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Alsina a las 8:00

Monólogo de Alsina: "El insólito caso del candidato Pedro Sánchez, que no vino a ganarse la confianza de la Cámara sino a encabronarla"

Cómo están, bienvenidos a una nueva mañana de radio. Del 23 de julio de 2019. Hoy desde el Congreso de los Diputados, donde dentro de una hora se retoma el debate de investidura. El insólito debate de investidura que comenzó ayer en esta casa.

Carlos Alsina
  Madrid | 23/07/2019

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El insólito caso de un candidato que no vino a ganarse la confianza de la cámara sino, con perdón, a encabronarla.

El insólito caso de un candidato que inicia su discurso dándole un estacazo a los tres grupos de la derecha (por cuya abstención suspira). Que reclama que se cambie la Constitución para que pueda investirse un presidente ignorando la opinión mayoritaria de los diputados. Que airea repetidamente el 10 de noviembre como fecha de las elecciones siguientes mientras sataniza la posibilidad de que se celebren.

¿De verdad esto es un candidato queriendo ganarse la confianza de alguien?

Acudes a pedir la confianza de la cámara haciendo oposición a todos los demás grupos, recriminándole al novio con el que estás negociando que te ponga un precio inasumible y retándole a que se mida en las elecciones convencido de que él va a salir ganando.

Esta sesión de investidura está siendo, en efecto, inédita.

No sólo por el tostón inaceptable con que anestesió el candidato a la cámara durante dos horas fingiendo que era un discurso de investidura cuando era cualquier cosa menos un discurso. No sólo porque es una broma de mal gusto dedicar dos horas a repetir cosas como estrategia nacional, pacto de estado, agenda 2030, multilateralidad, ley integral (y otras expresiones que al personal le suenan a chino) ninguneando al respetable lo que propone el aspirante para gestionar la cuestión de Cataluña.

Es inédita la sesión por las circunstancias en que se celebra: con dos partidos negociando una coalición a rastras, socios a palos, y zumbándose en el hemiciclo como si no hubiera un mañana. La pelea de barro descarnada entre dos dirigentes que aspiran a merendarse el uno al otro.

Hubo que esperar a las siete y media de la tarde para ver, en directo, en crudo, sin intermediarios y sin versiones interesadas, esta pelea de gallos.

Esto acabó siendo lo más sonado, al cabo de una jornada en la que el candidato hablaba y hablaba y hablaba como si no estuviera negociando a la vez con uno de los grupos de la cámara cuántos ministerios le tocan y quiénes los desempeñan.

El aspirante que por fin llama en público gobierno de coalición al gobierno de coalición y lo presenta como si fuera no una necesidad suya para poder seguir en la Moncloa, sino una concesión generosa fruto del coraje. Éste fue el pasaje más sorprendente de la intervención de Sánchez: cuando se declara, valeroso, dispuesto a asumir el riesgo de que en las tertulias le critiquen, qué proeza.

Un presidente extrañamente preocupado por lo que dicen los tertulianos, lo que declaran los demás dirigentes en las entrevistas, lo que se dice en la tele y en la radio.

Es difícil no estar de acuerdo con Pablo Iglesias incluso si uno tiene pocas ganas de ver a Podemos en el gobierno. Porque su intervención estuvo cargada de lógica y porque ha sido coherente con su posición desde el comienzo.

Si, es verdad que Iglesias se pegó un tortazo electoral notable el pasado abril. Es verdad que está pidiendo que le dejen gobernar un poquito para tener algún futuro. Pero desde el minuto uno dijo gobierno de coalición con ministerios en proporción a los escaños que cada uno aporta y en eso sigue. A diferencia del candidato Sánchez que ha ido pasando de una cosa a su contraria sin despeinarse y sin cambiar el gesto.

Con todos los diputados socialistas esperando a ver por dónde va el balón para aplaudir con entusiasmo vaya por donde vaya. Muchos de estos diputados que ayer aplaudieron a Sánchez cuando ofreció el gobierno de coalición forman parte de la Ejecutiva del PSOE que la semana pasada, no hace un año, hace una semana, arropó a su secretario general para que formara un gobierno monocolor y sólo monocolor. Ayer aplaudían todo lo contrario. Hay que entenderlo: si hay alguien acostumbrado a los bandazos de su secretario general son ellos.

En la bancada de la derecha también hay pugna, por el protagonismo y por el relato. Casado y Rivera reclamándose líderes de la oposición a un gobierno que aún no existe. El del PP ofreciendo pactos de Estado y el naranja recurriendo al verbo grueso, el plan Sánchez y su banda (esto de llamar banda a los demás es muy de Rivera, como bien saben Artur Mas, Mariano Rajoy y Pedro Sánchez). Y eclipsados los dos líderes de la derecha por la gresca de Sánchez con Podemos. No por Abascal, el de Vox, que hace seis meses parecía que iba a comerse el mundo y ayer no se comió un colín en su deslucido debut parlamentario.

A la espera de ver por dónde va esta mañana Rufián, que será el camino de las baldosas amarillas, como buen hombre de lata, hubo dos bromas pesadas en la sesión de ayer que ya se están haciendo largas.

La primera, escuchar a Sánchez reclamar la abstención de los demás. Hasta Garzón, que intenta no hacer daño, se lo recordó al presidente.

Y la segunda broma pesada, la del raca raca de Sánchez con la pamema de reformar la Constitución para que todas las investiduras salgan.

Miren qué interesante es la memoria histórica. Éste es Iglesias recordándole a Sánchez lo que significa el articulo 99 de la Constitucion.

Y éste es Sánchez recordándoselo a Rajoy hace tres años.

Éste es Sánchez, en 2016, atribuyéndole a Rajoy, en exclusiva, la responsabilidad de que la investidura se bloqueara.

Y éste es Iglesias haciendo lo mismo ayer, pero con Sánchez.

Cabe concluir que el famoso socio preferente, en el día de la bronca con público en la sala, le ha dado a beber a Sánchez de su propia medicina. Y no una, sino 99 tazas.