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OPINIÓN

Monólogo de Alsina: "Sánchez debería exigir algo más a Torra antes de repetir el episodio fracasado de Pedralbes"

Algunos sonidos que nos deja el fin de semana en Cataluña:

· Las notas de audio que enviaron policías que intervinieron en los operativos del viernes noche a sus compañeros.

Carlos Alsina
  Madrid | 21/10/2019

· El asalto a comercios de electrónica a cargo de encapuchados que dicen estar en la calle luchando por la libertad…pero aprovechan para robar pantallas y móviles, los mangantes.

· El suceso en la carretera de Argentona, en Barcelona, cuando un grupo de activistas está cortando la circulación y un conductor sigue adelante y atropella a dos de ellos.

· Los abucheos a Gabriel Rufián, increpado por un grupo de manifestantes el sábado porque le ven españolizado y blandito.

· Y los dos últimos sonidos, los de Torra. Primero, diciéndole a Sánchez el sábado que se siente con él ya mismo a hablar.

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Y segundo, este numerito de ayer. Un propio con el móvil en modo cámara que graba cómo la secretaria le dice a otro señor que en Moncloa el presidente no está disponible para que este señor se asome al despacho de Torra a comentárselo.

Quins collons. Sostiene el presidente de la Generalitat de Cataluña (el centésimo trigésimo primer president, como le gusta decir a él falsificando la historia, marca de la casa), sostiene Torra que Pedro Sánchez tiene que cogerle ya el teléfono para cerrar una cita entre los dos, cheek to cheek, y abrir así camino al famoso diálogo benéfico y reparador que sofocará todos los disturbios y devolverá el sosiego a las calles de Barcelona. ¿De qué sosiego habla?

Usando una palabra que ahora le gusta mucho a Sánchez, este Torra que siempre ha sido el rey de la insidia ahora es también el rey del espantajo. Grupos de vándalos prenden fuego a lo que pillan en la calle, arrancan adoquines, montan barricadas, desafían a la policía, y él pretende salir del paso diciendo que ya es hora de que Sánchez le diga fecha y hora. Es responsabilidad suya, como gobernante con las competencias de orden público y policía propia, sofocar el botellón pirómano y él saca el banderín éste de distraer gente: es que llama por teléfono a Sánchez y no se lo coge.

¿Para qué habría de cogérselo? ¿Para qué habría de reunirse con él? ¿Qué razones puede tener hoy Sánchez para repetir la cita aquella de Pedralbes?

Tenemos a un gobernante autonómico que lleva meses llamando a su población a la desobediencia y la protesta. Que lleva meses denigrando al Estado español, a su justicia, a su Tribunal Constitucional, sus Cortes Generales y su gobierno. Que lleva meses incitando a los indepedentistas contra las instituciones que representan al resto de los españoles. Y que lleva días empatizando con quienes alteran la vida cotidiana, ignorando a los damnificados por tanta alteración y tratando a los animales que incendian las calles con un discurso de seda.

¿Qué le hace pensar a Torra que merece que le traten como un gobernante cuando él se encarga cada día de demostrar que no lo es?

Ahora todo el problema es que Sánchez no se quiere sentar con él. La táctica de siempre: diluir su responsabilidad pidiendo reuniones. No confunda, Torra, no distorsione, no engañe. La monserga de siempre: él es el dialogante y los demás, los que no quieren hablar. Él, que el único diálogo que acepta es aquel que desemboque en que el resto de Cataluña, y el resto de España, trague con la autodeterminación. ‘Ciudadanos de España, resignaos a que impongamos nuestra voluntad y ya veréis que pronto se soluciona el conflicto’. Diálogo, lo llaman. Negociación, lo llaman.

Ahí está Ada Colau, alcaldesa de la ciudad de los disturbios. Pidiendo a Sánchez y a Torra que dialoguen en privado. Que dialoguen, ¿sobre qué?

No hay solución política al intento de imponer a la mayoría de los ciudadanos la voluntad de una minoría, por muy grande que ésta sea. No hay solución política al empeño de pisar, arrasar, acabar con los derechos de los demás.

Lo más sincero que ha hecho el movimiento independentista en los últimos meses es llamarle tsunami a lo que pretenden. Está bien elegido el nombre. Un tsunami todos sabemos lo que es: un fenómeno destructivo. Que arrasa cuanto encuentra a su paso. Ve a Pucket y pregunta allí qué tiene de bueno un tsunami. Nada. Nada tiene un tsunami de democrático. La ola que lo destruye no pregunta. Sólo rompe.

Y por eso, Sánchez debería exigir algo más a Torra antes de repetir el episodio fracasado de Pedralbes. No es sólo que condene la violencia de los arranca adoquines y pegafuegos. Es que se comprometa de una vez a no vulnerar los derechos de los demás. El punto de partida de cualquier negocociación sólo puede ser éste: el compromiso de no pisar, no arrasar, los derechos del resto de los ciudadanos. Los que, en verdad, ya tienen. El derecho a decidir siempre fue la manera tramposa de negarle su derecho a decidir a la sociedad española. El tsunami éste no es un movimiento para defender derechos. Es un movimiento para quitárselos a sus únicos dueños, que somos todos.