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EL MONÓLOGO DE ALSINA

Convertir la decepción en espíritu de remontada

Les voy a decir una cosa.

Si no se le hubiera adelantado Barack Obama hace cinco años, el “yes we can” lo habría inventado Florentino Pérez para el partido de esta noche.

Carlos Alsina | @carlos__alsina  | Madrid  | Actualizado el 19/07/2018 a las 07:11 horas

El ministro de Economía, Luis de Guindos

El ministro de Economía, Luis de Guindos / EFE

La maquinaria blanca ha funcionado como un ciclón para convertir un batacazo mayúsculo en una oportunidad para brillar como nunca; el fiasco como palanca para evocar glorias pasadas y espolear el orgullo de pertenencia. Puede que la operación haya sido un poco burda -espíritu de Juanito mediante- pero no se puede negar su eficacia. La desolación que causó el 4-1 del miércoles pasado, el fatalismo de aquella noche, la sensación de “de esta no salimos”, se ha convertido en un “no está todo perdido”, “sí que podemos”, “de peores trances hemos salido”.

No es muy distinta esta invocación del amor propio y el orgullo de club de los discursos que hacen los jefes de gobierno cuando su país está en crisis y su hoja de resultados es frustrante. También Rajoy evoca, cuando más pintan bastos, la historia heroica de España y el orgullo de pertenecer a una nación que, incluso en las circunstancias más adversas, fue capaz de salir siempre adelante. Por supuesto, involucrando a todos los ciudadanos en la misión hercúlea, tal como los clubes involucran a todos sus socios y aficionados para darle la vuelta a una eliminatoria apurada.

Convertir la decepción en espíritu de remontada. El Madrid lo ha logrado -su afición puebla ya el Bernabeu dispuesta a congelarle la sonrisa el entrenador de las gafas de pasta-. El gobierno, por el contrario, está en idéntico empeño pero con escasos resultados. Luis de Guindos, que no es del Madrid ni del Barça sino colchonero, es la cara visible de la operación “achiquemos agua”.

Desde el viernes llueven piedras de frustración sobre la Moncloa por haber tirado la toalla en la sanación de nuestra más grave enfermedad, que es el paro. Al ministro de Economía, tras los dos escarceos que ha protagonizado el presidente, le corresponde hoy la tarea de salir a entonar este salmo con apariencia de autocrítica que dice: “muy mal debimos explicarnos el viernes si esto es lo que, al final, se ha percibido”. Un viejo comodín de cualquier gobierno: los problemas de comunicación; “no es que hagamos las cosas mal, es que no sabemos transmitir lo bien que las estamos haciendo”.

En el encuentro del viernes en la Moncloa, el equipo local (digo económico), perdió por goleada contra sí mismo. El duelo entre el powerpoint y las frases subordinadas lo ganó, de calle, el primero. Todos los goles fueron en propia meta porque fue el gobierno el que dijo que nos plantaremos en 2015 con un 25,8 % de paro. Fue él quien dijo que el PIB caerá este año casi tanto como el 2012. Fue él quien dijo que la recuperación se retrasa porque el contexto europeo empeora.

Esa misma tarde ya comprobó el gobierno hasta qué punto sus nuevas estimaciones, y su carencia de novedades en el capítulo de reformas o incentivos, se estaba interpretando como algo muy parecido al canto del cisne, la certificación de la impotencia, el derrotismo de quien se ve incapaz de darle la vuelta a la crisis en el plazo al que se había comprometido con la sociedad que lo había votado. Es comprensible que los ministros, de entrada, se quedaran perplejos al comprobar lo negativos (y muy críticos) que eran casi todos los enfoques que se estaban haciendo. Es comprensible porque su discurso del viernes no fue distinto del que vienen haciendo desde hace meses: la cosa está mal, pero ya va pasando; la recesión se alarga, pero lo gordo ya lo tenemos hecho; hay brotes verdes (digo indicadores adelantados) que confirman que el crecimiento está al caer.

Todo esto lo dijo el gobierno el viernes; todo lo esto lo viene diciendo el gobierno en sus comparecencias parlamentarias, donde Montoro ya es un disco rayado de “estamos saliendo de la crisis”. La diferencia es que el viernes el gobierno presentó números, estimaciones tasadas. Y entre fijarse en lo que dice el cuadro macroeconómico que se envía a Bruselas y fijarse en lo que digan Montoro o Luis de Guindos, la mayoría de los periodistas eligieron (o elegimos) lo primero. Del estribillo “lo peor ya pasó”, “estamos saliendo”, “ya se ve la luz al final del túnel” estamos todos lo bastante escarmentados como para que esto acabe siendo lo de Pedro y el lobo, que el día que, en efecto, lleguen los brotes verdes no se lo va a creer ni el Tato, como diría el presidente.

La canción ya nos la sabemos, por eso en lo que se acaba fijando casi todo el mundo es en lo que dicen los números. Por eso el powerpoint desplaza a las subordinadas de Montoro. No hay prueba más clara de que el crédito político con el que el que llegó este gobierno se ha ido evaporando. Si empezó haciendo todo aquello que antes decía que no se debía hacer, si fue capaz el presidente de envolverse en aquello de ”incumplo mis promesas pero cumplo con mi deber” para anticiparnos, hace ya muchos meses, que su palabra era voluble y degradable, no cabe extrañarse ahora de que se ponga en cuarentena su discurso. No cabe lamentarse ahora de que la sociedad escuche ese discurso como quien oye llover, vacunada de afirmaciones categóricas, plazos cambiantes e indicadores adelantados.

De Guindos estuvo esta mañana con Herrera para empezar a achicar agua. Aparte del comodín del “debimos explicarnos mal” ha vuelto a explicar todos los brotes que, aunque no sean verdes, él percibe ya como signos claros de que la dirección que llevamos es la correcta: lo de la prima, lo de los bancos, lo de las comunidades autónomas; el déficit que se va corrigiendo y la balanza de pagos. Con todo, este trimestre tendremos menos PIB que el anterior y, salvo milagro, más paro. No le habrá sorprendido al ministro que, al final, de todo lo que esta mañana dijo, lo que haya tenido más eco es que ve bien eliminar los billetes de 500 euros, perfectamente legales y emitidos por el Banco Central, pero paradigma del dinero negro.

Como el PSOE e IU también lo piden, la portavoz parlamentaria socialista dijo hoy: “ya que estamos todos de acuerdo, adoptemos la medida ya”. A ver, el euro no es moneda nacional, sino comunitaria. “Estar todos de acuerdo” significa estar todos los países del euro de acuerdo, no el PSOE y el PP. Quien emite los billetes es el Banco Central Europeo, cuyo gobernador, el señor Draghi, no ha considerado hasta ahora pertinente esta discusión. Pero juega con ventaja el ministro de Economía porque sabe que altos responsables del BCE vienen admitiendo que la idea es digna de ser, cuando menos, debatida en el Consejo del banco emisor. Es decir, que no es descabellado pensar que el billete de 500, el Bin Laden, esté en la etapa final de su vida. Que, por cierto, lo de Bin Laden se le puso en los tiempos en que a Bin Laden no lo había visto nadie, ni siquiera De Guindos.

Antes, por tanto, de que el Bin Laden real fuera eliminado no por Draghi sino por Obama. El del “yes we can” que Florentino ha hecho suyo esta noche en el Bernabéu.