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CON JAVIER CANCHO

Historia de un árbol tan largo como un campo de fútbol

Menara es el gigante de los bosques tropicales. Su altura sobrepasa los cien metros. Si, en vez estar erguido, estuviera acostado -en ese caso- se extendería a lo largo de un campo de fútbol de portería a portería.

Javier Cancho
  Madrid | 11/06/2019

¿Qué desafíos debe lograr un árbol como el menara para alcanzar esa altura? Los menaras fueron descubiertos no hace mucho en una selva de Borneo, en Malasia. Se llegó hasta ellos después de una exploración con drones. Aunque, el hallazgo se hizo mediante un programa que emite pulsos de láser con los que se compone un modelo del bosque en 3D. Y a partir de ese modelo se puede calcular la altura de los árboles. Los menaras no son altos para competir por la luz, porque ellos no tienen competencia. Los menaras crecen tan arriba para que sus semillas, dispersadas por el viento, recorran una distancia lo más extensa posible.

Los árboles son la lenta explosión de una semilla. Los árboles son las columnas de la naturaleza. Aunque durante el transcurrir de los tiempos también fueron considerados santuarios. El único problema de los árboles es que no pueden huir de la mezquindad. Siempre ha ocurrido que hace más ruido un árbol que cae que un bosque que crece. Y los bosques crecen por arriba, pero también por por debajo. Las raíces, que no se ven, que van por dentro, son las que sostienen todo lo visible.

A ese mundo interior de los bosques es al que hoy queremos acercarnos. Porque existen relaciones profundas entre las raíces de los árboles. Entre las raíces y miles de microorganismos que conviven allí abajo. Conviven en una relación de colaboración que estuvo investigando durante años Sergio de Miguel, que es profesor de la Universidad de Lleida. De Miguel ha publicado en Nature un estudio sobre el mapa que recorre las ocultas relaciones subterráneas de los árboles. Es el primer mapa -a escala global- de cómo se distribuyen y por qué los asombrosos tipos de asociaciones que existen en las oscuridades de los bosques del mundo.

Los árboles dependen de los hongos y las bacterias que viven en el subsuelo. Los árboles comparten con los hongos el carbono que almacenan. Mediante la fotosíntesis, los árboles captan de la atmósfera dióxido de carbono, el CO2, el principal gas causante del cambio climático. Y ese carbono es almacenado tanto por las raíces como por los propios hongos. Mientras los hongos lo que hacen es facilitar a los árboles el acceso a los nutrientes y el agua. Pero, los científicos han detectado algo en esos flujos naturales. A medida que la temperatura del plantea vaya aumentado, las capacidades subterráneas para almacenar carbono irán menguando. Esa situación reducirá -por tanto- el carbono que es enterrado en el suelo, lo que aumentará el nivel de ese gas en la atmósfera. La conclusión es inmediata: son malas noticias en plena crisis climática en la que ya sólo hay dos caminos posibles. Afrontarla o seguir ignorándola.

Los árboles se abrazan en el subsuelo de los bosques. Pero, la crisis climática estaría debilitando el abrazo profundo. Hay árboles que han comenzado a sangrar metal. Hay unos que crecen en la isla de Nueva Caledonia, en el Pacífico Sur. Su savia tiene un color inusual: es azulverdosa, porque contiene hasta un 25% de níquel.