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ECC reedita la serie que encumbró a Neil Gaiman en su 25º aniversario

Desmontando a The Sandman en siete actos y una zanahoria (I)

He llegado a una conclusión: Realmente, no es nada fácil hablar de algo que uno admira. Ya lo dije en su momento e insisto. Creo que llevo unos tres meses intentando escribir esta reseña y engañándome a mí mismo para retrasarla sólo un día más y así otro y otro y otro… El caso es que en todo este tiempo, no sólo me he visto dominado por la dictadura del folio en blanco, sino que me he arrancado la barba a mechones buscando la manera de hablarles de uno de los cómics más leídos, laureados y premiados de la historia. O lo que es lo mismo, uno de los cómics que más han influido y sobre el que más se ha escrito y estudiado de los últimos veinticinco años. ¿Qué puedo añadir yo que no se haya dicho? Como les decía no es nada fácil, por partida doble. Total, que pensándolo mucho he optado por la humildad, que no es muy original, pero sí bastante más honesta. Haré lo que pueda, que no es poco, deteniéndome, eso sí, en aquellos detalles que espero les resulten tan interesantes como a mí. El resto lo pueden ojear por internet una tarde lluviosa. Esto, amigos, es The Sandman, como nunca antes lo habían leído (o algo así).

Mario Terol | Madrid | Actualizado el 19/07/2018 a las 03:37 horas

Ilustración de Morfeo, el señor del Sueño

Ilustración de Morfeo, el señor del Sueño / Héroes y Villanos

1:1 En el principio creó Neil los cielos y la tierra

Seamos sinceros, The Sandman es hoy un icono popular pero, ¿cuántos en su sano juicio hubiesen pensado su posterior trascendencia cuando leyeron aquél primer número en enero de 1989?

No me andaré por las ramas, existen dos tipos de historias, las buenas y las malas. <¡Cráneo previlegiado!>, pensarán. Paciencia, me explico, aunque dejaré de lado las malas. Están las historias brillantes, impecables de principio a fin tipo Watchmen de Alan Moore y Dave Gibbons, El regreso del Caballero Oscuro de Miller, El padrino I y II o Superlópez y la Gran Superproducción sin fisuras, redondas, eternas y que están donde se merecen por sí mismas (unas más que otras). Están aquellas otras que empiezan de forma espectacular y que inexplicablemente acaban desinflándose hasta convertirse en un excremento de Kaiju (me van a perdonar pero tengo muy reciente Pacific Rim), véase Lost, por ejemlo (sí, es el rencor y la sensación de pérdida de tiempo lo que sale por mi boca). Una variedad de ésta última es aquella que empezando de manera excelente sufre pequeñas pájaras, en lo que se ha denominado el síndrome de la montaña rusa, afortunadamente, retomará la trama de forma bastante decente o incluso genial, es el caso de 100 balas del tándem Azzarello y Risso, Fábulas de Bill Willingham o alguna temporada de Breaking Bad, sin ir más lejos. Y, luego están aquellas otras, que vaya usted a saber por qué, empiezan de forma titubeante y crecen y crecen y crecen y acaban saliéndose por todos los lados… Personalmente, los ejemplos más destacables de este selecto grupo son Preacher de Garth Ennis y Steve Dillon y, por supuesto, The Sandman.

No existe un motivo unánime que explique este peculiar misterio y me temo que ni todo el equipo de Iker Jiménez trabajando a destajo podría resolverlo. Porque con independencia del talento del creador, hay que tener presente, que en muchos casos, son otros factores los que actúan en el devenir de la historia y por lo tanto, en su resultado final: presiones económicas o editoriales, la paciencia del editor o productor, el éxito o fracaso que obtengan los primeros números… C`est la vie.

En fin, retomando la pregunta retórica con la que comenzábamos, hay que reconocer que aunque nos duela, los primeros episodios del Señor del Sueño son un cagarro. Y no lo digo yo, el propio Gaiman le quita hierro al asunto en su introducción a La casa de muñecas, el segundo volumen de la saga, afirmando que desconfía tanto de las moralejas como de los principios pero ‘Si no hay principios, no puede haber finales’. ¡Qué jodío! ¿Y a otra cosa mariposa, no Neil?… Bueno, sin que sirva de precedente, romperemos una lanza a su favor, añadiendo que uno de los defectos que más alienta a sus detractores, es su supuesta incapacidad para construir clímax que estén a la altura de las presentaciones y nudos que prepara. Vamos, que lo suyo no son los grandes artificios, ni al principio ni al final. Eso sí, que a nadie se le olvide una cosa: esta historia fue un encargo de DC en su afán, allá por los 80, de revitalizar antiguos personajes de la franquicia. Un encargo que él mismo había escogido, como hiciera antes con el personaje de Orquídea Negra. Lo que quiero decir es que hay historias a las que les cuesta arrancar, bien por su complejidad, por su ritmo, por sus personajes o porque el autor no acaba de encontrar su voz… y ésta es una de ellas. Lo siento, majo, no me valen tus excusas.

1:4 Y vio Neil que la luz era buena; y apartó Neil a la luz de las tinieblas

Seguro que alguna vez se han encontrado en esa situación en la que el típico historiador o crítico de turno está diseccionando vuestro poema, obra de arte o película favorita… y no para de citar alusiones y referencias y metáforas y la hostia de cosas más… Que uno en su diminuta insignificancia se pregunta: pero cojones, ¿realmente los autores tenían todos esos detalles presentes cuando estaban creando su obra? Les pondré un ejemplo que a mí me tranquiliza bastante. Se trata de un documental sobre la obra de Picasso. Un reputado y mediático historiador de arte (que no citaré) analiza minuciosamente la simbología del Guernica y en un momento de su exposición, asegura que el dolor y la impotencia del pueblo vasco se ven reflejados claramente en la boca agonizante del caballo y su lengua afilada. Cambio de plano. Aparece Picasso algo distraído, incómodo, con sus ojos de loco perdidos fuera de plano. Una voz en off le pregunta el motivo por el que la lengua del caballo en el Guernica es puntiaguda. "Me salió así", responde. No hay más preguntas, señoría.

Sólo quiero demostrar que, a veces, una obra es tan grande como le permiten serlo. Y ahí tienen mucho que ver la repercusión e interpretaciones que le atribuyan o que admita. Con The Sandman, gracias a sus más de dos mil páginas de mitología, no hace falta referir que esa parte ya está cubierta. Por si no fuera suficiente, Neil Gaiman, entre otras muchas cosas, es una de las personas que mejor publicidad sabe darse de sí mismo y de su obra. Sólo basta con releer alguna de las entrevistas que concede o decenas de tweets que lanza al día para darse cuenta de ello. Por otro lado, siendo franco, si existe un puñado de mentes enfermizas capaces de tener tal control sobre lo que quieren hacer, me temo que él es uno de ellos. Lo dejamos en empate y todos contentos.

Lo que me gustaría dejar claro, puesto que esta primera aproximación está centrada en el principio de The Sandman, es que para mí y para otros muchos, éste no llegará hasta el capítulo 6 del primer volumen de la saga, Preludios y Nocturnos, una auténtica pesadilla llamada 24 horas. Historia perturbadora donde las haya sobre el delirio colectivo y paulatino de los clientes de un bar, que acabarán suicidándose tras un éxtasis onírico. Más allá de la pérdida de lectores (al parecer hubo quien no asimiló el giro de los acontecimientos), con este capítulo, Gaiman encontró por fin su voz dentro de la historia y comprendió que había creado el contexto ideal para poder contar lo que realmente tenía que contar.

Y me temo que por hoy ya está bien. Dulces sueños.

Edición original: The Sandman: Preludes and Nocturnes 1-8 USA.

The Sandman: THe Doll´s House 9-16 USA.

Publica: ECC COMICS

Guión: Neil Gaiman

Dibujo: Varios Autores

Formato: Cartoné, 240 págs. Color

Precio: 17,95 €