A lomos de un domingo bastante épico, y por la confianza que sueles otorgarme, hoy quiero arrancar nombrando a Murcia mientras me acuerdo de todos sus ciudadanos. Como hijo de muleña y como nieto de Carmen, que pese a no saber ni leer ni escribir, jamás permitió que Dioni el frutero le sisara ni una pela cuando le compraba las habas a mi abuelo Santiago.
Quiero rememorar el olvido y el desdén, sin acritud ni espíritu revanchista. Quiero evocar los chistes sobre las galas en verano o sobre el deje rudo y basto digno de subtítulos o sobre las advertencias que daba un país entero por el nivel de cochazos que se compraban en la región en plena burbuja inmobiliaria. Quiero leer en mi folio la palabra 'paparajote' y 'michirones’. Encumbrar el olor de un melocotón de Cieza, de donde salió Camacho para decirle al planeta sudando 'Ay, Iniesta de mi vida'.
El puesto que la historia pondrá a Carlos Alcaraz entre los murcianos universales está por ver, pero en este lunes con pinta de tórrido asumamos que nada borrará su gesta, su sonrisa y su origen. Si es cierto que la CIA, el FBI y hasta la NASA se pasan la vida escuchando conversaciones planetarias, hoy preguntarán en sus despachos si es que ha pasado algo grave en Murcia con tanto paisano nombrándola.
En las cinco horas y media que tuvimos el privilegio de disfrutar y sufrir a la vez, cupieron entregas, nervios, poderes mentales, juegos virtuosos y golpes magistrales que nos parecieron únicos e inéditos. Porque Sinner es un número uno con 23 años, y porque Carlos también lo es teniendo solo 22. Ambos se autoproclaman los 'bro' del tenis de la próxima década.
Los dos han visto crecer, en la cara del otro, primero los granos y luego las barbas. Respeto, cariño y una deportividad en cada lance que le dio todavía más realce a lo vivido en París. ¡Cómo sabía que la placa con la huella de Rafa del lateral tenía superpoderes! No descartes que sea de gres… murciano.
