02/07/2026

Jorge Freire en 'Más de uno'
  • 11:51 MIN

El drama de las cajas de autocobro

El dilema de Jorge Freire

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El drama de las cajas de autocobro

El dilema que han enviado esta semana a Jorge Freire rima con su recomendación en su sección de 'No nos hagamos daño' de la semana pasada.

Querido Jorge:

Ayer, al hacer la compra en el supermercado, cometí un craso error: fui a pagar a las cajas de autocobro. Lo que en un principio parecía una idea brillante para evitar colas y esperas, se tornó en un auténtico suplicio.

Empecé por una barra de pan, que no tenía código, de modo que tuve que buscar “pan” en un menú donde aparecían 17 tipos de panes diferentes. Después llegaron los tomates. La máquina quería saber si eran pera, rama, de ensalada, canario, kumato, raf, azul o corazón de buey. Pulsé “tomate rama” y la báscula respondió con un pitido acusatorio, como diciendo: “usted y yo sabemos que esto no es rama”. Luego intenté pesar los plátanos, pero la pantalla me preguntó por el país de origen y yo, Jorge, no tengo una relación geopolítica tan estrecha con mis plátanos. Con los yogures fue aún más difícil, porque el código de barras estaba curvado y tuve que pasar el pack por el lector en todos los ángulos posibles, como si estuviera haciendo señales a un satélite. Lo peor fue la leche de avena. La máquina emitió un pitido

“artículo inesperado en la zona de embolsado”.

A partir de ahí todo fue una sucesión de órdenes absurdas:

"retire el artículo", "coloque el artículo", "espere asistencia", "escanee su tarjeta", "acerque más la tarjeta", "no tan cerca la tarjeta", "introduzca el código de socio", "autorice la bolsa", "confirme que desea bolsa", "deposite la bolsa", "no deposite todavía la bolsa".

Me vi desempeñando simultáneamente las funciones de cliente, cajera, moza de almacén, experta en fruticultura, técnica de pesaje, sospechosa penal y becaria.

Fue entonces, mientras una señora con dos latas de atún me miraba como si yo estuviera bloqueando el estrecho de Ormuz, cuando sentí nacer en mi interior una tentación pequeña y oscura: dejar de escanear algo, un bote de aceitunas, por ejemplo, como salario en especie por aquellos cincuenta minutos de trabajo no solicitado para una empresa que había externalizado la caja en mi persona. Resistí porque soy cobarde y, sobre todo, porque había cámaras.

Pero este es mi dilema: ¿sería legítimo dejar de pasar algún artículo por la dichosa máquina como pago simbólico por mis servicios?

Con afecto,

Marisa