09/07/2026

Después de su glamurosa y 'esmoquinada' visita a los premios Mariano de Cavia, Jorge Freire a vuelto a Más de uno para resolver la profunda preocupación de Ignacio, un oyente que pese ha logrado triunfar en la vida no consigue desprenderse del rol que asumió en la infancia.
Querido Jorge,
Tengo 53 años, cuatro hijos y soy el CEO de una empresa con más de 300 empleados. Pero todo eso desaparece en cuanto cruzo el felpudo de casa de mi madre: allí no soy don Ignacio, no. Allí soy, fui y seguiré siendo “el Restos”.
Soy el menor de cinco hermanos. Cuando nací, mi hermana mayor, que siempre fue muy estudiosa, ya era “la Cerebro”; la segunda era “la Princesa”; el tercero, “el Artista”, aunque no pasó de tocar la flauta dulce; y la cuarta “la Santa”, porque un verano quiso hacerse misionera después de ver un documental. Y luego estaba yo. Cómo heredaba toda la ropa y los juguetes, un día mi padre dijo: “a este niño le han tocado los restos”. Y me quedó el mote.
Cuando voy a comer los domingos, mi madre, que tiene noventa y cinco años, grita desde la cocina:
—¡¡Ya está aquí el Restos!!
Mis hermanos, ya jubilados y con artrosis, me mandan ir a tirar la basura o a bajar al trastero a por las sillas plegables. Y yo obedezco. Esto es lo más grave. No sólo me llaman “el Restos”: me comporto como tal. ¿De qué me sirve decidir inversiones millonarias en mi empresa si en casa de mi madre sigo pelando gambas para todos, fregando los cacharros, yendo al coche a por una chaqueta que no es mía y sentándome en la esquina mala de la mesa, junto a la pata coja y la corriente de aire?
Ahí está mi dilema. ¿Debo plantarme y dejar de ser El Restos? ¿O debo aceptar que, por muchos balances auditados que acumule, en la mesa familiar seguiré siendo para siempre el niño sobrante, el de los pijamas heredados, el último vagón del convoy, el chisgarabís de la familia?
Con afecto,
Ignacio, “el Restos”



