SALUD OCULAR

Pasar tiempo al aire libre, la clave para proteger a los niños de la miopía

Se calcula que en 2050 la mitad de la población mundial podría sufrir de miopía. Sin embargo, un simple cambio en los hábitos infantiles podría ser la clave para revertir esta alarmante tendencia. Expertos sugieren que incentivar a los niños a pasar más tiempo al aire libre podría convertirse en la solución efectiva para combatir esta creciente tendencia.

Noelia Valle, Universidad Francisco de Vitoria

Madrid | 09.07.2024 08:56

Pasar tiempo al aire libre, la clave para proteger a los niños de la miopía
Pasar tiempo al aire libre, la clave para proteger a los niños de la miopía | Pixabay

Si tiene la suerte de viajar a Pekín, Hong Kong o Singapur este verano probablemente le sorprenda comprobar que la gran mayoría de los escolares (el 86 %) utilizan gafas. En España, aunque estamos aún lejos de esa cifra (el 19 % de nuestros niños de 5 y 7 años son miopes), seguimos la tendencia mundial de aumento de la miopía.

La miopía de los padres influye en la probabilidad de que un niño sea miope. Sin embargo, el aumento de su prevalencia en todo el mundo sugiere que los factores ambientales y el estilo de vida son determinantes. Si no se hace nada al respecto, se prevé que la actual epidemia de miopía afectará al 50 % de la población mundial en 2050, convirtiéndose en la principal causa de ceguera irreversible por desprendimientos de retina, glaucomas o cataratas.

¿En qué consiste la miopía?

Durante el crecimiento, el ojo normal se adapta y ajusta para mantener una visión nítida por un proceso llamado emetropización. Durante la emetropización, la longitud del ojo y la curvatura de la córnea y el cristalino deben ajustarse para lograr un enfoque correcto de la luz sobre la retina (la parte del ojo que recoge la luz y envía “las imágenes” al cerebro).

La miopía ocurre cuando no hay un ajuste correcto, generando un ojo demasiado largo (miopía axial) o una córnea y cristalino demasiado curvados (miopía refractiva). Esto hace que la luz se enfoque delante de la retina, generando una visión borrosa o desenfocada.

Papel protector del tiempo al aire libre

Un estudio realizado en Australia entre 2003 y 2005, con más de 4 000 niños, permitió asociar por primera vez un mayor tiempo al aire libre con una menor prevalencia de la miopía. Otros estudios de intervención, en los que se aumentaba el tiempo que pasaban de los niños al aire libre, demostraron una reducción en el inicio de la miopía y, aunque no pasar tiempo en espacios abiertos no parece frenarla una vez que ya se ha iniciado, sí ralentiza su progresión.

Por el contrario, el aumento de tiempo en interiores, como durante la pandemia de covid-19, se relacionó con el aumento en la incidencia de la miopía.

Pero ¿por qué? Es por la actividad física. No. Este efecto beneficioso sobre la visión no tiene que ver con la realización de actividades, sino simplemente con el hecho de estar en el exterior. Todo hace sospechar que el efecto protector del tiempo al aire libre tiene que ver con las características únicas de la luz solar (intensidad, distribución espectral, etc.) de las que carece la iluminación artificial. Pero también con el aumento de la frecuencia espacial (mayor cantidad de detalles) asociado a ambientes con vegetación y las mayores distancias de visualización en el exterior respecto a actividades de interior (leer, escribir, utilizar dispositivos digitales).

¿Qué efecto tiene la luz sobre el desarrollo del ojo?

Respecto a la luz, hay que tener en cuenta dos características: la intensidad y el tipo de luz o longitudes de onda.

La intensidad es obviamente mayor en el exterior, con el sol como única fuente de luz. Incluso en un día nublado, la intensidad de la luz es al menos 10 veces superior a la de una iluminación interior.

Si en las grandes ciudades de Asia existe una prevalencia tan elevada de la miopía en comparación con urbes de Europa o Australia de nivel educativo comparable es debido, con toda probabilidad, al impacto negativo de los grandes edificios sobre los niveles de luz.

Ya lo decía Bob Marley en su canción Concrete Jungle: “Darkness has covered my light” (“La oscuridad ha cubierto mi luz”). Es cierto que en los edificios modernos con grandes ventanas la intensidad podría ser similar a la exterior. Sin embargo, en ese caso los cristales filtran el espectro de luz haciendo que tampoco sea comparable a la luz exterior. Las ventanas reducen gran parte de la luz UVA y la infrarroja cercana.

Estudios epidemiológicos y experimentos con animales han demostrado que la exposición diaria a alta iluminancia, y en concreto la luz UVA y la luz azul de longitud de onda corta (460 nm), reducen específicamente el alargamiento axial del ojo causante de la miopía. Y en ese efecto de la luz sobre el desarrollo ocular tiene mucho que ver la dopamina, el neurotransmisor cerebral que aumenta con los likes de Instagram o la palmadita en el hombro de nuestra jefa y nos hace sentir tan bien.

La luz estimula la liberación de dopamina por parte de unas células específicas de la retina, las células amacrinas. Ahí la dopamina modula el crecimiento refractivo del ojo (compensatorio o emetropización) inhibiendo el crecimiento axial, engrosando la coroides (capa interior del ojo posterior a la retina) y mejorando el flujo sanguíneo al ojo.

Otras células implicadas en el desarrollo refractivo son un tipo de fotorreceptores (sensores de luz) de la retina, las células ganglionares ipRGC, implicadas en el reloj circadiano biológico y en la liberación de la melatonina que controla los ciclos de sueño-vigilia.

¿Y la lectura o las pantallas no afectan a la miopía?

Sí, el tiempo que pasen los niños realizando “trabajos cercanos” se ha relacionado con un mayor riesgo de miopía y alargamiento del ojo. ¿A quién no le han dicho alguna vez “no te acerques tanto a la tele que acabarás con gafas…”? No creo que nuestros padres tuviesen evidencias científicas de ese hecho, pero hay múltiples estudios epidemiológicos que lo avalan.

Ante este panorama hay dos opciones posibles para poner freno a la miopía. Una es desarrollar un tratamiento farmacológico con dopamina o análogos. La otra, crear las condiciones adecuadas para que los niños pasen al menos 2 horas al aire libre.

Lo primero requiere aún muchas investigaciones que aseguren la ausencia de efectos secundarios relacionados con las múltiples funciones de la dopamina sobre el cuerpo, el comportamiento o las emociones. Lo segundo pasa por adaptar la iluminación de las escuelas y lugares de ocio, y aumentar el tiempo que pasan los niños en el exterior, a poder ser en zonas abiertas con vegetación.

Noelia Valle, Profesora de Fisiología, Universidad Francisco de Vitoria

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

The Conversation