28/05/2026

Tiene su gracia que alguien tan poco sospechoso de moderno como el Papa de Roma, que todavía se expresa en latín, haya advertido algo que los tecnólogos más punteros pasaban por alto, embelesados por el parpadeo hipnótico de la pantallita, y es que el peligro de la inteligencia artificial no consiste en que las máquinas terminen pensando como las personas, sino en que las personas acabemos aviniéndonos a maquinar como computadoras. Todavía no he visto un robot que se haya vuelto humano, pero sí en cambio unos cuantos humanos que hablan como el contestador automático de una aseguradora.
Nadie niega que la inteligencia artificial sea capaz de clasificar millones de documentos en el tiempo que un archivero tarda en localizar la grapadora, pero hay cosas que, por definición, le están vedadas. La IA no puede, que sepamos, quedarse mirando la obra con las manos a la espalda mientras la grúa abre una zanja, ni palpar el melón en el supermercado. La IA no puede aburrirse en una junta de vecinos, y tampoco ausentarse mentalmente de ella mientras asiente con la cabeza. La IA no acumula en el armario de la cocina una bolsa destinada a contener otras bolsas, ni promete que esta vez sí va a ordenar el trastero después del verano.
Por fortuna, nadie nos obliga a parecernos a ella, al menos por ahora, así que dejémosla tranquila mientras nos ordena las facturas. A cambio, reservémonos el derecho de tocarnos un poco más narices. La civilización no empezó cuando alguien inventó una herramienta, sino cuando alguien se quedó mirando las nubes sin una razón aparente.
Sería una lástima que, después de haber enseñado a las máquinas a imitarnos, acabáramos nosotros imitando a una hoja de cálculo.



