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OPINIÓN

Monólogo de Alsina: "Mariano se lo debía"

Aquí el único que tiene claro su futuro es José Manuel Soria. Su cargo en el Banco Mundial dura dos años. Que es cuatro veces más de lo que viene durando una legislatura en España. A golpe de investiduras fracasadas.

Carlos Alsina |  Madrid |  Actualizado el 17/08/2018 a las 11:59 horas

El primero de noviembre, si nada se le tuerce, ocupará –de común acuerdo con Rajoy-- su nuevo destino. Si nada se le tuerce, porque hoy recuerda La Razón que el Banco Mundial tiene un código ético que exige que sus directivos estén libres de cualquier sombra sobre sus negocios y lo hagan público todo, aunque esta circunstancia le pareciera irrelevante a la famosa comisión de evaluación que examinó su candidatura.

No cante victoria aún el ex ministro, viene a decir el diario. Cabe añadir que tampoco la cante el presidente del Gobierno en funciones, que es quien dio luz verde a la candidatura de su amigo una vez descarriló la carrera política de éste precisamente cuando más boyante parecía y alcanzada por la tormenta panameña. Puede que, al final, nada salga como ellos pensaron que iba a salir.

Soria dimitió en abril. Poco después le echó el ojo a este puesto que el Gobierno debía cubrir a la vuelta del verano y se lo hizo saber a Rajoy, antes de las segundas elecciones. Nunca calculó el presidente que el plazo máximo para anunciar que el elegido era Soria coincidiría con una sesión de investidura, la suya, y además fallida. Y si lo calculó, oiga, se fumó un puro.

Es elocuente la forma en que ha respondido Rajoy, en la China, a las preguntas de los periodistas sobre el expediente Soria. Tirando de hipérbole se ha preguntado si es que acaso hay que echar de España al ex ministro. Llevar las cosas al absurdo es un truco al que Rajoy recurre con frecuencia para intentar quitarle hierro a las controversias que le incomodan. No, no hay por qué echar de España a nadie. Sólo hay que asumir, con gallardía, que se ha concedido al amigo caído un buen puesto para compensarle por haber entregado generosamente su cabeza. Esto que decían algunos dirigentes del PP el sábado, fuera de micrófono: "Mariano se lo debía".

Habría sido más valiente admitir que es la forma en que el presidente entiende la gratitud que embarcarse en este intento de presentar el asunto como un mero procedimiento administrativo en el que el gobierno al que Soria perteneció ni pincha ni corta. Hay un puesto vacante, se abre concurso de méritos, todo técnico comercial que lo desee puede presentar su candidatura, se examinan los currículums y oye, gana José Manuel Soria porque no hay otro mejor que él.

Haber sido ministro puntúa alto entre los candidatos. Y ésta es seguramente la avería principal del procedimiento de elección: que se da por hecho que el funcionario, técnico comercial, que ha llegado a ministro es porque ha demostrado una aptitud y conocimiento superior a las de sus competidores. Independientemente de qué tal ministro haya sido y, sobre todo, por qué dejó de serlo. Exige creer que al ministerio, en España, se llega por méritos profesionales sobradamente acreditados, y eso me temo que es exigir demasiado a cualquiera que tenga memoria.

Con Rajoy, en la China, el nuevo eslogan del PSOE dice: "O Sánchez o nuevas elecciones".

Óscar López fue el encargado de estrenarlo anoche en LaSexta. Éste es el estribillo que escucharemos a partir de ahora.

A partir de hoy hablar con todos los partidos (cuando el PSOE dice "todos" quiere decir todos menos el PP) para hacer posible un gobierno de cambio (cuando el PSOE dice "gobierno de cambio" quiere decir tener de presidente a Sánchez, nunca ha aceptado ningún otro posible presidente).

Sánchez se hace un remake de sí mismo, vuelve a sacar del armario los platillos chinos y se sube al escenario a ponerlos a girar todos a un tiempo. Si el salmo anterior era "la mayoría del Parlamento es conservadora", el nuevo dice "somos mayoría las fuerzas del cambio". Que parezca que es posible un pacto de todos los que son el PP para que gobierne él. Que lo parezca, que es la forma de tener un proceso en marcha que le blinde de cualquier intento interno de doblarle la mano, rebatirle o descabalgarle.