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EL MONÓLOGO DE ALSINA

Como las películas de éxito, Obama también tiene segunda parte

Les voy a decir una cosa.

Como las películas de éxito, Obama también tiene segunda parte. La secuela de Obama es Obama II, el presidente reelegido que ayer inició su segundo y último mandato.

Carlos Alsina | Madrid | 21/01/2013

Obama jura su cargo como Presidente de los EEUU

Obama jura su cargo como Presidente de los EEUU / EFE

Ahora mismo está terminando de comer, en Washington, tras pronunciar el discurso de rigor, y en breve comenzará la cabalgata, el desfile festivo de bandas de música y grupos folclóricos que el presidente, se señora y su segundo disfrutan -entiéndase aguantan estoicamente- desde esa mampara de ducha gigante que le ponen para disuadir francotiradores. Hay desfile, hay conciertos y hay baile inaugural. La broma se calcula que sale por unos treinta millones de dólares, que es una pastuza, pero que no sale del presupuesto público, salvo la parte que afecta a la seguridad. El resto de la fiesta lo pagan donantes que desean contribuir a la causa. Donantes que pagan. Dices: mira, como los sobres de Bárcenas. Más bien justo al revés: aquí los donantes tienen todos nombre y apellidos, y esos nombres y esos apellidos son públicos.

Todo aquel que lo desee puede entrar en el sitio web del comité organizador del festejo, www.2013pic.org, (PIC de Comité de Inauguración Presidencial), va a la sección de benefactores y ahí tiene la lista de empresas, asociaciones y particulares que, hasta hoy,  han puesto dinero: ahí está Coca Cola, ahí está ATT, Microsoft, ahí está la señora Gloria Abernethy, que es la primera en orden alfabético, está Juan Verde y están otros 3.200 donantes. No aparece la cantidad que cada uno ha aportado ni datos sobre su profesión o residencia, pero el comité dispone de esa información por si, en algún momento, y fruto de alguna investigación le fuera reclamada.

La agencia Asocciated Press ha hecho una primera indagación comparando los nombres de estos benefactores con el registro de visitas de los últimos meses a la Casa Blanca por si acaso los donantes hubieran sido premiados previamente con invitaciones a cenas o con reuniones personales con el presidente o sus colaboradores. Hace un año, seguro que se acuerdan, el primer ministro británico, Cameron, forzó la dimisión del tesorero de su partido por ofrecer acceso directo al jefe de gobierno a cambio de “donaciones” de trescientos mil euros. Como admitieron entonces dirigentes de su partido, el problema no es que alguien done dinero, sino a cambio de qué lo hace. Naturalmente en la lista de benefactores que pagan la fiesta de Obama puede hacer omisiones o puede haber trampas, pero es material muy valioso para que votantes y medios de comunicación puedan investigar y fiscalizar lo que ahí se cuenta, y para que se queden con la copla de quién puso dinero por si acaso a lo largo del mandato alguna decisión del presidente cabe interpretarse como pago a los favores prestados.

De esto va el libre acceso a la información, el gobierno abierto, la transparencia. Cuando en España escuchas a los partidos políticos proclamar su compromiso con la transparencia da un poco de risa. Sólo hay uno, UPyD, que incluye en su sitio web un apartado en el que se publican sus cuentas. El resto dice mucho eso de quiénes somos, conócenos, pero llenan las páginas de discursos y argumentarios, sin un solo dato que permita seguir su situación contable en tiempo real. Dices: bueno, ya se encarga de fiscalizar los números el Tribunal de Cuentas. Es cierto: su último informe sobre los partidos corresponde a las cuentas declaradas en 2007, cuando las donaciones aún podían ser anónimas; y el informe está lleno de análisis de los datos que aportan los propios partidos y bastante ayuno de material propio. Cuando explotan casos como éste de los sobresueldos, presuntos, del PP, el debate en los medios siempre salta a las leyes que rigen el funcionamiento de los partidos o su modelo de financiación. Como si el problema que origina la corrupción fuera el modelo o la norma.

 

El sistema de financiación será, en todo caso, un problema para detectar las corruptelas, no para que los partidos se financien. La financiación la tienen asegurada por ley a través de las subvenciones que las distintas administraciones conceden a los partidos en función de su representación electoral, por ejemplo. El problema no es, por tanto, financiarse, sino obtener financiación por encima del tope que les permite las fuentes de ingresos legales. Eso es el dopaje de los partidos, obtener más dinero que el que consiguen por ley recurriendo a procedimientos irregulares. El problema se produce cuando el partido de turno quiere poner más vallas y celebrar más mítines que el que se puede permitir con el presupuesto que maneja. Porque entonces aparecen los magos que se conocen todos los trucos para explicarle al candidato que los límites legales no son problema.

La empresa que te organiza el mítin te factura la mitad de lo que cuesta y la otra mitad se la cobra a un constructor amigo del partido por servicios que, en realidad, no le presta y que se justifican con facturas falsas. Los intermediarios, de dentro y de fuera del partido, reclaman su porcentaje por los servicios prestados y así se completa el puzzle: financiación irregular del partido y enriquecimiento personal de los espabilados. Es la frase de Kennedy versionada: no te preguntes sólo qué puedes hacer por el partido, sino lo que el partido, si tú te portas, podrá hacer por ti.

En este asunto de Bárcenas, los sobres del tesoro, hay gran interés por saber si existe lista de perceptores, los que cobraron, porque seguro que no lo declararon -hombre, si fuera dinero en A se lo habrían ingresado con el resto de la nómina en el banco-, pero tan interesante como esa lista es la de quienes pusieron el dinero que el tesorero, presuntamente, repartía, los donantes, o empleando la terminología del comité inaugural de Obama, los benefactores. Quiénes eran, a cuánto ascendía el bien que hacían y qué les movía a hacerlo, qué obtenían (si es que obtenían algo) a cambio. El reparto, bajo cuerda, de dinero aportado por un amable benefactor es un episodio chusco y sospechosos. Pero si el benefactor obtenía a cambio trato de favor de las administraciones controladas por ese partido, entonces estaríamos ante algo peor, un sistema de corrupción institucionalizada.

Hoy el Partido Popular ha reunido a su Ejecutiva para anunciar que revisará sus cuentas y las someterá a una auditoría externa. Debe de estar Oliver Wyman llamando ya para ofrecerse a fiscalizar los números. Auditores con experiencia. Salimos por un pico pero lo que decimos es palabra de Dios. Intenta la dirección del PP tomar la iniciativa para combatir la percepción de que se resiste a levantar las alfombras. Pero, como preguntó hoy Carmen del Riego en la rueda de prensa en Génova, “¿qué puede encontrar el PP ahora en sus cuentas que no encontrara cuando estalló la Gürtel?” Porque ya entonces se revisaron las cuentas.

Salvo que Bárcenas fuera muy zote -que no es eso lo que viene acreditando- los pagos en efectivo y en sobres se hacen así para dejarlos, precisamente, al margen de la contabilidad oficial. Luego difícilmente va a aparecer en las cuentas del PP un capítulo llamado “sobresueldos y perceptores”. No es en las cuentas donde tiene que mirar el PP, ni en las declaraciones de la renta que tampoco reflejan cobros en negro. El dinero que uno ingresa por encima de su sueldo donde suele aparecer en sus gastos y en su patrimonio, en los bienes que va acumulando y que no se corresponden con el salario que percibe.

A falta de asiento contable de las corruptelas, los únicos papeles donde pueden estar anotados los sobresueldos son los que se llevó Luis Bárcenas de la sede a su casa. La dirección del PP lo sabe, o lo intuye, por eso dijo hoy que si alguien tiene recibos de esos pagos, el recibí, que los presente. Y algo más, que apunta por dónde iría la respuesta en caso de que aparecieran: que los presente y que demuestre que son verdaderos. Al final la auditoría externa va a haber que hacérsela a la manta de la que amenaza con tirar el tesorero.