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EL MONÓLOGO DE ALSINA

Día de limpiar, de ordenar y de pesarse

Les voy a decir una cosa.

Epílogo. Este año las navidades han tenido epílogo: este siete de enero, la propina, que ha sido fiesta en casi toda España y que muchas familias habréis dedicado a poner en orden la casa y deshaceros del cartón.

Carlos Alsina | Madrid | Actualizado el 19/07/2018 a las 08:59 horas

La temida báscula

La temida báscula / Agencias

Esto los Reyes Magos aún no lo tienen bien resuelto; los regalos están muy bien, pero tanto cartón por todas partes abruma. El cartón, al parecer, lo inventaron los chinos. No los chinos de las tiendas de los chinos, sino los chinos del año mil quinientos, cuando aquí estábamos descubriendo la enormidad de lo que había descubierto Colón, o sea, América. Pero la caja de cartón tuvo como padre a un emigrante escocés en Nueva York, Robert Gair, hijo de un fontanero, que empezó -medidados del XIX- fabricando bolsas de papel y acabó descubriendo por casualidad que la caja de cartón era el futuro, tan barata, tan ligera y tan fácil de imprimir en ella letras e imágenes. Previó que las cajas de cartón servirían para envasar alimentos no perecederos y acabaron llamando a su puerta los productores de cereales para hacer juntos este clásico del desayuno que popularizó la Kelllogs.

De no haber existido el señor Gair es posible que hoy el embalaje en cartón no existiera, lo cual complicaría mucho la vida a las agencias de transporte, a los Reyes Magos y a los clientes de Ikea. Y de no haber existido el señor Gair, nuestros hogares, al terminar las navidades, no parecerían una cartonería y los contenedores azules que hoy aparecen desbordados probablemente ni existirían. Pero nuestra vida, en todos los sentidos, sería mucho más pesada.

Hoy es un buen día para acordarnos del inventor de la caja de cartón y es también un buen día para acordarnos de la madre y del padre del inventor de la báscula. Tal vez eres uno de los millones de españoles que hoy decidieron darse un susto a sí mismos subiéndose a la báscula para exclamar horrorizados: ¡Madre mía, pero quién se me ha metido dentro! El siete de enero, fin de fiesta, es el día apropiado para leer el libro de las lamentaciones con examen de conciencia incluido y con dolor de los pecados ingeridos. Pero qué he hecho, Dios mío, qué he hecho? ¿Qué has hecho? Lo que todas las navidades, ponerte hasta arriba de dulce. Vuelves a la rutina con sobrepeso y encima ni has dejado de fumar ni sabes una palabra de inglés.

Hoy puedes engañarte a ti mismo atribuyendo este fenómeno que sufres a la acumulación de productos químicos en la atmósfera. ¿Mande? Sí, no es el roscón de crema, sino los componentes químicos de la atmósfera. Llama a la universidad de Newcastle y pregunta por el profesor Cumpson. Bueno, búscate un intérprete, porque aún no has aprendido inglés, pregunta por Cumpson y que te explique lo del kilogramo que ahora pesa más de un kilogramo. ¿Lo del qué? El kilogramo es una unidad de medida, ¿de acuerdo?, y su patrón es un objeto concreto que se estableció como tal referencia cuando en Francia estaban con la Revolución Francesa. Qué me dices. Pues que la vida seguía entre guillotinas y sans culottes. Se estableció que el patrón del kilogramo era un objeto cilíndrico hecho con platino e iridio que se guarda en la oficina de pesas y medidas de Francia.

Años después se fabricaron copias exactas para enviarlas a los laboratorios de Física de distintos países. Y aquí donde aparece el misterio para el que el profesor Cumpson busca una explicación: el peso de las copias y del patrón original hoy ya no coincide. La copia que se guarda en Londres, por ejemplo, tiene ahora cien microgramos de más. O ha engordado la copia o ha adelgazado el original. El científico se inclina por lo primero. Sostiene que son los componentes nuevos que existen en la atmósfera fruto de las actividades humanas, o industriales, que existen alrededor de los laboratorios los que se adhieren a los objetos y modifican su peso. Dices: muy interesante, ¿y toda la vida de este hombre consiste en andar midiendo microgramos? En realidad, no.

El profesor Cumpson lo que hace es dirigir el departamento de mecánica e ingeniería de la universidad y manejar un nuevo Espectroscopio ultradesarrollado que sirve para examinar la superficie de los objetos y determinar exactamente qué hay allí, qué forma parte del objeto como tal y qué se le ha adherido, que lleva pegado que no es suyo y que puede limpiarse. Cuando le preguntan qué utilidad práctica puede tener eso -ésta es la eterna pregunta que se les hace a los científicos, ¿verdad?, pero ¿eso para qué sirve?- responde con dos ejemplos: materiales que queremos pegar pero que se acaban desprendiendo (porque no conocemos en profundidad lo que tiene la superficie -piensa en la industria aeronáutica, por ejemplo, lo útil que sería mejorar las adherencias entre materiales--) y sustancias que se adhieren a superficies de objetos que deberían permanecer vírgenes, a saber: todos los instrumentos que se emplean en los hospitales.

Lo que parece una cuestión anecdótica, sólo relevante para los muy iniciados -esto del kilogramo estándar que ha engordado- responde, en realidad, al objetivo de saber más, conocer mejor qué existe en la superficie de los objetos, para poder aplicar ese conocimiento a materias que sí son cosa de todos, como la seguridad, la higiene y la salud.  Aunque el día que esas aplicaciones prácticas estén a la orden del día -formen parte de nuestros hábitos cotidianos- seguramente nadie se acordará del profesor Cumpson, como nadie se acuerda de Robert Gair cuando pliega la caja de cartón.

En este día de limpiar, de ordenar y de pesarse –día epilogo- termina el espíritu navideño y volvemos a la rutina. La rutina de un país metido en el hoyo económico que no termina de tocar fondo y en el que los colectivos que protestan reiteradamente en la calle cada vez son más y más diversos. A la protesta que, en Madrid, mantienen los médicos y sanitarios contra la extensión de la gestión privada a seis hospitales y varios centros de salud; a las movilizaciones que secundan, desde hace también semanas, los profesionales de la sanidad andaluza, los sanitarios catalanes, los médicos asturianos; a las manifestaciones del sector educativo  a las que periódicamente convocan los sindicatos contra la política económica del gobierno central, se une el malestar agudo que manifiestan algunos de los colectivos afectados por la liberalización de servicios profesionales: arquitectos, farmacéuticos y procuradores.

La España que protesta retoma, tras la pausa navideña, sus reivindicaciones. Y el gobierno retoma su defensa de los recortes y la austeridad. Para quienes se hayan sentido hoy reconfortados al escuchar que un grupo de expertos alemanes le ha cantado las cuarenta a Angela Merkel por empeorar las consecuencias de la crisis con su doctrina de la podadora a toda costa, que no pierdan de vista que el grupo de expertos que así se ha manifestado es, en efecto, alemán, pero además depende de una Fundación vinculada a la confederación de sindicatos alemanes. Es decir, que no es nuevo que estos expertos defiendan una política económica nada parecida a la de Merkel y más en sintonía con lo que aquí defienden Méndez y Toxo.

También en Alemania hay debate sobre qué terapia económica es la correcta y tampoco todos los alemanes tienen las mismas opiniones. La vida, en fin, y como diría Julio Iglesias, sigue igual. La cuesta de enero es cada vez más cuesta.