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OPINIÓN

Monólogo de Alsina: "A Sánchez sólo hay una cosa que le guste más que ser presidente, y es volver a serlo"

Qué duro es ser Pablo Casado. Estos días. De irse de romería con Feijóo, para bajar la cabeza, reconocerle como faro y evitar que el gallego se le ponga en contra (más en contra), a visitar a Sánchez en Moncloa para reconocerle que le saca cincuenta y siete escaños y que la campaña de las tres derechas funcionó mejor que la campaña del felón.

Carlos Alsina
  Madrid | 06/05/2019

Casado va a ser, hoy sí, el primero en algo. Hoy empezará a saber, antes que nadie, cuál de todos los Sánchez posibles elige ser Sánchez en esta nueva vida que los votantes le han dado. A la una de la tarde cruzará Pablo Casado el umbral del palacete que hoy tienen más lejos que nunca: la Moncloa. Allí le ha convocado el presidente en funciones no sabe para qué. Versión oficial: analizar la situación política. Versión real: hacer visible quién ha ganado las elecciones y tiene la iniciativa y quién las ha perdido y no la tiene. A Sánchez sólo hay una cosa que le guste más que ser presidente. Y es volver a serlo. Con más diputados que antes.´

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Hoy recibe a Casado, mañana a Rivera por la mañana y, por la tarde, a Iglesias. Un golpe al orgullo de su compadre de izquierdas, que habría querido ser citado el primero y, a la vez, el último. De tú a tú, de copresidente a copresidente.

¿Qué cabe esperar de estas reuniones? En realidad, nada. Más allá de la liturgia posterior a unas elecciones, todos saben lo que hay, lo que pretende cada uno y lo que van a decirse. Sánchez y Casado tienen buena relación personal, aunque el primero rompiera relaciones con el segundo y éste le haya llamado de todo (el teatrillo tan ridículamente asumido aquí como normal), Sánchez y Rivera se llevan mal y punto, den por hecho que la reunión de mañana será más breve que la de hoy y ambos saldrán encantados de que así sea.

A Casado y a Rivera les han estado comiendo la oreja algunos predicadores incansables al grito de ‘no vayáis a la Moncloa, no vayáis. Ignorad a este señor que está en funciones y hace rondas de consultas como si se apellidara Borbón y se llamara Felipe’. Pero hombre, cómo van dos candidatos a presidente de gobierno a hacerle la peineta al que ahora lo es cuando les cita en la Moncloa. Si el presidente convoca al líder de un grupo parlamentario, éste va. Otra cosa es que antes de ir le pida que aclare el motivo de la cita. O sus pretensiones. O el temario del que quiere hablar. Y si el presidente quiere hablar de asuntos que son de gobierno, sino de estrategias parlamentarias, sillones de mesa del Congreso e investiduras, entonces se le invita a que haga las reuniones en el Congreso y como líder del principal grupo parlamentario. Porque ni los sillones de la mesa ni las investiduras las negocia el gobierno de la Nación. Las negocian los grupos.

Pero ir a la Moncloa, se va. A escuchar al presidente en funciones y a decirle lo que cada cual considere oportuno.

Qué Sánchez pretende ser esta vez Sánchez. El presidente obsequioso que regaló a Joaquim Torra una foto en Pedralbes o el líder vehemente que predicó contra los vicios del independentismo durante la campaña. El aventurero que le autorizó a Carmen Calvo un grupo de guasap para ofrecer mesas de partido con relatores o el garante de la Constitución que defiende el papel de las instituciones del Estado. El frívolo que cambia de criterio sobre cualquier asunto de un día para otro o este otro Sánchez que se ha cansado de repetir en campaña que él es un hombre de palabra.

Aquí está Torra, festejando que su creador, el valiente Puigdemont, haya logrado que el Tribunal Supremo reconozca su derecho a presentarse a eurodiputado. Qué previsible es el muñeco. Esta vez no ha puesto como un trapo a los jueces del alto tribunal. Esta vez no ha dicho Torra, ni Puigdemont ni ninguno de sus palmeros que el Supremo de España es un órgano franquista al servicio de los intereses políticos del gobierno. Cómo cambia el cuento, oiga, cuando las decisiones judiciales les agradan.

Al fantasma de Waterloo le está costando explicar lo indignado que está porque la Junta Electoral había dicho que no podía presentarse sin añadir lo bien que le parece que el máximo tribunal de este país corrija el criterio de la Junta y le permita presentarse. ¿Tiene sentido que un tipo procesado y huido de la justicia se postule para representar en Estrasburgo a la sociedad española? Pues así, a primera vista, mucho sentido no tiene. Pero los jueces del Supremo han examinado las causas legales para impedir que una persona se presente a unas elecciones y ésta de estar procesado y en rebeldía no figura. Ya tienen ahí materia los grupos parlamentarios para una nueva reforma de la ley elec-toral: evitar que los prófugos se choteen de unas elecciones democráticas. Porque Puigdemont podrá presentarse —como pudo presentarse a las elecciones catalanas— pero la estafa puigdemoníaca está a la vista. No aspira a ser eurodiputado porque sabe que no podrá recoger su acta (bueno, sí que podrá pero no se atreverá, el Nelson Mandela de felpa). Para él todo es juego y todo es cálculo: cómo seguir en la pomada sin rendir nun-ca cuentas por sus actos y viviendo como un pachá en Waterloo. Todo en él es un enorme engaño.

La decisión del Supremo, compartida por la fiscalía y controvertida, le ha cortado, eso sí, el rollo victimista al del flequillo. Hasta hoy ése era todo su programa electoral: ponerse la cáscara de huevo en la cabeza y hacerse un calimero de la vida.

El gobierno puigdemoníaco es insaciable en la apropiación de la Historia y de las víctimas. Ni los actos de homenaje a españoles que sufrieron cautiverio en el campo de concentración de Mauthausen se salvan. No podía privarse la enviada de Joaquim Torra de colocar allí la bandera independentista y dedicar unos párrafos no a la memoria de los muertos y los supervivientes sino a la memoria de su colega Raúl Romeva, en una mezcla infumable, e inaceptable, de víctimas que de verdad lo fueron (del nazismo), de exiliados que de verdad lo fueron (derrotados en nuestra guerra) con gobernantes que intentaron tumbar la Constitución democrática y están siendo juzgados por ello.

Sólo el hecho de convertir un discurso sobre el campo de Mauthausen en una soflama partidista, oportunista e insolvente, debería llevar a la destitución de esta señora de nombre Gemma Domenech que desde enero ejerce de encargada en Cataluña de la Memoria Democrática (hágase usted una idea de cómo puede ser esa memoria). Pero su jefe, el muñeco Torra, lejos de lamentar que su enviada ensuciara el homenaje convirtiéndolo en su mítin, le ha agradecido el acto de dignidad que, según él, ha realizado.

Agradecido a la subordinada por haber hecho lo que él mismo haría. A la ministra de Justicia, Dolores Delgado, hay que reconocerle el acierto de dejar allí plantada a la señora Doneceq soltando su vomitona porque gracias a que se fue hoy todo el mundo sabe lo que el gobierno independentista quiso hacer con Mauthausen.