28/05/2026

Fermín, un oyente de Más de uno, ha escrito angustiado a nuestro filósofo Jorge Freire para que le ayude a escapar del ritual al que tiene que acudir cada día al salir del trabajo.
Trabajo desde hace siete años en una consultora tecnológica. Mi trabajo consiste en coordinar sinergias y procesos transversales, cosa que, doce años después, sigo sin saber qué diablos significa. Cuando empecé, terminaba la jornada y me iba a casa con la sensación de cortar el hilo con el trabajo. Pero desde que llegó el aftwerwork, esa odiosa moda anglosajona abrazada por muchos con fervor, la jornada laboral no concluye jamás. Pasamos de la oficina a la terraza de un garito de moda donde el jefe cuenta sus batallitas y tú tienes que reírle las gracias. Naturalmente, nadie te obliga a asistir, pero ahí reside precisamente el mecanismo de coacción. A las siete de la tarde, cuando uno ya ha sobrevivido a ocho horas de Excels y videocalls, aparece un responsable de área y pronuncia la frase ritual: “el que quiera se viene luego a tomar algo”. Ese “el que quiera”, Jorge, tiene la misma carga de libertad real que las elecciones en la Rusia de Stalin.
Aborrezco profundamente el afterwork. No tengo amigos en la oficina, ni deseo tenerlos. Mis compañeros son personas que no tienen conversación más allá de los fondos indexados y de los procesos de optimización de recursos. Yo lo que quiero es llegar lo antes posible a casa, calzarme el chándal y mirar vídeos en YouTube sobre un señor asturiano que restaura tractores viejos. Soy consciente de que los ascensos no se cocinan en Recursos Humanos, sino entre gintonics y mojitos. De hecho, acaban de promocionar a un junior cuyo único mérito demostrable es contar chistes después del tercer negroni. Ahora tiene coche de empresa, bonus trimestral y despacho con vistas a las Cuatro Torres.
Te pregunto, Jorge: ¿tendría que imponer mi voluntad y largarme a mi casa al término de mi jornada, aunque eso me convierta en invisible dentro de la empresa, o debo quedarme a compadrear con el tonto de mi jefe?
Angustiado,
Fermín



