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OPINIÓN

Monólogo de Alsina: "Podemos promete no defender más el referéndum, 'estos son mis principios, si te estorban me hago unionista'"

Han pasado cuatro años. Sólo cuatro años. Y nada menos que cuatro años. Cuatro años han pasado de aquellos días en que Pablo Iglesias aprendía griego. Se besaba con Alexis Tsipras y reivindicaba la alianza fraternal entre Syriza y Podemos.

Carlos Alsina
  Madrid | 08/07/2019

Eran los buenos tiempos de Podemos y de su líder. Los mejores tiempos. Había dado la campanada seis meses antes en su debut electoral: cinco escaños en las elecciones europeas. Podemos se llamaba así porque venía a demostrar que era posible, desde abajo, alcanzar el poder y cambiar así después, desde arriba, el sistema. Y Syriza era la prueba griega de que, en efecto, se podía.

En 2015, los medios de comunicación en España informábamos de la carrera política en Grecia como si no hubiera un mañana. O porque pensábamos que lo había: un mañana que podía llegar a traer tantos y tan relevantes cambios para Europa que era obligado atender al electorado griego. La recesión de los países del sur de Europa que iba a llevarse por delante la moneda única, la política económica común, la hegemonía alemana. Iba a saltar por los aires el Banco Central Europeo.

La nueva izquierda que decía beber, en España, de las esencias del 15-M predicaba que el sur de Europa se asfixiaba y que Alemania quería darle la puntilla para que no volviera nunca a levantar cabeza. Rajoy era un pelele de Merkel y el PSOE era un partido en retirada. La socialdemocracia europea agonizaba, achicado su espacio por los nuevos partidos de izquierda con sus propuestas radicales, su discurso contra el sistema, contra la casta, contra el euro.

Y ahí estaba Alexis Tsipras, el gran revulsivo. El líder que conectó con los sectores sociales que peor lo estaban pasando. El que ofreció esperanza. El que prometió milagros. Tsipras fue un fenómeno político aún mayor que su homólogo Iglesias en España. Porque el griego ganó las elecciones generales en enero de 2015. Y porque las volvió a ganar en septiembre después de haber hecho lo impensable: se resitió, como había prometido, a firmar las condiciones del rescate de los gobiernos europeos; convocó un referéndum para que el pueblo hablara (ahí cogió la puerta el ministro Varoufakis); el pueblo habló y dijo 'no' a las condiciones (al chantaje, decían los portavoces de Podemos en España, Grecia, cuna de la democracia, había dado una lección de libertad a Europa, todo aquello que se decía); pero celebrado el referéndum Tsipras decidió ignorarlo; firmó la rendición, convocó elecciones y volvió a ganarlas. Un primer ministro triunfante después de haber desoído la voluntad popular. Un fenómeno.

Hoy, que ha caído Tsipras en Grecia y ha ganado con mayoría absoluta la derecha, es un buen día para preguntarse qué le ha pasado a Syriza y en qué han quedado tantas profecías incumplidas que se hicieron en 2015.

Cuatro años después, con la derecha de regreso en el poder en la persona de un Mitsotakis hijo de otro Mitsotakis, el interés por Grecia de los medios en España es muy inferior a la de hace cuatro años. El interés de Podemos dejó de ser hace ya tiempo, cuando entendieron que conquistar el cielo del poder había transformado al rebelde Tsipras en un primer ministro obsequioso que, lejos de generar problemas, contribuía a solucionarlos en Europa. En el próximo Consejo Europeo la derecha tendrá un gobernante más y la izquierda, un gobernante menos. La izquierda revolucionaria que vino a sacudir el tablero seguirá sin tenerlo.

En Grecia las transiciones se hacen rápido. Hoy mismo empieza el traspaso de poderes. Tsipras deja el despacho para que lo ocupe el siguiente. En Grecia no hay periodos de luto ni semanas eternizadas para no terminar de resolver nunca las investiduras.

A veinticuatro horas de que Pedro En Funciones eche otro par de horas charlando sobre la mar y los peces con Pablo Casado y sobre el gobierno de consolación con Pablo Iglesias, en Podemos han cortocircuitado el enésimo argumentario de la factoría de la Moncloa. El jueves noche explicó Sánchez que el principal problema que él le ve a esto de gobernar con Iglesias es la autodeterminación de Cataluña. Con una discrepancia tan enorme, ¿verdad?, cómo voy a ponerte de ministro de Trabajo, Pablo.

Podemos salió ayer al quite ofreciéndose a firmarle un papel a Pedro que diga que hacen suyo lo que él diga en cada momento sobre Cataluña. No sólo eso: se comprometen a no defender más el referéndum de autodeterminación (estos son mis principios, si te estorban me hago unionista, que es como Podemos llamaba hasta ahora a los defensores de la soberanía nacional).

Asistimos a la negociación más rara de la historia de las negociaciones. Dos líderes que hace nueve meses estaban retratándose en Moncloa como siameses y que ahora se lanzan ofertas y contraofertas a través de los medios de comunicación. Propaganda va, propaganda viene. Y la negociación de verdad sin empezar.

En la crónica, en fin, de la España que grita hoy tenemos doble escenario: Pamplona, procesión de San Fermín, Madrid, marcha del Orgullo.

UPN, fuera, fascistas, hijos de… El repertorio habitual. Gritado por los excelsos demócratas afines a Bildu en la procesión de San Fermín. En Pamplola ahora gobierna UPN (Navarra Suma), 13 concejales, y ha dejado de gobernar Bildu, 7 ediles. Lo cual a los de Bildu (a algunos de ellos) les tiene muy soliviantados. Porque el nuevo alcalde no permitió que ondeara la ikurriña en el balcón durante el chupinazo.

En Madrid, la marcha del Orgullo resulta que era una manifestación contra Vox y contra el PP y Ciudadanos por pactar con Vox, según alegan los convocantes de la marcha para justificar que algunos asistentes bloquearan el paso a los dirigentes de Ciudadanos, les increparan, les llamaran fascistas (y lo de siempre), les lanzaran agua y cerveza y tuvieran que salir de allí, dos horas después, con la policía abriéndoles paso.

Una cosa es manifestar la discrepancia con el comportamiento de un partido político (se corea, se pinta una pancarta) y otra es acosar, insultar, arrojarle agua o forzar el abandono de los políticos que, con todo derecho, se han sumado a una manifestación que, por definición, está abierta a quien quiera acudir. La tolerancia es esto: aceptar que marchen a tu lado quienes mantienen posiciones diferentes a las tuyas.

Flaco favor le han hecho al Orgullo consiguiendo que el clima abierto de otras ediciones —aquello de todo el mundo es bienvenido— haya sido mermado por esto que, al final, ha acaparado las portadas.