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OPINIÓN

Monólogo de Alsina: "O Sánchez traga con tener de vicepresidenta con galones a Irene Montero o la investidura no sale"

Ánimo, que ya vamos llegando a puerto. Siete días más, y se acaba julio. Rozamos ya con la punta de los dedos el mes de agosto.

Carlos Alsina
  Madrid | 24/07/2019

Ánimo, que en treinta horas se resuelve la segunda votación y dejamos de darles la lata con la investidura. El plazo para pagar termina mañana a la una y media de la tarde. Si el candidato paga, tiene la presidencia asegurada para cuatro años. Si el candidato no paga, tendrá dos meses de propina para darle una vuelta y terminar pagando.

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Hasta el viernes pasado la doctrina dominante decía que Sánchez deseaba repetir las elecciones para laminar a Podemos y que Iglesias, con su empecinamiento en conseguir sillones, estaba cavándose la tumba para noviembre. Desde el viernes, sin embargo, el idílico horizonte gubernamental hace agua y no parece que el presidente esté loco por ir a las urnas de nuevo. Más bien al revés: en lo que está es en conseguir que el pacto con Podemos, gobierno de coalición mediante, le salga lo más barato posible. (Lo más barato una vez que ha tragado con pagar el precio de compartir el poder con el partido que le disputa el favor de los votantes de izquierdas).

Las dos primeras jornadas de la investidura fallida (provisionalmente fallida a la espera de lo que suceda mañana) han servido —y hay que agradecérselo sobre todo a Iglesias— para que el equipo de Sánchez empiece a hablar claro. Se cayeron las caretas y estamos en lo que estamos: o el líder traga con tener de vicepresidenta con galones a Irene Montero o la investidura no sale. Cuando has vetado a pulmón lleno, y en prime time, a Iglesias como ministro…no puedes repetir la jugada con la portavoz parlamentaria de su grupo, mano derecha, mano izquierda y madre de sus hijos. Qué iba a decir ayer Carmen Calvo sino que ellos, hombre por dios, jamás le han puesto la cruz a un nombre (excepto el de Iglesias, se entiende).

Hay que agradecer a estas dos primeras jornadas de debate que se haya confirmado todo lo que era un clamor pero el PSOE negaba. Se negocia, desde la semana pasada, un gobierno de coalición y el escollo ya no es Iglesias sino Irene Montero y los otros. Es decir, la cuota de poder real que Sánchez está dispuesto a ceder a los morados para poder seguir disfrutando del colchón de la Moncloa. Eso es todo: sillones y cuota de poder real. Si acaba habiendo un gobierno de coalición en España (y veremos al equipo de propaganda sanchista convertir el sapo en un hito, qué proeza) no será porque el presidente celebre la fórmula. Será porque la otra parte le ha tomado la medida, ha aguantado la presión de la pantanada de ministros predicando argumentarios averiados, y ha mantenido el precio en la banda alta.

Clarificado el panorama, se acabaron los cuentos, las tergiversaciones y las mentiras. Esto que los propagandistas modernos —muchos de ellos con sueldo público— llaman, camuflando su propia actividad, el relato.

El relato decía hace una semana que nadie en el PSOE, repito, nadie, toleraría que Podemos tuviera ministerios. Mucho menos los peces gordos de Podemos. Lo contaban las crónicas: unanimidad en el partido contra el gobierno de coalición. Sánchez reunió a su ejecutiva con la finalidad no de que analizara nada, sino de salir a contarle luego a la prensa que había cierre de filas. El candidato refuerza así su posición, dijeron las crónicas. Pues la reforzó poco, porque acabo teniendo más peso, y más fuerza, la consulta teledirigida que convocó el otro para hacer lo propio, reforzarse, blindar el precio y ofrecerse, después, como cordero en sacrificio.

Hoy reúne de nuevo el líder socialista a su ejecutiva (que, en efecto, es completamente suya) para que le bendigan el cambio de posición, de estrategia y de argumentario. Qué paradoja haber escuchado a Sánchez recriminarle a Rivera que sea, como las chaquetas, reversibles. En un concurso de veletas no es fácil saber quién ganaría.

Cuántos sillones y qué cuota de poder. A eso se reduce todo.

El afán por medirse de nuevo en las urnas, de repente, se ha enfriado. No sólo en el PSOE. Se ha enfriado en Gabriel Rufián, cuyo mejor homenaje a su antecesor, Tardá, fue la intervención que tuvo ayer, porque logró que toda la cámara le añorara. A Rufián le ha entrado alergia a las urnas. Qué insistencia, qué agitación, qué temor a que se llame a votar otra vez a la gente (el pueblo, la ciudadanía). Dónde quedó aquello de democracia es votar. Dónde aquello de no hay que tenerle miedo a las urnas, Gabriel. Tantas ganas de votar unas veces y tan pocas de que se vuelva a votar otras.

En realidad lo que no quiere Rufián es que se dé la oportunidad a los votantes (incluidos los suyos) de expresarse de nuevo para juzgar el comportamiento que en estos meses ha tenido cada uno. Quién nos ha visto y quién nos ve.

En el Reino Unido al jefe de gobierno se le inviste de otra manera. Allí the queen nombra directamente al líder del partido con más escaños para que gobierne. Está pensando en hacerse británica Carmen Calvo (Carmen Bald). Bien es verdad que la tradición británica es aún más bipartidista que la española y se sobrentendía que el partido con más escaños tenía la mayoría parlamentaria. Al líder del partido lo eligen ahora los militantes, no los diputados de su mismo color, lo que en la práctica hace que los militantes que participan en las primarias estén escogiendo, de manera indirecta, al primer ministro.

Elizabeth the second recibe hoy al conservador Boris Johnson, firme partidario de salirse de la Unión Europea con o sin acuerdo, para encomendarle la jefatura del gobierno de Su Majestad. Es uno de los veteranos de la política británica, antes fue ministro de Exteriores y alcalde de Londres (promotor del alquiler de bicicletas), y antes aún, periodista. Es provocador, polemista, descarnado en muchas de sus críticas y candidato favorito de Donald Trump.

El Trump británico. Se acabó el gobierno de Theresa May, incapaz de sacar adelante en su parlamento (y en su propio partido) el respaldo al acuerdo para el Bréxit que alcanzó con Jean Claude Juncker y los gobernantes europeos. Por ahí tendrá que empezar su tarea Boris Johnson: o conseguir la ratificación de ese acuerdo o salir de la Unión por las bravas. Hay una tercera vía, que es convencer a los gobiernos europeos de que revisen ellos su postura, pero a juzgar por las declaraciones de ayer no parece que estén por la labor. Es con ellos con quien tendrá que vérselas el nuevo gobernante británico