30/04/2026
¡La bolsa o la vida!

Eso gritaban los salteadores de caminos, trabuco en ristre, al paso de las diligencias en Sierra Morena. Pero algunos no admiten la disyuntiva y quieren ambas cosas a la vez y todas para ellos: el bolsón y la vidorra padre... Y a los demás, que nos vayan dando. Por eso es tan revelador lo del comisionista del Caso Mascarillas declarando que llevaba dinero al Ministerio de Transportes en bolsas de supermercado, o lo de aquella empresaria que decía haber llevado efectivo a Ferraz en recipientes semejantes. Las bolsas son asunto serio. Venimos al mundo envueltos en una bolsa (la amniótica, ¡nuestra primera solución habitacional!) y a partir de entonces hacemos cuanto está en nuestra mano para no abandonarlo dentro de otra, negra y con cremallera, como los cadáveres de las películas policiacas. Entre ambas bolsas discurre toda la tragicomedia humana, que es también la historia secreta de la civilización: las alforjas del mercader y el zurrón del peregrino, la escarcela del soldado y la faltriquera del pícaro, el maletín del ejecutivo y la bolsa de valores. Si otros países esconden el dinero en cuentas opacas de Luxemburgo o en criptomonedas imposibles de rastrear; nosotros seguimos confiando en la bolsa de supermercado, que tiene algo castizo, doméstico, que resulta entrañable. Todo cambia, pero España, por fortuna, permanece fiel a sí misma
No es poco lo que enseñan las bolsas. Cuando las regalaban nadie les concedía importancia; ahora que cuestan diez céntimos todo el mundo lleva la suya de casa, prueba irrefutable de que el ser humano sólo respeta aquello por lo que paga.



