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EL MONÓLOGO DE ALSINA

Europa llora la partida de Mario más de lo que lloró la de Marco

Les voy a decir una cosa.

Como si fuera la Princesa Peach temiendo no ser salvada nunca, Europa suspira por la  próxima partida de su audaz y valeroso Mario. El superMario de esta partida europea ha resultado ser Monti y no Draghi. ¡No te vayas, Mario, no te vayas!, le suplican los demás jefes de gobierno. ¡Resiste, Mario, resiste!, le grita Ángela.

Carlos Alsina | Madrid | Actualizado el 19/07/2018 a las 09:22 horas

El presidente del Gobierno italiano, Mario Monti

El presidente del Gobierno italiano, Mario Monti / EFE | Archivo

Europa llora la partida de Mario más de lo que lloró la de Marco, “De los Apeninos a los Andes” (no te vayas mamá, no te alejes de mí). Incluso Rajoy, Mariano, que empezó con mal pie su relación con el italiano y que siempre que podía le restregaba aquello de “tú no has pasado por las urnas” llora ahora por los rincones de la Moncloa el amago de abandono de superMarioMonti, el tecnócrata. Que se va porque vuelve el otro, el inextinguible Silvio Berlusconi recién licenciado del museo de cera en el que ha habitado este último año. Berlusconi quiere desquite y quiere fuero, estatus de diputado y, a ser posible, primer ministro que le permita alejar, aplazar o abortar los sumarios en los que aparece citado.

Lo que impide a Monti seguir gobernando no es que Berlusconi pretenda ser de nuevo primer ministro de Italia, sino que su partido, que es el mayoritario en la cámara, le haya quitado el suelo sobre el que Monti pisaba: sin respaldo parlamentario un primer ministro no es nada. Hoy mismo podría votarse su destitución y estaría políticamente liquidado. Y el temor que tienen los demás gobiernos europeos no es que Berlusconi se presente, sino que gane. Hoy, que Europa entera sufre por Monti, que la prima de riesgo italiana se dispara y que España se duele del efecto contagio que encarece de nuevo nuestra financiación y reverdece el debate sobre cuándo pediremos el rescate (el pack completo), hoy que Monti aparece como la estabilidad que necesita Italia, cabe preguntarse dónde están aquellos que se escandalizaron por su llegada a la jefatura del gobierno, hace un año; donde están que no celebran la caída del tecnócrata, la inminencia de las nuevas elecciones y el regreso de la política profesional, de partidos y opciones ideológicas, la que sí se somete al escrutinio del votante, la que sí ha pasado por las urnas.

Es decir, y por ejemplo, Berlusconi. ¡Vade retro, Berlusconi! Cómo va a querer nadie el regreso de este ciudadano enamorado de sí mismo, que mezcla la política con sus negocios, que promueve cambios legales para protegerse a sí mismo, que usa el escaño como escudo y el Consejo de Ministros como búnker, este Berlusconi viejo verde, contador de chistes crueles, que no le gusta a nadie. Salvo a los millones de italianos que, según él, para perplejidad del resto del país, y de Europa, están dispuestos, otra vez, a votarle. Cómo ha cambiado el cuento de los tecnócratas.

Hace un año abundaron en los medios de comunicación los lamentos por aquello que se llamó el déficit democrático. Habían llegado a jefes de gobierno en Grecia y en Italia dos señores que habían desempeñado cargos políticos, aunque sin haber hecho carrera en partido alguno. Papademos, el griego, había sido gobernador del banco central (cargo político). Monti, el italiano, había sido comisario europeo (cargo político). Pero ninguno de los dos había militado en un partido, ninguno se había presentado a las elecciones en una lista, ninguno había sentido nunca la vocación de representar a sus compatriotas en el Parlamento de la Nación, en un escaño. De su biografía se destacó, sobre todo, que eran técnicos (léase economistas) y que habían trabajado para Goldman Sachs, ojo a Goldman Sachs, que se estaba haciendo con los gobiernos del mundo a base de colocar a su gente en los consejos de ministros. Ciertamente se destacó menos la peripecia que había llevado a dos economistas, técnicos y con experiencia en cargos políticos, a la jefatura del gobierno de sus países respectivos, y que en ambos casos obedecía a circunstancias casi idénticas: el descrédito del jefe de gobierno saliente (Papandreu en Grecia, perdido el apoyo de su partido, y Berlusconi en Italia, perdido el respeto de casi todo el mundo) y la incapacidad de los partidos mayoritarios para pactar un gobierno en coalición que presidiera uno de los suyos.

Ni la derecha y la izquierda griega estaban dispuestas a apoyar un primer ministro del partido de enfrente, ni la derecha y la izquierda italiana estaban dispuestas a hacer primer ministro a un dirigente del partido de enfrente. Fue en ese contexto en el que emergieron los técnicos, los tecnócratas, profesionales con buen cartel en lo suyo (la gestión, las finanzas, los mercados) y susceptibles de ser aceptados tanto por la derecha como por la izquierda en el Parlamento. Que éste fue, al final, el elemento clave que tantos análisis de entonces se empeñaron en pasar por alto: tanto en Grecia como en Italia (como aquí) quien elige primer ministro es el Parlamento. Y quien le aprueba o le rechaza los proyectos legislativos (y los presupuestos) al primer ministro es el Parlamento. Cuyos integrantes, a diferencia de los tecnócratas reclamados para reconducir la nave, sí han pasado por las urnas y sí responden, ante sus electores.

Papademos gobernó un rato en Grecia, seis meses, se convocaron elecciones (se volvieron a convocar) y salió un gobierno de coalición encabezado por Samaras. Monti ha gobernado Italia casi un año y en su cabeza estaba seguir haciéndolo al menos hasta las elecciones de abril, solo que su continuidad siempre estuvo sujeta a mantener el favor de los grupos parlamentarios. Ésta fue, desde el comienzo, la debilidad política del tecnócrata, no contar con un grupo parlamentario mayoritario y propio. Su debilidad -su interinidad- era, de hecho, la razón primera de que hubiera llegado a primer ministro: si le apoyaron grupos parlamentarios diversos es porque no pertenecía a ninguno de ellos.

En el fondo, Monti ha durado mientras Berlusconi lo ha permitido, porque el grupo mayoritario siempre ha sido suyo. El plan de Monti era llegar hasta las elecciones de abril, esperar a que el nuevo Parlamento quedara constituido y ofrecerse después a repetir esta jugada que a la sociedad italiana, y a juzgar por las encuestas, no le parece que haya sido mala, es decir, seguir de primer ministro de consenso previa votación en la Cámara. Ahora ese plan salta por los aires porque Berlusconi deja caer a Monti y fuerza el adelanto electoral. Y como ocurre cada vez que un país concurre a unas elecciones generales, se abre la incertidumbre. Que se habría abierto igualmente en abril, pero que ahora es más incertidumbre todavía porque Berlusconi quiere ser, de nuevo, candidato. Es decir, que la hipótesis de que, pasadas las elecciones, siga gobernando Monti se complica. Y la hipótesis de que se presente a las elecciones es aún más complicada porque no tiene partido.

Para el político profesional, en todo caso, para el político de partido, el drama debe de ser que la opinión pública eche de menos al tecnócrata aquel sin aparato y sin siglas que gestionó el país mejor que quienes reciben de manera directa la confianza de los votantes en las urnas. Qué tremendo si los tecnócratas interpretan la voluntad popular con más fidelidad, y mejor criterio, que los políticos.