28/11/2025

La corrupción en España es como la caries: nadie la ve venir hasta que aparece el agujero. Por eso es tan revelador el lenguaje maxilodentario que el expresidente de la Diputación de Almería y varios de sus colegas cultivaban en un chat: 'pedir cita al dentista', 'empastarse las muelas' o, mi favorito, 'cambiar la piñata'. El juez, poco dado al humor bucal, ve en todo esto presuntos indicios de cohecho, blanqueo (no precisamente dental) y malversación. Los investigados, por su parte, se declaran pulcros como el primer cepillado del día.
Inagotable es la imaginación patria. Si el culterano Cerdán exprimió el léxico charcutero hasta dejarlo como una morcilla reseca, tirando de "chistorras" y "longanizas", ahora llega esta nueva hornada lingüística. El nuestro es el país del Barroco, de Góngora, de Quevedo, y cada trama corrupta inventa su propio diccionario.
El problema es que los dientes, en no pocas culturas, son portadores de malos presagios. Sueñas que se te caen y ya tienes a la abuela diciendo que alguien va a enfermar o que se aproxima una desgracia. No hay psicoanalista que desmonte esa superstición milenaria: un incisivo que cae es sinónimo de fatalidad. Recuérdese el consejo inmortal de la tonadillera al alcalde marbellí: "¡dientes, dientes!"; ambos acabaron enseñando los suyos en la cárcel. Más que un símbolo, el diente es una profecía.
Quien no pueda morder, que no enseñe los dientes. Ábalos, por ejemplo. Y cuando el poder da diente con diente, respondámosle con una sonrisa. No nos hagamos daño



