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OPINIÓN

Monólogo de Alsina: "He aquí la coartada perfecta del gobernante independentista, achacar los problemas a la asfixiante pertenencia a España"

Antes de que cunda la patinete fobia, un par de consideraciones sobre la muerte de una mujer, la anciana del andador, en la rambla del Carme de Espluges de Llobregat.

Carlos Alsina | @carlos__alsina |  Madrid |  29/11/2018

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En agosto fue el accidente. Ella caminaba con ayuda de su andador, los comerciantes dicen que era muy conocida en la rambla porque todos los días paseaba, cuando cayó al suelo parece que empujada por el patinete que conducían dos jóvenes en una vía peatonal. Todo esto presuntamente porque es lo que cuentan los vecinos, no está claro qué cuenta el atestado policial y la investigación del juzgado.

A esta señora de 92 años, desgraciadamente fallecida días después en el hospital, se refieren ya los medios como la primera víctima mortal del patinete eléctrico en España.

Un par de consideraciones, digo:

• El patinete eléctrico no atropella a nadie. Atropella quien conduce. Los patinetes, como los coches, como las motos, no hacen nada ellos solos.

A los conductores de todos los vehículos hay que exigirles, naturalmente, que sepan conducirlos, que lo hagan por las vías indicadas y que respeten las normas de seguridad por su bien y el de los demás conductores y peatones. En caso de incumplimiento, que paguen.

• Cuando se produce un atropello, corresponde al guardia de turno levantar atestado y corresponde a los investigadores aclarar qué sucedió. Si hubo responsabilidad, por acción o negligencia, del conductor o del peatón. O si no la hubo, porque no siempre un accidente tiene un culpable.

• Cada vez que el conductor de un automóvil atropella a una persona, a nadie se le ocurre satanizar por ello ni a todos los automovilistas ni a los coches por servir para transportarse.

Tiene razón el ministro Marlaska. Hay que considerar el patinete eléctrico como lo que es, un vehículo, y hay que regular su conducción de manera homogénea en todas partes. Para que todo el mundo sepa qué obligaciones tiene y para que circular en patín, o caminar tranquilamente, no sea una actividad de alto riesgo. Sabiendo, claro, que incluso con aquellos otros vehículos cuya regulación existe desde hace décadas, siguen produciéndose, a veces, los accidentes. Los atropellos. En los casos más graves, atropellos mortales.

Hay un pesquero español que desde hace una semana está pidiendo a las autoridades que le digan qué tiene que hacer.

Hay un pesquero español en aguas de Libia que subió a bordo a doce personas que huían de la patrullera de ese país que había interceptado su patera y pretendía llevarlos de regreso a tierra.

Hay un pesquero español que está esperando recibir una llamada de alguien del Gobierno español. Aunque sólo sea para preguntar cómo va todo.

Desde el jueves de la semana pasada, los trece marineros del pesquero Nuestra Madre Loreto conviven en su barco con doce emigrantes. Comparten la cubierta, comparten la comida, comparten las pocas palabras que pueden intercambiar en un inglés de aquella manera. Una semana lleva este pesquero, la familia Durá (Pascual, el capitán, José, el armador, hijo y padre) esperando a que algún gobierno europeo, por ejemplo el nuestro, le diga a qué puerto debe dirigirse para desembarcar a estas doce personas.

Apunten esta frase que ha dicho Pascual desde alta mar: aquí no ha llamado nadie más que la familia y los periodistas. No son el Aquarius, no son centenares de emigrantes, no hay peligro de que el barco se hunda. Son un barco español, de marineros dedicados a pescar quisquilla para la campaña de navidad. No han pedido convertirse en un problema para nadie. No esperan que la Unión Europea se reúna de urgencia para abordar la crisis migratoria. Sólo están esperando que alguien les llame para decirles qué tienen que hacer. A qué puerto seguro deben dirigirse. Sabiendo que Libia, como admite los gobiernos europeos, es un Estado fallido y que es un ejercicio de cinismo considerar cualquiera de sus puertos como lugar seguro para quienes están huyendo.

El sonido de la protesta, ayer, a la puerta del Parlamento de Cataluña. Donde más visibilidad, más eco, alcanzan siempre las movilizaciones. Ésta, de los médicos de atención primaria y de los bomberos. Reclamando al gobierno de Joaquim Torra más medios y mejores condiciones laborales.

Las protestas van a continuar hoy: hoy están convocadas nuevas concentraciones de médicos ante las gerencias del Instituto Catalán de Salud y un paro de dos horas de los funcionarios de la administración autonómica.

Lo más revelador de esta protesta no es que hay problemas en la sanidad o los servicios públicos en Cataluña, dónde no los hay; lo más revelador es cómo responde a la protesta uno de los hombres de Puigdemont y de Torra, el diputado Eduard Pujol. He aquí la coartada perfecta del gobernante independentista. Achacar los problemas a la falta de recursos; achacar la falta de recursos a la asfixiante pertenencia a España; e instar a los que protestan a que en lugar de preocuparse por las pequeñeces de si las listas de espera son más o menos largas lo confíen todo a conquistar la independencia.

'Que nos distraemos con cuestiones que no son esenciales', dice el amigo Pujol, es director de una exitosa emisora de radio. Hombre, usted si quiere siga suspirando cada mañana por la República Catalana, pero no le cuente a un paciente que no es esencial cuánto le va a tocar esperar para una intervención y no le cuente al médico de primaria que no esencial cuántos minutos le puede dedicar a cada enfermo. Y sobre todo, no use el comodín de la independencia para eludir su responsabilidad, que es, como grupo político en el gobierno, resolver problemas. Resolver los problemas que hay con los medios que hay. Y en caso de ineptitud o negligencia, apartarse para que otro intente resolverlos.

Esto de culpar de todo a la maldita solidaridad con el resto de España y confiarlo todo a la consecución de la independencia ya se lo inventó Artur Mas. El diputado Pujol lo único que ha hecho es inventarse un cuentito para justificar su aversión a la redistribución de la renta entre los ciudadanos. Miren lo que dice el cuentito:

De los tres hermanitos del cuento hay uno que pide y dos que dan. Y claro, se indignan muchísimo cuando ven que el que pide usa el dinero para cambiar de coche. A ver, que les traduzco. Para Pujol el hermano pedigüeño (y jeta) son los territorios españoles que reciben dinero, y los dos hermanos que tienen recursos son Cataluña. Cataluña, como es más pudiente, ayuda generosamente a su hermano pobre creyendo que usará el dinero para pagar el colegio y va éste y lo que hace es comprarse un coche, qué sinvergüenza. Estos españoles pobres que se aprovechan de la buena fe de la Cataluña próspera y se pegan la vida padre mientras Cataluña se ahoga. Esto tampoco se lo ha inventado él. Empezó con la cosa aquella de las balanzas fiscales que tanto entusiasmaba al president Montilla.

Naturalmente a estos manifestantes, médicos, bomberos, estudiantes, que reclaman mejoras concretas en sus condiciones de vida no les ha dicho Joaquim Torra lo de apreteu, apreteu.

Que hacéis bien de apretar. Y a los médicos que exigen que se cumpla lo que ya acordó el Parlamento catalán tampoco les alienta Torra por defender el mandato popular. Hay que entender que Torra a quien debe obediencia es a Puigdemont. Y Puigdemont con quien se solidarizó ayer no fue ni con los médicos ni con los bomberos. Fue con los indios de Norteamérica.