OPINIÓN

Monólogo de Alsina: "Los niños crecerán y valorarán su libertad más aún de lo que valoramos nosotros la nuestra"

Diario de la pandemia. Ocho de abril. Ya queda un día menos para dejar todo esto atrás.

- Felipe González, con Alsina: "Algunos hacen discursos cargados de ideología; y esos son los que criticaban los Pactos de la Moncloa"

Carlos Alsina

Madrid | 08.04.2020 08:24

· Miércoles santo. Sin procesiones. En China se quedaron sin celebrar el año nuevo. Recuerdo que lo contamos. Hace dos meses que hoy me parecen dos años. Dijimos: ‘es como si aquí nos quedásemos sin Nochebuena, no poder juntarnos las familias, imposible imaginarlo’. Cuántos viajes no pudieron hacer los chinos, cuántas familias no pudieron reunirse. Hoy es jornada de puertas abiertas en Wuhan. La primera de las muchas jornadas que vienen. Días de viajes, vi-sitas y reuniones pendientes. El mundo que se paró a finales de enero empieza hoy a ponerse de nuevo en marcha. Wuhan, ciudad abierta. O reabierta.

· Pasará aquí, ya iremos viendo cómo. Me quedé ayer con esto que nos contó, sobre China, Lucas de la Cal desde la ciudad en la que empezó todo.

Y pensé lo bien que sonará cuando podamos pronunciar esa misma frase sobre España: por primera vez no se ha producido ninguna nueva muerte.

· Está aún lejos el día, lo sé. El dato de ayer fue de repunte. Setecientos cuarenta y tres de nosotros han fallecido. Nos vamos haciendo todos especialistas en curvas. En mesetas. En altiplanos. Geómetras y geógrafos, confinados en casa. Ya sabemos explicar que los datos del fin de semana siempre son inferiores a lo que, en realidad, ha pasado. El martes parece que haya más porque había más el domingo y el lunes. ‘Que no cunda el desánimo’, nos decimos los geógrafos a los geómetras, aprovechando que somos los mismos. No cunda el desánimo porque la tendencia sigue siendo clara. Es un hecho que la epidemia crece menos. Que vamos parando el golpe. Aunque llevemos ya tantos golpes encajados que se nos vaya a hacer eterna la ladera que sigue a la meseta.

· Me escribió un boxeador, que es tocayo. Charlie. Antes era relaciones públicas de una editorial. ‘Antes’ es en la crisis de antes. Era autónomo, se quedó en el paro (sin paro), malvendió la casa y montó un gimnasio. ‘Mi pasión’, me dice, ‘el boxeo’. Madrugones, limpieza, atender las clases, pagar impuestos. Esta crisis de ahora le pilla encerrado él en casa y cerrado su gimnasio. Una amiga le preguntó qué iba a hacer ahora y él le contó la última pelea de Joe Frazier y Mohamed Ali. Cuando habiendo encajado los dos todos los golpes que se pueden encajar, Ali estaba a punto de tirar la toalla cuando fue Frazier el que renunció. ‘Eso es lo que tenemos que hacer’, escribe Charlie el boxeador, ‘levantarnos cada vez que suena la campana porque no sabemos cuántos asaltos, en realidad, nos que-dan por boxear’.

· He leído en El Confidencial la historia de Dolores, autónoma que, sin saberlo, es tan boxeadora como Mohamed Ali. Ha cerrado su cafetería, no tiene ingresos pero sí tiene gastos. La cuota, el alquiler, la luz. Ha ido al banco a mirar lo de las ayudas. No tiene deudas, pero tampoco tiene un colchón lleno de dinero. Le han pedido papeles. Y más papeles. Y más papeles. Le han dicho que es perfil de riesgo y que no saben si le van a poder prestar. Y lo peor: que ya hay más solicitudes que dinero disponible del que movilizó el gobierno. ‘Movilizar’ es un verbo que gusta mucho a los gobiernos. Aunque a Dolores, y a decenas de miles de autónomos como ella, lo que menos les preocupe ahora mismo es qué le gusta o le disgusta a quien gobierna. Boxeadores todos, Charlie, de encajar golpes. ‘Antes’, o sea, en la crisis de antes, y ahora. O sea, en la recesión que viene ahora.

· Temo que pronto nos haremos geómetras especialistas en casa pero en otras curvas. Las del número de empleos perdidos en todo el mundo, las del PIB de los países, las de la deuda. Toas las otras curvas que prevén la OIT, el FMI, la OCDE (venga siglas y venga organismos que casi nadie entiende) son tan pronunciadas como las de una epidemia y sin meseta ni altiplano a la vista.

· Nunca pensé que acabásemos dando por la radio un número de teléfono para localizar familiares fallecidos. Pero aquí está. Lo ha habilitado la comunidad de Madrid porque hay decenas de familias, hace semanas, metidas en el laberinto de gestiones con las funerarias y los seguros. Dónde están los restos mortales de un abuelo, de una madre, de un padre. 900 102 112. Nombre, número del DNI u hospital en el que se produjo el fallecimiento.

· Recuerdo que muchos años antes de morirse, mi abuela ya decía que estaba viviendo demasiado. Esa forma, tan de algunos viejos, de quitarle importancia al hecho biológico. ‘Yo ya estoy de sobra, ya viví todo lo que me correspondía’. Siempre pensé que era una forma de conjurar la desazón de saberse mortal cuando las personas que crecieron contigo, los hermanos, los amigos, los vecinos, ya se han ido.

· Los padres de Antonio, que tienen noventa años, nunca le han tenido miedo a la muerte. Llevan tiempo diciendo que ellos están en el tiempo de propina. Y los hijos, que son cuatro, han aprendido a hacer bromas con el tema. La madre de Antonio tenía una competición socarrona con una amiga suya, siempre a vueltas con cuál de las dos duraría más es este mundo. (Ese humor, tan de algunos viejos, y tan negro, sobre quien sobrevivirá al otro). Hace unos días la madre supo que la amiga había fallecido por el coronavirus. Había fallecido sola, como tantos otros estos días. Y Antonio cree que ahora sus padres sí le han cogido miedo, no a la muerte, sino a esta muerte en soledad con la que no contaron nunca.

· Sigo sin entender lo de las mascarillas. Si sirven o no sirven. Si nos van a recomendar que nos las pongamos todos o nos van obligar a no salir de casa sin ellas. Le oigo al gobierno decir que no hay que especular con las medidas que se irán tomando. Y pienso que la lucha contra la especulación es como la caridad cristiana, empieza por uno mismo. Si no sirven, por qué se la puso el rey; por qué se la puso el presidente en su visita con discurso incluido a una fábrica de Móstoles. Las visitas del presidente son servicio esencial, aunque no las recoja el decreto de confinamiento hibernado retribuible.

· Podemos quiere combatir con ahínco los bulos que se publican. Y pienso que la lucha contra los bulos es como la caridad cristiana. Eso es: empieza por uno mismo.

· Confieso que a veces no entiendo una palabra de lo que dice la ministra Mon-tero. No la de Igualdad, que a veces tampoco. Sino la de Hacienda, que es portavoz del gobierno. Y que ayer dijo que todos tenemos en la cabeza una cosa y por más que lo he escuchado no entiendo de qué cosa se trata.

No sé qué es la cromacidad que adquiere esta necesidad; siento un vacío en mi cabeza.

· Leo a Miguel Ángel Aguilar, puro escepticismo irónico lúcido, comentar lo de los pactos de la Moncloa: ‘Todos recitan lo de la mano tendida pero no se dan ni el codo’, escribe.

· A la ministra, pura exhuberancia verbal, le escucho predicar las bondades de sumar a todos a un pacto...

...mientras tengo delante un tuit de Adriana Lastra que dice: ‘Vox toca el sil-bato y la derechita cobarde baila’. Extraña forma de engrasar los pactos es ésta, me digo, desentrenado. Y también, que Adriana ya habla como Abascal. ‘La derechita cobarde’. Oorte del re Montero o Lastra sobran en la cy Pedro. Salvo que juegue el rey a predicar el pacto y practicar la gresca, en cuyo caso no es monarca sino barón. El barón Ashler. Referencia viejuna, ya me lo digo yo antes de que me lo diga Adriana.

· En el diario de Ignacio Escolar veo ampliamente el informe de recogido la universidad Johns Hopkins sobre la agilidad y la dureza de las restricciones aprobadas por los distintos gobiernos. Me temo que el informe desmiente lo que repite cada día el nuestro. Ni fuimos los más rápidos ni hemos sido los más estrictos. La única medida que sólo hemos tomado Italia y nosotros es la suspensión de toda actividad no esencial. La medida que el próximo lunes se levanta. Pero es que España e Italia somos los países con la mayor proporción de fallecidos en proporción a nuestra población. Si hemos llegado a la restricción máxima es porque somos las dos naciones en las que la epidemia más llegó a descontrolarse. Es un respiro poder hablar en pasado.

· Me gustaría ver el balcón de Elena, que escribe desde Banyeres de Mariola, en Alicante. Es un balcón adornado con una imagen de San Jorge, ramas de laurel y de olivo y un arcoiris que le ha pintado su sobrina. Banyeres tiene siete mil habitantes y es el pueblo más alto de la provincia. Elena sigue trabajando estos días porque su fábrica es servicio esencial. Fabrican la materia prima con la que se hace el hilo de las fregonas. Al leerlo pienso dos cosas: lo importante, y poco conocido, que es la industria de la hilatura, y lo importante, y poco valorado, que está siendo pasar la fregona por tantos edificios y tantas casas estos días.

Pero Elena lo que quiere contarme es que en Banyeres de Mariola son muy de celebrar moros y cristianos. El San Jorge en los balcones siempre lo cuelgan el domingo de gloria, pero este año lleva el santo colgado desde el 15 de marzo. Más vale que sobre que no que falte. Cuando regresa cada día a casa del trabajo, ocho menos cuarto de la tarde, Elena sale a su balcón, con el San Jorge y los ramos de olivo y el arcoiris, y pone a todo trapo el Faccciamo. Los vecinos, que son buena gente, lo celebran con aplausos. Y yo me imagino a Elena subida al balcón más alto del pueblo más alto de la provincia de Alicante como si fuera Rodrigo de Triana en el palo mayor de la Pinta avisándonos a todos de que ya se avista tierra. La tierra prometida de un país sin coronavirus. Y con San Jorge sumándose a la fiesta.

· Gracias a Marco, que vive en Vigo, he aprendido qué es una potera. Quien pesque calamares ya lo sabe. La potera es un aparejo de plomo que en el extremo lleva unos ganchos afiliados. (Me ha interesado tanto que hasta me he visto un tutorial por si algún día me animo). Marco no es que pesque calamar, es que tiene una vecina. La de arriba, doña Pilar. Está jubilada y es encantadora. La conocieron un día que en casa de Marco empezó a llover agua del techo y tuvieron que ir a llamar arriba por si se había desbordado una bañera o algo. Desde entonces han tenido trato. Seco, digamos, o sea, sin goteras, pero afectuoso. El otro día, ocho de la tarde, cada familia en su ventana, terminados los aplausos Marco vio cómo descendía de la ventana de arriba una bolsa blanca enganchada a un cordel con una potera. Bolsa no identificada aproximándose en descenso a casa. Y una voz de vecina jubilada que gritaba: ‘son croquetas de pescado, a ver si os gustan’. Sí que les gustaron, sí, doña Pilar. Concluyo que Marco y su familia son privilegiados, porque el edificio tiene ciento sesenta viviendas pero Pilar con su cordel y su potera sólo puede hacer llegar víveres a la suya, salvo que aprenda a hacer movimiento pendular para cubrir las ventanas de todas las casas de su fachada.

· Pienso en otra Pilar, Cernuda, y me digo: qué ingeniosos son los de Vigo. Y qué cariñosos, al menos los que yo conozco. Y al pensar en gallegos me sale decir en voz alta Fernando Ónega. Pero no lo digo para no despistar aún más a Elsa. Que tiene 35 años y es oyente atribulada. A Elsa lo que le pasa es que tenía organizada su vida en base a Ónegas. O sea, que saltaba de la cama con el Ónega de las siete y veinte; salía de casa al terminar el Ónega de las ocho y media; y se iba a dormir con el Ónega de La Brújula. Pero ahora, qué enorme confusión, todo ha cambiado. Porque ya no madruga, se despierta a las ocho, se acuesta tarde y los ónegas le quedan en medio. Vive confusa. Oye la carta de La Brújula y no sabe si irse a trabajar o quedar en vela hasta que llegue el de las siete y veinte para acostarse. Y yo la entiendo, porque Ónega ha generado en la audiencia reacciones paulov. Le oyes decir buenos días y te sale encender la cafetera, cosas así. Me recuerda a lo del hijo de Pérez Ledo, el guionista. Que ahora cada vez que alguien abre una ventana se lanza a aplaudir. Quince meses tiene el chiquillo. Abres a cualquier hora del día para airear la casa, ¡ovación de bebé confinado! Es una imagen entrañable, pero a ver ahora cómo le quitas el hábito. Si con treinta años sigue aplaudiendo va a parecer raro.

· Aún va a ser peor lo de esta cría que ha puesto bajo sospecha al padre delante de todo el vecindario si la cuarentena se prolonga y nadie consigue hacerle entender que no es cosa de papá, sino del estado de alarma. O sea, que está confinada, no secuestrada.

Hombre, si se prolonga mucho mucho el estado de alarma, crecerá la niña, madurará, entenderá la situación en la que estamos y dejará de pedir socorro a sus vecinos. No consta que ninguno de ellos haya

· Anoto este reproche que me hacen llegar Nicolás y Germán. Para ellos el Facciamo no es un himno. Es un toque de diana.

· Temo que esta generación de personas bajitas que hoy canturrean el Facciamo inventándole letras y cambiándole notas recordarán cuando sean mayores este tema como los niños de los setenta recordamos ‘Si yo tuviera una escoba’, una canción que nos sabíamos aunque entendiéramos lo que decía.

Tú toma que toma que toma. Ya hemos dado barra libre y aquí cada uno canta lo que quiere. Atención a la pericia de este joven que viene ahora, cómo coloca su firma antes de terminar de cantar para que nadie se la borre.

Hola Aris de cinco años. Qué bien te vendes, amigo. Crecerán todas estas personas, disfrutarán de vidas prósperas, saludables, a salvo de pandemias, de virus y de confinamientos. No pararán en casa, escarmentadas de tantos días de encierro asfixiante.

Valorarán su libertad más aún de lo que valoramos la nuestra nosotros y cuidarán de sus mayores, que seremos todos, con tanto mimo como las enfermeras cuidan hoy de los abuelos en los hospitales. Y de vez en cuando harán memoria y se recordarán a sí mismos cantando en italiano. El himno que sonaba a esta hora de la mañana en aquel programa que sintonizaban sus padres. Facciamo, finta, che.

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