TIENDA DE CAMPAÑA

El debate que nunca existió

Los mensajes del primer debate de la campaña andaluza son analizados por Manuel Prieto en esta jornada de campaña.

Manuel Prieto Romero

Sevilla | 07.06.2022 17:22

Juanma Moreno, Juan Espadas y Juan Marín en el primer debate electoral
Juanma Moreno, Juan Espadas y Juan Marín en el primer debate electoral | Agencia EFE

Si alguno de los votantes andaluces esperó hasta las tantas de la noche para decidir su voto antes de irse a la cama, estoy convencido de que tranquilamente pudo acostarse con las mismas dudas con las que previamente se sentó ante el televisor. O con ninguna, que viene a ser lo mismo.

El debate, que es un eufemismo electoral sobre lo que en la justicia se llama asistir a las testificales de un juicio oral, no fue sino una retahíla de testimonios, en tercera persona, sobre hechos consumados que nadie parecía haber presenciado ni podía probar. “¿Es verdad que Andalucía ha progresado algo en los últimos años?... No, señoría, entonces yo ya no estaba allí. No estoy seguro de si pudo ocurrir en alguno de mis años de ausencia” “¿Conoce usted a alguien que haya cobrado la subvención de la ley de dependencia?... En el cajón de los expedientes sin tramitar habíamos dejado 100.000 nombres de los que desconocía su situación, pero no sé qué fue de ninguno de ellos”. Y así con todo, hasta pasadas las doce de la noche.

Más que un debate, pareció un extraordinario ejercicio de prestidigitación en el que nada aparecía ni desaparecía a la vista del público -ni dados, ni palomas, ni por supuesto conejos- porque todos discutían sobre la misma capa del mago y ni siquiera reconocían la existencia del sombrero. ¿Cómo se puede sacar ningún pájaro de un sombrero de copa cuándo de antemano niego la realidad del mismo? Abracadabra.

Por empezar por el principio, diremos que el debate lo ganó Juanma Moreno. No hay más. No porque el presidente estuviera extremadamente meticuloso en sus intervenciones ni porque los argumentos aplastantes dejaran noqueados a los contrarios, sino porque obtuvo del debate exactamente lo que quería sacar, que era presentar con humildad sus logros de gobierno y asistir a un espectáculo en el que pretendía ver la decepcionante actuación de los otros.

Él era el artista invitado y lo sabía, pero en un debate a seis, sus asesores y augures le habían aconsejado pasar tan desapercibido como le fuera posible en el convencimiento de que la plaza estaría esa noche tan llena de impostores que jamás le reconocerían ningún mérito propio. Y, por tanto, hizo como Curro Romero en sus gloriosas tardes en la Maestranza en las que con un público doliente pero entregado busca la comprensión y el perdón con tal de no arruinar su siguiente actuación: media verónica de tanteo, un par de muletazos en la línea de picadores y descabello en tablas con la puntilla económica. El faraón salió intacto. Y el público se marchó dispuesto a seguir comprando una próxima entrada para su reaparición. Nada que objetar.

Pero con ser Juanma el ganador del debate, el que mejor estuvo, con diferencia, fue el candidato de Ciudadanos, Juan Marín. Él apechugó con la defensa de la acción del gobierno, del que en primera persona se sentía partícipe y responsable, con la presentación de datos y dando las réplicas en tono de reproche sobre el papel histórico de sus adversarios. Dicen que Juanma le ha prometido un cargo, aunque no salga de diputado, y anoche se lo ganó plenamente para toda su cuadrilla.

Juan Espadas, apocado como el que se sabe en el uso de una casa ajena y tiene miedo de tocar los platos, pisar lo mojado o usar el porche, tuvo ocasiones para presentar a una Olona como futura vicepresidenta de un gobierno de coalición, chillona y punzante, pero perdió la ocasión, enfrascado como estaba en disculparse permanentemente por haber sido protagonista principal de las anteriores cuatro décadas de gobiernos socialistas. ¿No me podía haber dejado un legado mejor?, le llegó a espetar el presidente Moreno y ahí acabó con la actuación del debutante.

Las izquierdas salieron de la misma forma que entraron, divididas. Pocos esperaban más de ellas aunque, como mínimo, por esta vez no se dieron estacazos como es costumbre ni estuvieron al quite del rival. Se decía de los andalucistas que eran cuatro y que cabían juntos en un taxi pero que siempre viajaban separados porque no se podían ver. En este caso ocurrió lo mismo: dos taxis a la puerta de TVE para contar lo mismo dos veces.

En suma, todos ganaron, todos perdieron. En una tarde que, sin llegar a la categoría de charlotada, tampoco será de las grandes faenas que se recuerden en el futuro. No hubo anoche toros en Sevilla. Y mucho menos conejos.