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OPINIÓN

Monólogo de Alsina: "El Gobierno ya está construyendo el relato de que la democracia está en peligro"

A primeros de diciembre del año pasado la Guardia Civil entregó sus premios anuales, en coincidencia con la celebración de los primeros 175 años de vida del cuerpo.

Carlos Alsina
  Madrid | 28/05/2020

En varias ocasiones a lo largo de aquella gala evocaron los oradores la anécdota más conocida del fundador de la Guardia Civil, el duque de Ahumada. (Aristócrata, por cierto, que no se entere Pablo Iglesias).

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Año 1844. A la recién nacida Guardia Civil se le ha encomendado la vigilancia del Teatro Real porque va a celebrarse un acto oficial al que acude la reina Isabel y el presidente del consejo de ministros. Para garantizar la seguridad, se decide cortar las calles que desembocan en la plaza de la Ópera (cortar calles, como se ve, no es novedad de nuestros días ni de La Navata en Galapagar, ya se hacía entonces). A un cabo de la guardia civil le da órdenes su superior de que no permita el paso de carruajes. Un rato después, viene un carruaje por la calle y el cabo lo para. No se permite pasar, le dice al cochero. El cochero protesta: este coche sí pasa, no sabe usted lo que hace. El cabo dice que no. Asoma la cabeza entonces el ocupante del carruaje, que no es otro que el presidente del gobierno, Narváez. ‘Ábrame paso’, le dice al cabo, ‘¿o es que no ve quién soy?’ El cabo insiste en que no. ‘La orden que he recibido es clara, por mi honor tengo que cumplirla’. Cómo llegó Narváez al teatro no se sabe, probablemente a pie. Lo que sí se sabe es que hizo llamar al duque de Ahumada para quejarse por lo ocurrido y exigir un castigo ejemplar para el cabo descarado. El duque le dice al presidente que no hay nada que castigar, al cabo se le dio una orden y la ha cumplido. Trasládele fuera de Madrid, exige el presidente. Y Ahumada, entonces, se va y regresa al día siguiente con dos escritos para Narváez. El primero es su dimisión como director general de la Guardia Civil. El segundo, el traslado del cabo para que lo firme el siguiente. Narváez rompió ambos escritos y le dijo a Ahumada que regresara a su tarea. Fin de la anécdota.

En la Guardia Civil este sucedido se evoca como ejemplo del honor y la disciplina de la que hace gala el cuerpo. Honor y disciplina, ambas cosas. Lo mencionó el ministro Grande Marlasja en su discurso de diciembre en esa gala.

En el Congreso, ayer, Teodoro García Egea evocó este episodio para equipararlo, de forma errónea, a la dimisión del número dos de la Guardia Civil este martes.

El teniente general Laurentino Ceña no dimitió para no cumplir una orden porque no había ninguna orden que él tuviera que cumplir. Dimitió, en todo caso, porque no fue capaz de disuadir a su superiores de destituir al coronel Pérez de los Cobos.

El vicepresidente Pablo Iglesias, sobreactuado, fingiendo escándalo, poco menos que en jarras y aparcando su tono frailuno, atribuyó a García Egea un llamamiento a la insubordinación de la Benemérita.

Laurentino Ceña no se ha insubordinado, vicepreisdente, ha dimitido. El episodio del duque de Ahumada refleja justo lo contrario de lo que Iglesias, interesadamente, interpreta. Precisamente para que la orden sea cumplida es por lo que el mando se aparta y deja que el superior ponga a otro. Si entiende que la orden es injusta, renuncia. No se insubordina. Pero tampoco se traiciona a sí mismo. Ésta es la filosofía del honor y la disciplina que inspira al cuerpo. Como a poco que repase el episodio histórico, y los hechos de esta misma semana, podrá entender el vicepresidente sin necesidad de ponerse en jarras.

Lo relevante es el uso que hizo Iglesias de la intervención de García Egea, porque da idea de lo que está por venir. Esto de preguntarse falsamente, con el único fin de deslizar una afirmación, si el PP está llamando a la insubordinación de un cuerpo armado. Esto de nos estamos jugando la democracia. Esta maniobrita, juego de manos, para sugerir que el primer partido de la oposición es un riesgo para la democracia. Lo siguiente será tachar cualquier intervención o actuación del PP, y de quien la aplauda, como golpismo.

Leo en la crónica de Cué en El País que algunos ministros están preocupados por la tensión que percibe en su contra en algunos sectores de la Policía, Guardia Civil y poder judicial. Que no se sorprenden porque estos tres mundos estén dominados por los conservadores porque siempre fue así –dice--, pero que le inquieta que la parte más radical, identificada con Vox, tenga un peso creciente en esas instituciones. Por eso hablan de pulso de los generales de la Guardia Civil al ministro. Pulso, agresividad, ofensiva. Ambiente destituyente. El gobierno, como se ve, ya está construyendo su nuevo relato.

Un gobierno sitiado por la derecha y los demás poderes del Estado. Una oposición que sólo piensa en tumbarlo. La democracia en peligro e Iglesias y Sánchez dejándose la piel para salvarla. En dos semanas hemos pasado de sacar cada día a los uniformados de la guardia civil, la policía y el ejército a explicar la gestión del estado de alarma a sugerir que hay una revuelta en marcha. Triple salto mortal con pirueta para los fabricantes de relatos. Va costar que la trama resulte creíble.

A ver, que la oposición quiera tumbar al gobierno es el pan nuestro de cada día en España. La oposición anterior incluso lo logró, con una moción de censura basada en una sentencia judicial. Se cumplen ahora dos años.

Estamos ya en el cuarto día de la crisis del ministerio del Interior. Y en la lista de bajas que se apunta el ministro ya van tres cabezas: Pérez de los Cobos, coronel; Laurentino Ceña, teniente general; Fernando Santafé, general. En enero relevó al director general, Félix Azón, que no era militar sino magistrado.

Cuando un ministro se quita de en medio a cuatro altos mandos (altísimos) de la Guardia Civil, no podrá extrañarle que lo llamemos crisis (hay medios que lo llaman purga) y que nos preguntemos qué han hecho los defenestrados para merecer el relevo, cuándo y por qué perdieron la confianza de su jefe político.

No puede extrañarle al gobierno el escándalo. Y si le extraña, que imagine de qué habría hablado la prensa si en la instrucción del caso Púnica, o del caso Gürtel, y al entregar los investigadores sus primeros informes al juez instructor, el gobierno hubiera destitutido a los responsables de la UCO, o de la UDEF.

El diputado Rufián identificó ayer al coronel Pérez de los Cobos, que ha servido como jefe de la comandancia de Madrid con este gobierno, que antes prestó servicio en Interior con los gobiernos de Rajoy y de Zapatero, que fue asesor de Pérez Rubalcaba, lo identificó ayer de forma despectiva con ‘la derecha’.

Para Rufián identificar a alguien con la derecha es lo peor que le puede hacer. Pérez de los Cobos ha sido hasta el lunes alto mando de la Guardia Civil con el gobierno de Sánchez. Pero no hubo nadie del gobierno que saliera a defender el nombre ni la trayectoria del coronel. Desde luego no lo hizo el presidente, que un minuto antes se había referido a él como ‘un guardia civil’...

...y que en la respuesta a Rufián escogió el estilo jabonoso de soltero en busca de pareja para salvar las próximas votaciones parlamentarias. Mi querido Gabriel, que la mesa de partidos para negociar lo del conflicto político catalán no está perdida.

Tranquil, Gabriel, tranquil. Que esta semana, como vuelvo a buscarte como apoyo, no te voy a decir lo de la semana pasada, que para derecha, la derecha independentista con la que tú gobiernas en Cataluña.

Cómo habría gestionado el PP la crisis del coronavirus da para escribir, si uno quiere, una novela; ficción, porque lo que no ha pasado no se puede saber cómo habría sido. Pero tiene el presidente tiene esta fijación por rescribir la historia modificándola a su gusto. La crisis financiera de 2008 empezó, como su nombre indica, en 2008. Rajoy no empezó a gobernar después de la crisis. Empezó en plena crisis. Sustituyendo a Zapatero, que era quien gobernaba cuando empezó todo.

Los recortes de 2010 los hizo, muy a su pesar, el presidente Zapatero. Porque de no haberlos hecho no habría podido financiar los servicios públicos. Y lo sabe Sánchez porque estaba allí, de diputado presente, votándolos. Rajoy heredó una España en recesión que era candidata a seguir los pasos de Grecia, de Portugal y de Irlanda como nación naufragada y necesitada de rescate.

Sánchez nunca ha tenido con quienes le precedieron en la presidencia del gobierno lo que hoy él reclama para sí: que se tenga presente la dimensión de la crisis que le ha tocado gestionar y la necesidad de haber impuesto a los españoles medidas duras, drásticas e impopulares. Los recortes a la libertad de movimientos han sido la terapia para paliar la epidemia como los recortes económicos de 2010 y 2012 fueron la terapia para evitar que el país fuera a la quiebra.

Igual podría tener alguna vez el presidente la generosidad de admitir que no es el primer gobernante al que le golpea un tsunami y hace lo que cree más acertado para paliar el daño que su país sufre. No vaya a parecer que es él el capitán a posteiori de las crisis anteriores.

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