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MÁS DE UNO

El monólogo de Alsina: "Cambia Andalucía"

En cuatro horas empieza el movimiento de tierras. Desde la noche del dos de diciembre se sabe que esto iba a llegar, pero es hoy cuando empezarán a verse los efectos.

Cambia Andalucía.

Carlos Alsina  |  Madrid |  27/12/2018

Bueno, de momento cambian las instituciones autonómicas andaluzas, el poder político. Que eso se traduzca luego en cambio social, cambio económico, cambio en la vida corriente, en los indicadores de bienestar, en el protagonismo de la sociedad civil en detrimento de la influencia asfixiante de los partidos es el reto que asume la pareja Moreno-Marín, el PP y Ciudadanos. Tantos años prometiendo lo diferente que sería todo el día que el PSOE fuera descabalgado del poder, han puesto el listón de las expectativas en lo más alto. Y el peor pecado de quien mucho promete es defraudar a quienes confiaron en él.

Cuando termine este día el Parlamento andaluz tendrá un presidente/a que no se define de izquierdas. Primer cambio de los muchos que vienen. Cuando termine el día, la mesa del Parlamento andaluz estará compuesta por diputados de cinco grupos parlamentarios. Los cinco que hay y cuyo tamaño obliga a pactarlo todo, como poco, entre tres. Segundo cambio de los muchos que vienen. Cuando termine el día, el debutante, Vox, habrá contribuido a que la presidencia del Parlamento la ocupe el partido veleta, como llaman a Ciudadanos, el que le hace el cordón sanitario, según Santiago Abascal, el que no quiere saber nada de ellos. Vox está en el acuerdo para que el presidente de la cámara sea naranja. Por un lado va el discurso y por otro van los hechos. Los cambios que empiezan a hacerse realidad esta mañana.

En quince días, el Partido Popular post marianista conseguirá contra pronóstico gobernar la región que se le resistió treinta y ocho años. En quince días Pablo Casado, el líder que abatió a Soraya, celebrará el nacimiento de un nuevo barón regional, Moreno Bonilla, el hombre al que envió a Andalucía Soraya. La historia se escribe así, con giros de guión y escenarios inesperados.

Ahora ya sí proclama abiertamente Moreno que la Junta de Andalucía, a mediados de enero, será suya. Suya y de Juan Marín. Lo proclama ahora porque el pacto para la mesa del Parlamento es también el pacto para la investidura de enero. Y porque la prueba más nítida de que Bonilla va a gobernar es que el PSOE ya ha empezado a hacerle oposición. Como si tuviera prisa por estrenarse en esta nueva, y para él, inédita tarea, el PSOE andaluz ya ejerce como oposición. Recurriendo a un argumento poco ideológico, porque el programa que han pactado Bonilla y Marín es tan socialdemócrata que hasta el susanismo podría hacerlo suyo. El reproche no es ideológico sin contable. No solo del consejero de economía en funciones, Ramírez de Arellano, sino una ministra del gobierno de España. La de Hacienda, que es andaluza y que antes se encargó de hacer las cuentas autonómicas. Sin esperar a la investidura, sin esperar a que Susana Díaz salga de San Telmo, ya ha empezado la ministra a hacer lo que no ha hecho con los gobiernos autonómicos que ya existen: criticar sus pretensiones de gastos.

La ministra socialista invocando la ley de estabilidad de Montoro para hacer oposición preventiva: a ver si van a ponerse ahora Moreno y Marín a gastar más y bajando impuestos. En qué situación dejarían al gobierno anterior, ella incluida, si fueran capaces de cuadrar ese círculo.

Las promesas hay que cumplirlas y eso le toca ahora al gobernador y el vice gobernador de esta región a la que tantas veces se prometió convertirla en la California europea, nuestro Sillicon Valley, todas aquellas cosas que se dijeron. Y confiemos en que no echen mano los nuevos gobernantes del recurso fácil de echarle la culpa de todo al gobierno central, el comodín del culpable madrileño que con tanta vehemencia utilizó Susana Díaz cuando Rajoy habitaba la Moncloa. Las derechas que sólo sabían despreciar a los andaluces y que nunca habían hecho nada bueno por esta tierra van a recibir el encargo de cambiar Andalucía. Resulta que había andaluces de derechas, de centro e incluso de extrema derecha que eran tan andaluces como Chaves, como Griñán y como Díaz.

Está empezando la nueva vida de Susana Díaz. La vida política de quien comprueba que el teléfono ya no suena como antes, que dejan de hacerte la pelota, y de agradarte, y de arrimarse para ver qué les cae. Vida política, pero en la oposición. Toda su carrera la hizo Díaz en el aparato de un partido que siempre tuvo el poder. La fortaleza de Susana era la fortaleza de un partido cuya condición hegemónica siempre estuvo ligada a la administración pública. ¿Cómo de poderoso seguirá siendo el PSOE andaluz ahora que no dispone de la potencia de fuego del gobierno regional? ¿Cómo de líder puede ser Díaz ahora que va a probar, por primera vez en su vida, su historia y la de su partido, el amargo sabor de hacer política sin manejar un presupuesto público de treinta y cinco mil millones de euros?

Ayer se declaró convencido de que queda mucha Susana uno de sus mentores, Zapatero, el mismo que pronosticó que arrasaría en las primarias del partido y dirigiría con acierto el PSOE. Zapatero, susanista tardío pero entusiasta, aprovechó ayer una pregunta que le hicieron para intentar popularizar una ocurrencia que ha tenido él.

El three party, que suena a tea party y hace pensar en gente muy de derechas y muy Sarah Palin. En español, como sabe Zapatero, un three party es un tripartito. Palabra satanizada en la política española desde que el PSC pactó con Esquerra Republicana e IU gobernar juntos Cataluña y salió la cosa como salió. No hace falta recordárselo ni a Zapatero ni a Montilla. Ni a los dirigentes que ha ido teniendo el PSC menguante.

El Senado deshará hoy la nueva senda de estabilidad que aprobó el Congreso la semana pasada. La mayoría absoluta del PP tumbará el único fruto concreto que hasta hoy ha conseguido Pedro Sánchez de su política de agradar a Puigdemont y Junqueras: el voto favorable al nuevo objetivo de déficit. Ningún otro cambio se ha producido en la posición de los líderes independentistas. El de Waterloo le clavó ayer una banderilla porque dice que en el PSOE hay un desbarajuste sideral y no se sabe quién manda. Eso lo dice el fundador de la Crida que ha dinamitado lo que quedaba de Convergencia Democrática, un master and commander de la política de partido. Y Torra le empañó la navidad desvelando que le llevó un regalito el jueves pasado a Pedralbes: su lista de la compra. Las veintiuna exigencias del gobierno independentistas. Es decir, en qué consiste para Puigdemont el diálogo. Y consiste en que Cataluña sea tratada como un Estado con el que España tiene que negociar el desenganche. Mediadores internacionales, hoja de ruta y toda la pesca. Si le dejan, la próxima reunión no la hace en Pedralbes, la hace en Oslo.

La única ministra a la que se pudo preguntar ayer por los veintiún mandamientos del padre Torra se escurrió de la pregunta. Tiró Montero del estribillo éste de que el gobierno destensa y abre camino.

Nadie más del gobierno ha salido aún a decir nada sobre el documento deTorra. Que en efecto, le fue entregado a Sánchez, que en efecto es la base de lo que Torra llama el diálogo (de esto es de lo que quiere hablar, no de un estatuto nuevo) y que, en efecto, el gobierno ocultó a la opinión pública porque dice que lo importante el otro día era el comunicado conjunto. Hombre, no. Lo importante era saber esa reunión tan fructífera en qué había consistido de verdad. En qué estaba pensando cada uno de los interlocutores cuando hablaban de una solución política acordada. Torra ya ha empezado a contar cómo fue la cosa. Con Sánchez seguimos esperando