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OPINIÓN

Monólogo de Alsina: "Esperanza, reina en Babia en su corte de negritos enfangados"

Cuenta la leyenda que a Billy Wilder, el mítico cineasta, se le acercó temeroso un joven miembro de su equipo mientras rodaban 'El Crepúsculo de los dioses', año 1950. Aquel joven se había estudiado el guión y había una secuencia que le intrigaba: ésta en la que Norma Desmond y su extraño mayordomo proceden a enterrar con gran solemnidad a un mono que se le acaba de morir a la señora.

Carlos Alsina |  Madrid |  25/04/2017

"¿Cómo planea usted filmar la escena?", se atrevió a preguntarle el joven a Billy Wilder. Y éste le respondió muy serio: pretendo hacerlo a la manera tradicional de los entierros de monos muertos. Nada mejor que ceñirse a la tradición para rodar escenas que se repiten en las mansiones de las actrices caídas en desgracia.

Esto de hoy más que un remake es una redifusión. Esperanza Aguirre en el papel de Esperanza Aguirre. Interpretándose a sí misma en el papel más amargo de su carrera.

De los autores de 'Dimito porque me la coló Granados' llega ahora 'Dimito porque me la coló González'. Mismo elenco. Mismo argumento. Mismo desenlace.

Hace sólo trece meses evocábamos aquí, a esta hora, a Norma Desmond en su escalera de Sunset Boulevard, rodeada de periodistas que aguardan novedades sobre el caso criminal que la ha salpicado.

La estrella cuya luz se fue apagando sometida de nuevo al escrutinio público y a sabiendas de que su carrera ya no hay quien la resucite de la tumba.

Lo dijo la propia Norma Desmond la otra vez que le brotó un cadáver en la piscina de su casa. Una de las mejores frases que todavía se le recuerdan.

"Esto de la corrupción que nos está matando a todos". Cabe añadirle que a unos más que a otros.

En el caso del PP madrileño, la corrupción ha sido como el asesino invisible de 'Los diez negritos'. Uno a uno han ido muriendo. Por los sobres, por las cuentas en Suiza, por los favores bien pagados. Por los concursos tramposos, por las mansiones, por los trenes y por los viajes y por los áticos. Por meter la mano en la caja. Por trincar a cuatro manos. Por tener dos cajas. Por el mangoneo. Por la arrogancia.

Y en el caso de Esperanza, reina en Babia en su corte de negritos enfangados, en el caso de Esperanza, y en la hipótesis más favorable para ella, por dejar hacer, por no atender los avisos, por contemplar encantada sus dominios desde la torre del salón del trono mientras todos sus hijos políticos convertían el palacio en pocilga.

María de la Ingenuidad. Esperanza desbordada de fe y de caridad hacia sus mascotas.

El final nada glorioso de quien fue, probablemente, la dirigente política más carismática de España. En la España de Aznar y de Zapatero. La mujer que arrasaba en las urnas. La que no rehuía —al revés, buscaba— el debate ideológico.

Como diría Pablo Iglesias, siempre hay luces y sombras. Y Aguirre lo que ha acabado por comprender es que las sombras se han tragado las luces. Los años de expansión económica de la comunidad madrileña pasan a ser vistos como los años de la cloaca máxima. El PP madrileño a la manera del valenciano. El legado que queda del aguirrismo. Granados. El íntimo amigo del sector inmobiliario. El casoplón de Valdemoro. Beltrán Gutiérrez, el gerente del partido. Con despacho y con papeles de Luis Bárcenas en su casa. Ignacio González. Las amistades peligrosas. Colombia, el Canal, la vivienda por encima de sus posibilidades, el ático. Y antes Alberto López Viejo, el consejero que era Gürtel. Y los alcaldes bendecidos por ella y encamados con Correa y sus maletines. Y los espías. Y tantas otras cosas.

Ha constatado algo más Aguirre en estos últimos tiempos: que cuando tu estrella se apaga, los peones, los aduladores, los posibilistas, salen en estampida. Lo que Aguirre ha asumido es que ya no había para ella más horizonte político que consumirse como concejala hasta que desaparecer de la escena, el crepúsculo, en dos años.

Ella ha completado su retirada mientras Rajoy sigue de presidente, compartiendo confidencias con la señora Merkel y dejándose aplaudir como pilar de la estabilidad europea.

Él ha sobrevivido a Bárcenas, a la Gürtel y a la caja B.

Ella ha sucumbido a la Lezo, a la Púnica, a Granados y a González.

Aunque la pregunta que aún no ha resuelto es por qué de decidió a dimitir ayer. De concejal, que es lo último que todavía era. Por qué lo que el jueves, detenido Ignacio González, le parecía innecesario cuatro días después le parece obligado.

A esa pregunta —qué ha cambiado, qué va a cambiar— aún hay que encontrarle una respuesta.