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MÁS DE UNO

El monólogo de Alsina: "Junqueras, Rull, Turull, Sánchez y Romeva entrarán en la casa cuya función intentaron suplantar y vaciar"

Se acabó ‘Juego de tronos’ y la vida sigue. Tranquilo, que no le voy a destripar nada. El último capítulo de la saga termina como se esperaba, con los títulos de crédito.

Carlos Alsina
  Madrid | 20/05/2019

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La vida sigue para Pablo Iglesias, el mayor publicista de la producción estadounidense que ha conocido España. Quién sabe si no le resultará embarazoso, al Iglesias que aspira a perdurar y trascender, haber elevado a la categoría de ciencia política el culebrón de reyes, traiciones, bastardos, enanos, zombies, salvajes y dragones. Ni una vez se vio en las ocho temporadas a gente votando. El poder absoluto, sin pueblo soberano. Siete reinos predemocráticos. Ésta es la serie que Iglesias le regaló a Felipe de Borbón como si fuera la palabra revelada.

Se acabó el juego y la vida sigue. Siempre puede usted hablar esta mañana de Eurovisión, que es un tema sencillo. Envíe lo que envíe Televisión Española nunca se come un rosco. Da igual el género, el intérprete y la campaña de promoción que se le haga. Cuando llega la votación, el de España se siente como Gaspar Llamazares: se presente como se presente, nunca gana. Es como si existiera un desfase temporal en la canción española. El año que gana una balada, España envía un temita ligero. El año que gana una canción verbenera, España envía un tema intimista. El año que gana un cantante extravagante, España a unos jóvenes caramelizados. El año que gana un joven caramelizado, España ha enviado una verbena. Hay como un desajuste, ¿lo ve?, como si fuéramos un año por detrás. El concursante de 2019 era el de 2018. Y ya no hay manera de ponerse al día. Siempre iremos un año por detrás y siempre perderemos. Hasta Franco habrá salido del Valle de los Caídos antes de que vuelva a repetirse el La, la, la. Eurovisión, como Franco, es lo único que se le resiste a Pedro Sánchez. El presidente Madonna. Incluso cuando desafina le sale la actuación rentable.

Los Episodios Nacionales, mayo de 2019. Hoy empieza a escribirse una página insólita de nuestra historia.

Cinco parlamentarios de las nuevas Cortes españolas presentarán sus papeles vigilados por la policía por si intentaran fugarse. Llegarán al Congreso y el Senado en un furgón y, cuando acaben el trámite, regresarán en el mismo furgón a la cárcel. Un millón y medio de españoles, residentes todos en Cataluña, escogieron las papeletas que llevaban candidatos no ya imputados por haber cometido —presuntamente— delitos muy graves, sino procesados y en fase de juicio. A los votantes no sólo no les disuadió que sus representantes fueran presuntos delincuentes, sino que es el hecho de serlo lo que provocó que encabezaran las candidaturas: sacando pecho por haber promovido el proceso político que intentó consumar la autodeterminación en Cataluña despojando al resto de los españoles (y al Congreso de los Diputados que los representa) de su derecho a decidir sobre dónde empieza y dónde termina España.

Episodios Nacionales, mayo de 2019. Oriol Junqueras, Josep Rull, Jordi Turull, Jordi Sánchez, Raúl Romeva, recogerán los papeles que les acreditan como parlamentarios electos. Entrarán en la casa cuya función intentaron suplantar. Entrarán en la casa que intentaron vaciar.

Cuatro diputados y un senador que, según la ley, han de defender —como el resto de sus señorías— el interés general de los españoles. Pero que, en rigor, han dedicado (y dedicarán) todos sus esfuerzos a anular a la mayoría de esos españoles en las decisiones sobre Cataluña. Cuatro diputados y un senador que pretenden que España deje de ser España. Es verdad que en eso no se diferencian de los demás diputados independentistas que, en estos cuarenta años, han formado parte del Congreso. Nunca ha aspirado Rufián a defender el interés general de los españoles. Nunca lo hizo Tardá, ni la señora Nogueras, ni Carles Campuzano. Y no lo hará Laura Borrás, nueva estrella de la constelación puigdemónica a la que Torra ya le ha encargado que ponga a prueba a Meritxell Batet hablando todo el tiempo en catalán: buscando el incidente parlamentario, el barro, mientras predica la fraternidad, el entendimiento y la concordia.

La diferencia entre los cinco parlamentarios que llegarán en el furgón y sus compañeros de bancada independentista es que los primeros ya intentaron consumar la anulación de las Cortes y de la soberanía nacional que éstas encarnan. Lo intentaron, no lo lograron y ahora entran en ellas. ¿Para qué? Para aprovechar, en lo que puedan, las ventajas de convertirse en diputado. Para exhibirse con la piqueta en la mano desde dentro. La lista electoral fue para ellos una provocación, una peineta al Estado, una treta. De nuevo, la utilización arbitraria, viciada, oportunista, de la democracia representativa. La política instrumental. El interés real de Oriol Junqueras por ser legislador en Madrid es ninguno. El interés de los demás es exactamente el mismo.

Episodios Nacionales, mayo de 2019. El juicio en el Tribunal Supremo se para hoy y mañana para que los procesados puedan hacer de diputados electos. Se sentará cada uno mañana en su sillón del Hemiciclo, con su iPad y su iPhone a cargo del Presupuesto del Estado opresor, y votarán en igualdad de condiciones con el resto la presidencia de la Cámara y los integrantes de la mesa. Y luego jurarán, o prometerán, acatar la Constitución. Mentirán, porque su objetivo declarado sigue siendo anularla. Nunca apostaron, ni Junqueras, ni Turull, ni Jordi Sánchez, por encauzar su aspiración de independencia para Cataluña por la única vía constitucional: la de la reforma previa para hacer posible la autodeterminación de un territorio. Nunca quisieron cumplir la Constitución en ese aspecto y siguen sin querer cumplirla. La acatarán mañana con la misma sinceridad que la acató Puigdemont. Con la misma sinceridad que la acató Torra. Exhibiendo el fraude del juramento.

Episodios Nacionales, mayo de 2019. Sostiene Pablo Iglesias que hay un gran debate en los medios a cuenta de Amancio Ortega. Porque a Pablo le parece fatal que un rico haga donaciones al Estado (él lo llama limosna porque suena peor, como caridad suena peor que solidaridad, por eso un líder revolucionario como él siempre se describirá a sí mismo como solidario pero nunca como caritativo). A Pablo le gusta identificar al rico que dona al Estado con el rico que no paga suficientes impuestos. Siempre acaba en la misma falacia: el que dona es porque no tributa lo que debe. Bueno, siempre acaba en esta falacia cuando se trata de Amancio Ortega y la sanidad pública. Si Roures pone sus instalaciones de Barcelona a disposición del gobierno independentista para hacer el escrutinio de un referéndum ilícito no hay reproche. Hay donaciones y donaciones. Tecnología contra el cáncer, mal; tecnología para el primero de octubre, estupendo.

 

Pablo opina que el Estado no debe aceptar donaciones de sus contribuyentes. Para Pablo el dinero que las ricos dan al Estado está bien sólo si lo dan obligados. Que lo den le resulta tan imposible de entender que él lo sataniza. Uno puede cumplir con sus obligaciones fiscales y, además, querer contribuir con algo más. Cualquier ciudadano puede donar dinero al Estado si le apetece. No está prohibido contribuir más de lo estrictamente obligado. El mismo Pablo, si quiere, puede —una vez pagados sus impuestos— hacer una contribución especial para que los hospitales tengan mejores medios. De hecho, ésta podría ser la pregunta más interesante: no cuánto dona Amancio Ortega, sino cuánto dona Pablo Iglesias.

En Podemos todos los cargos (Pablo e Irene por ejemplo) tienen un tope de tres salarios mínimos (2.700 euros desde la subida). El resto lo tienen que donar al partido. Pregunta: por qué en lugar de al partido no se lo donan al Estado para contribuir, así, a mejorar los servicios públicos. Tributas lo que te corresponde y además, fruto de tu compromiso con lo público, donas lo que te sobra. Al Estado. No al partido.