. Ayer, para pedir que le dejen gastar dinero en bonificar a pymes pero sin que le cuente para el déficit (en lenguaje de Wert, inversión no evaluable para la reválida, me lo saca usted del balance) y hoy para insistir en que el Banco Europeo de Inversiones debería habilitar crédito para las pequeñas y medianas empresas, con el aval, se entiende, de los propios estados europeos, que son los dueños de ese banco. “Algo debemos de estar haciendo mal”. No es raro que Rajoy y Rubalcaba se hayan emplazado hoy para alcanzar una posición común ante el consejo europeo del mes que viene -de éste sí volveremos a decir que es una cumbre decisiva-, porque si arañas un poco en las demandas que ambos le vienen haciendo a Bruselas (y Alemania), hay mucho más ya en común que en desacuerdo. Aunque ambos exageren en los debates sus diferencias recurriendo a la caricatura (de Rajoy como lacayo de Merkel y de Rubalcaba como reedición de Zapatero), hace tiempo que dicen cosas parecidas: que el ritmo de ajuste que se diseñó en 2011 ha resultado inalcanzable (o incluso contraproducente) y que hay que encontrar dinero con el que estimular la economía y en el empleo (sea tirando del BEI o del fondo habilitado para el rescate bancario).

Rubalcaba, como ya no es gobierno ni tiene grandes esperanzas de volver a serlo, puede entonar con más facilidad el ¡qué error, qué inmenso error, se ha cometido en la Unión Europea! Rajoy, que sí gobierna y aspira a seguir haciéndolo, todo lo que dice por ahora es “algo estaremos haciendo mal”. En el resto de la zona euro pasa lo mismo: lo más que alcanzan a decir los dirigentes europeos, por ahora, es “la terapia que elegimos fue la correcta, pero necesita algunos elementos adicionales para dar fruto”. Sólo el tiempo dirá si, pasados los años, se verán estos tres años de todo por el déficit como un patinazo; si escucharemos a Merkel, a Barroso, a Sarkozy, decir “nos equivocamos”.