OPINIÓN

Monólogo de Alsina: "Los niños han demostrado su capacidad para resistir y mantener el buen humor en cautividad. Es hora de que se les tenga en cuenta"

Diario de la pandemia. Catorce de abril. Ya queda un día menos para dejar todo esto atrás.

Carlos Alsina

Madrid | 14.04.2020 08:21

· La cuarentena se nos hace larga y el paisaje que deja la epidemia es cada día más duro. Aun siendo cierto –--que lo es—que los números son cada día menos negativos. Aun siendo cierto –-que lo es— que el paso de los días confirma que las peores jornadas ya pasaron. Que va aflojando el diluvio. Que amaina la tormenta. Pero lo hace sobre la tierra anegada. La consternación, y el dolor, no se drenan de un día para otro.

· Al mediodía llegará esto que el presidente, vestido de comandante en jefe, llama el parte fatídico de cada día. Lo es para quienes aparecen ahí, sin nombre, sin apellido, hechos números en una columna que dice diagnosticados, en otra que dice fallecidos. Lo es incluso para aquellos que están en la columna más alentadora, que se llama curados. Alienta saber que 62.000 de los nuestros han superado la enfermedad y que son más las altas hospitalarias que los nuevos contagiados en Madrid. Incluso para los curados es un golpe tremendo lo que les ha pasado.

· Los analistas de curvas coinciden en que la caída en el número de nuevos contagios está siendo lenta. ‘Lenta’ significa que se está reflejando desde hace una semana el resultado del confinamiento que empezó el 15 de marzo. Confinados y todo, hay casi cuatro mil nuevos contagiados cada día. Dónde y por qué se contagian. Se da por seguro los hospitales, ahí están los profesionales sanitarios con su alto porcentaje de positivos. Se dan por seguro las residencias, agujero negro de esta epidemia y bochorno para la sociedad que formamos todos. Y permanece la duda principal, que son los hogares. Cómo y por qué, pese al encierro general, nos seguimos contagiando en las casas. Cómo, por qué y cuánto.

· David me contó ayer por la tarde que le acababa de entrar un mensaje en el grupo de guasap de la familia. Era de su primo, que trabaja en una residencia. Dice: ‘Nos han hecho la prueba a todos los trabajadores y abuelos y los 270 que estamos hemos dado negativo’. Ambiente de fiesta en el grupo. Bueno, de fiesta no. De alivio.

· A Luis, que vive en Zaragoza, no paran de entrarle guasaps de gallegos. ¡Desconocidos! Que quieren que les felicite el cumpleaños. Luis, que está casado y tiene dos hijos de 6 y 4 años, no tiene la menor relación con Galicia. Hasta ahora, que cada vez que suena el guasap los niños dicen: ¡otro gallego! Hubo un error en el número que publicó Protección Civil de una ciudad gallega para que las familias que tuvieran mayores viviendo solos enviaran sus datos para poder ir a felicitarles el cumpleaños. Y no hay día que no le entre algún mensaje. Él responde aclarando que vive en Zaragoza y que es una confusión, pero le queda el mal sabor de boca, me dice, de no poder ayudar en algo a los abuelos de Galicia. Con quienes siente una especie de hermandad transautonómica.

· Manuel, que ha visto en la televisión cómo se reparten mascarillas en las estaciones de tren, me recuerda que hay miles de ciudadanos confinados que no han podido comprar ni guantes ni mascarillas porque no quedaban en las farmacias. ‘Salimos a hacer la compra sin protección alguna. No pido al Estado que lo re-gale ni que nos lo entregue en casa, pero sí que nos garantice que en la farmacia lo tienen para poder comprarlo’. Sé que las farmacias están como Manuel, esperando a recibir medios para poder distribuirlos. Y no me parece mala idea que igual que se reparten en las estaciones se repartan, si es que hay para to-dos, en otros puntos.

· Otro David, Tejera, periodista, ha escrito el relato más fiel de cómo vive un paciente grave el coronavirus. Lo sabe porque ese paciente ha sido él. El polvo de yeso. El peso siendo plomo. La furia. ‘La noche es un trasiego de enfermeras, tomando tu temperatura, midiendo tu oxígeno con el dedo. Descubres que la pared de tu derecha está más fría que tú. Pegas la frente. Algo alivia. Casi la abrazas. Jamás habías abrazado una pared. Notas que los médicos se preocupan. Ya has aprendido qué registro de oxígeno es normal y cuál es bajo. Si estás en 98, estás bien. 92-91 estás muy justo. Si bajas de 90 hay que llevarte a la UCI. Ya te cuesta moverte en la cama. Pesas como plomo. Hasta tus manos. Cuando cae la noche eres polvo de yeso. Ni una gota de agua en tu cuerpo. Bebes cada veinte segundos. Te estorba la máscara. Dos días más y te informan de que si hay que intubar, tienes plaza en la UCI. Eso significa que otros pueden no tenerla. Un día más y la doctora dice por fin algo que ni soñaste escuchar: lo peor ha pasado; al fin reaccionas. Estás en 95 de oxígeno. Lloras por dentro y luego por fuera. Ves luz. Escribes un par de mensajes para ahorrar sufrimiento. El guasap revienta’.

· Cuenta más cosas Tejera. Que no quedaba reactivo para hacer los test. Que vio enfermeras protegiéndose con bolsas de basura y esparadrapo. Que sientes furia cuando mejoras algo. Furia contra los de ahora y los de antes.

· Macron, en Francia, le ha puesto ya fecha al comienzo de la post cuarentena. 11 de mayo. O sea, de aquí a un mes. Apunto la fecha porque los gobiernos europeos son muy de copiarse unos a otros las decisiones. Y ahora también, las fe-chas.

Leo que el francés ha hecho autocrítica. ‘No estábamos preparados para esta crisis’, dijo. Que es como se dice en francés esto otro que le dijo Miguel Angel Revilla a Pablo Motos: que el coronavirus les ha cogido a todos en bolas. Aunque veo que Macron, después de tan tibia autocrítica, añadió que no estaba preparada ni Francia ni los demás países del mundo.

Esto de diluir los efectos de la epidemia en casa en los efectos de la epidemia en el mundo mundial es muy de los gobernantes europeos. Y entiendo que lo hagan porque es aquí, en Europa, donde más cuesta explicar –-Italia, Francia, España— qué nos ha pasado para que el coronavirus se haya extendido más rápido y con más fallecidos que en países que tuvieron menos tiempo para prepararse.

· He comparado las respuestas que dos ministros del mismo gobierno dieron ayer a una misma pregunta. Le pregunté aquí a la ministra Darias por las quejas de los gobiernos autonómicos en el reparto de las mascarillas.

A la misma hora les estaba preguntando por los reproches de gobiernos autonómicos del PP Iñigo Alfonso en Rne a José Luis Ábalos.

En fin, son dos estilos. La ministra que evitar entrar en polémica y agradece el trabajo de los demás. Y el ministro que entra de gordo en la polémica y sugiere que el adversario desea que todo vaya fatal. El pacto de la Moncloa sigue como ayer, o sea, sin estrenar. Y Adriana sigue retuiteando.

· Un colega me comenta que el comercio de proximidad vive lo contrario a una hibernación, está floreciendo. Matiza, claro, que se refiere al comercio de alimentación. Las tiendas del barrio están salvando la situación a muchos consumidores que acuden a ellas más que antes. Son la excepción, es verdad, a la legión de pequeños comerciantes que bajaron la persiana hace un mes y aún no saben cuándo podrán abrirla. No sé cómo de aliviados se sentirán hoy autonómos y pymes cuando el gobierno anuncie que les permite aplazar a mayo el IVA y el IRPF. No sé qué habrá cambiado de aquí a mayo para todos ellos. Salvo que el viernes cobrarán la prestación por cese de actividad, el mal llamado paro de los autónomos.

· Escucho al ministro Illa decir que toca mantener el confinamiento estricto de los niños en las casas.

Y pienso que sabiendo lo que pasó con otras medidas que el gobierno no veía aconsenjables, es posible que el recreo para críos se acabe aprobando un día de estos.

· Ana me dice que echa en falta a los niños, desaparecidos desde hace un mes de las calles. Estos seres diminutos necesitan tenidos en cuenta porque han demostrado su capacidad de adaptación, su resistencia y su buen humor. ‘Ahora sólo escucho las voces de los niños en tu programa, como esa niña tan simpática que chilla desde su ventana’. Sé de quién hablas, Ana, es la famosa niña confinada.

Son legión los padres que se declaran gratamente sorprendidos porque han descubierto que sus hijos sí sabían portarse maravillosamente bien, pero hasta que no llegó el confinamiento no quisieron que se notara. Y es verdad, hasta ahora los críos han sido muy tolerantes con el terrible agravio comparativo que supone que el perro pueda salir a hacer sus necesidades y ellos no puedan salir a patear un rato la calle, que viene a ser la versión infantil y humana de hacer su necesidad, airearse.

· No tanto como la niña confinada, pero a Vega y a Arlet, que son de Valencia, se les nota también que están ya hasta a punto de explotar por el confinamiento.

Niñas en cautividad. Una bomba de relojería.

· Un saludo a Lola. Perdón, a Maku. Bueno, a las dos, Maku y Lola, que nos escuchan mientras dan un paseo a estas horas. Lola es la perra que saca a pasear a Maku. Y Maku es la madre de Aurora y de Mencía, que son dos señoras mayores de cinco y cuatro años. No, cincuenta y cuatro no. Cinco (Aurora) y cuatro (Mencía). Las dos son súper tranquilas. Están llevando lo del confinamiento bastante bien. A veces se preguntan por qué no pueden salir a la calle a jugar, o a acompañar a su madre y a Lola, y ellas mismas se responden que es por culpa del coronavirus. Su madre dice que no les gusta pegar a nadie, no pienses mal, pero que el otro día que estaban así de bajón y con Aurora llorando porque no se puede salir, decidieron darle una paliza imaginaria al coronavirus éste, toma que toma que toma, y echarlo ¡a los tiburones! Tan a gusto que se quedaron. Las hijas, la madre y hasta Lola, que es la reina de la casa.

· Otra madre, que se llama Marta y vive en Almería, pide la palabra un momento.

· Cuántas madres y padres, orgullosos de cómo lo están llevando sus criaturas, pagarían porque mañana mismo volviera a haber cole. Todos sabemos que no lo habrá. Ni mañana ni ya veremos si el mes que viene. Pocas cosas más difíciles que mantener a los enanos de primaria alejados unos de otros dos metros, por si acaso.

La cuarentena se hace larga y el paisaje que va dejando la epidemia es amargo. Pero para eso nos hemos buscado un himno. Para convencernos, cada mañana, de que a pesar de todo el cielo sigue sienzo azzurro. Esto que suena ahora es una niña que se llama Clara y que os regala a todos un indicativo.

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